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Año V Nro. 307 - Uruguay, 10 de octubre del 2008   
 

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Balkan-Bolivia
por Roman D. Ortiz

 
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         Si hubiese que culpar a un único factor de la violencia que ha marcado a Europa durante el último siglo, sin duda, todos los dedos señalarían hacia el nacionalismo étnico. La movilización política en función de la defensa de los supuestos derechos de un grupo racial a apropiarse de un territorio, imponer una cultura o monopolizar un gobierno ha servido de base para impulsar algunos de los proyectos ideológicos más letales de la historia reciente. Nacionalismo étnico fue el motor detrás del genocidio armenio cometido por los turcos durante la Primera Guerra Mundial. Desde luego, fueron este mismo tipo de ideas las que alentaron y justificaron el holocausto nazi. Y también fue el irredentismo racial el argumento de Slobodan Milosevic para poner en marcha su proyecto de limpieza étnica en los territorios de la antigua Yugoslavia. Visto desde esta perspectiva, parece claro que la ausencia de proyectos etno-nacionalistas fue una fortuna para América Latina que en buena medida explica el relativamente menor número de grandes guerras totales sufridas por el continente. Hasta ahora…

         Las cosas han cambiado de forma dramática desde la llegada de Evo Morales al gobierno de Bolivia hace casi tres años. En su carrera hacia el poder, el dirigente cocalero boliviano desplegó un discurso que combinaba vagas ideas socialistas con un fuerte mensaje de reivindicación étnica que demandaba el derecho de la población indígena a tomar las riendas del Estado. Entonces como ahora, muchos vieron en este proyecto un imprescindible ejercicio de justicia histórica después de que los indígenas –cerca del 60% de la población –hubiesen sido marginados del poder durante toda la historia de la república. Pero lo cierto es que la politización de las diferencias étnicas nunca ha sido una receta para acabar con la exclusión sino más bien para atizar los conflictos interraciales.

         De hecho, el etnonacionalismo de Morales dinamito los frágiles equilibrios de la sociedad boliviana en tres sentidos. Para empezar, su voluntad de entregar el Estado a los indígenas excluyó de las posiciones claves del gobierno central a los tecnócratas mejor preparados que eran en gran medida blancos o mestizos. Además, abrió una fisura insalvable entre las zonas pobres del altiplano de mayoría amerindia y las llanuras orientales más ricas habitadas principalmente por población de origen europeo. Dicho de otra forma, tras la llegada de Morales al poder, los blancos y mestizos de Santa Cruz y las otras provincias del este del país comenzaron a ver con escaso entusiasmo la perspectiva de continuar siendo los principales contribuyentes financieros de un gobierno del que no podían esperar un trato igualitario. Finalmente, la administración Morales utilizó su discurso populista para enmascarar una serie de medidas que prometían cambiar los equilibrios étnicos en ciertas regiones del país. Así, el proyecto de reforma agraria impulsado por el presidente boliviano en el oriente de la república incluía la idea de entregar lotes de tierra a indígenas provenientes del altiplano en un movimiento que necesariamente tenía que ser visto por los santacruceños como una amenaza a su identidad.

         Para justificar semejante proyecto ideológico, el principal argumento esgrimido por los partidarios de Morales ha sido la fuerza de los votos. Desde su punto de vista, el líder boliviano disfruta de un apoyo mayoritario que le autoriza a dar un giro radical a las reglas de juego políticas del país. Desde luego, esto ignora olímpicamente el principio del respeto a las minorías como uno de los fundamentos claves de la democracia. Pero es que además el comportamiento del presidente y sus seguidores esta muy lejos de ser un ejemplo de pulcritud democrática. Para abrirle camino al poder, el Movimiento Al Socialismo (MAS) como partido del mandatario boliviano recurrió a una cuidadosamente orquestada estrategia de violencia organizada de masas que incluyó el desarrollo de disturbios a gran escala y el bloqueo sistemático de las vías del país. El resultado fue el derrocamiento de dos presidentes legítimos como Sánchez de Lozada (2003) y Carlos Mesa (2005). Una vez en el poder, Morales ha continuado aplicando la misma receta. De hecho, el MAS y los milicianos de los “Ponchos Rojos” no han dudado en cercar por hambre aquellas regiones de mayoría opositora y recurrir a las armas para intimidar a aquellos sectores que no les son afines. La cúspide de esta estrategia ha sido intentar forzar la aprobación de una nueva constitución a la medida del presidente sin la participación de la oposición.

         Con estos antecedentes, el respaldo casi unánime otorgado a Morales en la reciente cumbre de UNASUR en Santiago se parece bastante a la decisión de nombrar como jefe de bomberos a un pirómano. La prueba está en la evolución de los hechos en Bolivia durante los últimos días. Mientras gobierno y oposición se han reunido en Cochabamba bajo la atenta mirada de la ONU, la OEA y la propia UNASUR, columnas de partidarios armados del presidente Morales han avanzado hacia Santa Cruz en un movimiento a todas luces destinado a amenazar a la oposición con un estallido de violencia si no aceptan someterse a las pretensiones del presidente.

         Los gobiernos latinoamericanos reunidos en Santiago la pasada semana saben todo esto. Sin embargo, han optado por respaldar al gobierno boliviano en lo que consideran un ejercicio de “realpolitik”. Desde su punto de vista, cualquier cosa es mejor que la posible división de Bolivia, incluida la consolidación de un régimen ultranacionalista en La Paz bajo el liderazgo de Morales. Se equivocan. Si no actúan de forma concertada para defender las reglas de juego democrático y forzar a Morales a dar un acomodo a las demandas de la oposición, los sectores que sienten su forma de vida amenazada por el proyecto etno-nacionalista del MAS verán la violencia como su única alternativa. A partir de ese momento, la balcanización de Bolivia será solamente una cuestión de tiempo. Las capitales latinoamericanas deberían ser bien conscientes de que Morales no es la solución. Es el problema.

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Fuente: Hacer
 
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