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Año V Nro. 368 - Uruguay, 11 de diciembre del 2009   
 
 
 
 
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Visión Marítima

 

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A treinta años de la firma
del Tratado del Río de la Plata

por Dr. Edison González Lapeyre

 
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         Próximamente, se cumplirán treinta años de la firma del Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo, que puso fin a cuestiones limítrofes que generaron, durante casi un si­glo y medio, graves fricciones entre los pue­blos platenses.

         Las discordias sobre aspectos jurisdiccio­nales en el Río de la Plata y su frente oceáni­co, constituyeron serios obstáculos a un pro­ceso de integración que era ineludible entre la República Argentina y la República Oriental del Uruguay.

         Afortunadamente, ambos países , unidos por vínculos fraternos que se remontan a sus primigenios orígenes, después de un largo y complejo proceso, pudieron al fin conciliar sus antagónicas pretensiones, con este Tratado que fue suscrito ante la presencia del Presi­dente de la República Argentina, Teniente Ge­neral Juan Domingo Perón y el de la Repúbli­ca Oriental del Uruguay, don Juan María Bordaberry.

         El acuerdo fue el resultado de largas ne­gociaciones iniciadas en 1970 que tuvieron un enfoque distinto al que habían tenido con anterioridad.

         En efecto, los esfuerzos frustrados que se habían realizado, en múltiples oportunidades anteriores, dirigidos a alcanzar un acuerdo li­mítrofe habían procurado alcanzar la concre­ción de un límite a todos los efectos, en las aguas, el lecho y el subsuelo del Río de la Plata. Descartada la trasnochada tesis de la costa seca sostenida por el canciller argenti­no Zeballos a principios del siglo XIX, el en­frentamiento estaba referido a consagrar, con­forme a la posición uruguaya, la tesis de la línea media y conforme a la posición argenti­na, la del “ Talweg”, con algunas variantes.

         Desde otro punto de vista, los funciona­rios encargados de tan importante negocia­ción eran, frecuentemente, figuras políticas o militares de alta jerarquía, sin una formación técnica en la materia en la mayoría de los ca­sos, y los planteos antagónicos adquirían di­fusión pública, lo que generaba una particu­lar sensibilización de los frentes internos de ambos países lo que , naturalmente, endure-cía las posiciones de las partes.

         En esta última etapa de negociaciones, se utilizó una metodología distinta. Se partió de la base de que el Río de la Plata y su frente oceánico no debían ser objeto de una delimi­tación que no tuviera en cuenta sus distintas características y, sobre todo, la recíproca co­operación de ambos países ribereños para su racional explotación .

         Por ende, se descartó la posibilidad de un límite a todos sus efectos, considerando que el Río de la Plata no podía dividirse como se divide una torta. Que la contaminación no re­conoce fronteras, que los peces no usan pa­saporte y que la libre y fluida navegación del mismo constituye una prioridad común de ambos países.

         Desde otro punto de vista, las delegacio­nes designadas por los gobiernos de la época (el del Uruguay estaba presidido por el Sr. Jor­ge Pacheco Areco, siendo Canciller el Dr. José Antonio Mora Otero) estuvieron integradas por técnicos que naturalmente iban a trasla­dar a la mesa de negociación enfoques acor­des con su respectivas especializaciones pro­fesionales.

         A ello se agregó la confidencialidad. Se estimó que el trabajo a desarrollar debía ser mantenido en secreto a fin de que los medios de difusión del pensamiento no interfiriesen con las negociaciones y, sobre todo, previen­do que, en el caso de que las mismas fracasa­sen, ello no se constituyera en otro motivo de fricción entre ambos países.

         El Tratado por tal circunstancia es, sustancialmente, un verdadero estatuto, cons­tituido por 92 artículos, cuyo análisis detalla­do excede las pretensiones de este breve trabajo.

         En 1975, cuando en mi condición de Di­rector del Instituto Artigas del Servicio Exte­rior, prologué una publicación sobre el Tra­tado efectuada por el Ministerio de Rela­ciones Exteriores, manifesté que se trataba de “normas a las que bien puede aplicárseles el pensamiento de COLLIARD: son reflejo y marco, expresión de un espíritu y de una filosofía común y cauce de futuros acuer­dos que propiciarán la obtención de nue­vos logros en el desarrollo conjunto de los países del Plata”.

         El tiempo transcurrido ha confirmado la verdad de este aserto. Allí están como fé­rreos testimonios la Represa de Salto Gran­de, los puentes sobre el Río Uruguay, el dragado de los canales de Martín García, el Estatuto del Río Uruguay, el Acuerdo para la construcción de un puente sobre el Río de la Plata, el tendido del gasoducto y el proceso de integración iniciado con el CAUCE y lue­go continuado con el MERCOSUR y otros múltiples convenios de cooperación econó­mica y cultural.

         Sin una solución a las diferencias limítro­fes ese proceso no hubiera tenido la concre­ción que podemos observar actualmente. Prue­ba de ello es, precisamente, la Represa de Sal­to Grande que tuvo su punto de partida en un acuerdo de 1946, suscrito entre el General Perón por Argentina y Juan José de Amézaga por Uruguay, y que no comenzó a construirse sino recién a partir de 1974.

         Desde otro punto de vista, nuestro país no hubiera podido desarrollar una política pesquera con el alcance que ha tenido a partir del Tratado y que tiene actualmente.

         Con un recurso de enorme importancia como la merluza, que tiene carácter migratorio y permanece en nuestras aguas 4 o 5 meses del año y pescando en aguas litigiosas, no era posible el desarrollo de esta actividad tan importante para nuestro país a tal punto que antes que entrase en vigor el Tratado nuestro país se autoabastecía de pescado y exporta­ba volúmenes muy pequeños de esos recur­sos que, en aquel entonces, no superaban las 400 toneladas.

         La Zona Común de Pesca y la determina­ción de nuestros límites en el Río de la Plata y en su frente marítimo permitieron el desarrollo de la industria pesquera en el Uruguay en los términos que conocemos actualmente.

         El Tratado previó expresamente la posi­ble existencia de hidrocarburos en los espa­cios acuáticos que comprende y estableció límites fundados en el criterio de la equidis­tancia en el frente marítimo que constituían la expresión de las máximas aspiraciones que, en la materia, había tenido nuestro país. Aho­ra que estudios, realizados recientemente, nos confirman las convicciones que técni­cos de ANCAP nos trasmitieron a principios de los años 70 sobre la existencia de esos recursos, el texto normativo de este acuerdo resuelve cualquier disputa que pudiera exis­tir incluso para el caso de yacimientos ubi­cados “a caballo” el límite acordado. En otras palabras, que pudieran ser compartidos por ambos Estados ribereños por ocupar espa­cios a un lado y al otro de la delimitación jurisdiccional.

         Pero, sobre todo, el acuerdo alcanzado en 1973 aventó para siempre las disputas y con­troversias en materia jurisdiccional que tanto enturbiaron las relaciones de ambos países platenses en el pasado.

         Sin embargo, este Tratado generó muchas críticas, algunas de ellas tremendamente du­ras. En particular recuerdo, todavía con cierta amargura, los calificativos que, en el marco de una polémica al respecto, me lanzó un ilustre historiador ya fallecido acusándome de “trai­dor a la Patria” y de “argentinófilo”.

         Pero el tiempo que pone todas las cosas en perspectiva y le da a los hechos su verda­dera dimensión, ha demostrado las ventajas de este acuerdo , dando lugar a que algunos de sus detractores de entonces revisaran sus posturas y, con su conducta, reconocieran lo acertado que había estado el Dr. Julio María Sanguinetti, cuando poco tiempo después de firmado el Tratado, en un artículo publicado en el diario El Día, manifestó que con el mismo se daba “un paso fundamental en la llave mis­ma del futuro desarrollo del país”.

         En lo personal, el haber integrado la dele­gación uruguaya que negoció este Tratado constituye para mi el más alto honor que he recibido a lo largo del derrotero de mi vida que va llegando al ocaso.

         Es verdad que, de los distintos gobiernos que la República ha tenido a lo largo de estas tres décadas, no recibí jamás el menor reco­nocimiento por la gestión realizada, ni un di­ploma, ni unas líneas, nada...

         Pero no hay recompensa mayor que la de saber que, aún modestamente, tuve el privilegio de servir a la Patria para resolver uno de sus aspectos esenciales y que refie­ren, nada menos, que al establecimiento de sus límites en el Río de la Plata y su frente oceánico.

         Con el Dr. Julio C. Lupinacci, los capita­nes de navío Yamandú Flangini y Román Orozco y el Contralmirante Hebert Grasso, trabajamos, durante más de tres años, de­nodadamente y con un enorme entusiasmo, en la negociación y redacción de este acuer­do internacional tan trascendente. Eramos concientes de las dificultades de la empre­sa que se nos había asignado y de que era improbable que ese esfuerzo fuese a crista­lizar exitosamente pero, abandonando otras responsabilidades, nos abocamos por en­tero a esa tarea que se concretó con la firma en Montevideo del Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo el 19 de Noviem­bre de 1973.

         El acto tuvo lugar en el Palacio Estévez de la Plaza Independencia, antigua Casa de Go­bierno de nuestro país y, en esa ocasión, tuve el privilegio de conversar durante cinco mi­nutos con el Presidente Juan Domingo Perón.

         Perón era un líder de extraordinario caris­ma y fue una de las personalidades más fasci­nantes que, en el ámbito de la política y de la diplomacia, tuve el honor de conocer.

         En esas circunstancias, apretándome fuer­temente la mano y mirándome profundamente a los ojos, me manifestó con tono solemne: “lo importante de este Tratado no son sus nor-mas, no es su articulado, es el espíritu fraterno que lo ha inspirado y que seguirá inspirando las relaciones entre los hermanos del Plata...”.

         Los años que han pasado le han dado la razón y estamos seguros que se la seguirán dando, los años por venir.

El Dr. Edison González Lapeyre es un jurista especializado en asuntos marítimos y fluviales que, en su largo curriculum, ofrece el hecho de haber sido profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República en tres disciplinas diferentes, integrante de la delegación uruguaya que negoció el Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo, Presidente del Directorio de la ANP y del Comité Técnico Permanente de Puertos de la OEA, habiendo sido seleccionado para dictar el curso de la Academia de La Haya. En temas de su especialidad. Es profesor del CALEN, del IMES y de la Escuela de Guerra Naval desde 1965.

Fuente: Revista Naval

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