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Año V Nro. 368 - Uruguay, 11 de diciembre del 2009   
 
 
 
 
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Mary Anastasia O'Grady

Más ataques a la libertad
de prensa en la Argentina

por Emilio Cárdenas

 
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          La totalitaria ley 26.522, de “Servicios de Comunicación Audiovisual”, ya está en vigencia en la República Argentina, después de haber sido sancionada -de apuro- por un Parlamento aún dominado por el kirchnerismo, pese a su contundente derrota electoral del 28 de junio pasado, cuando siete de cada diez argentinos lo repudiaron. Aprovechando la vieja composición del Congreso, la que fuera repudiada expresamente por el pueblo, con una desvergüenza ya clásica, antes de que los nuevos legisladores ocupen sus bancas la “ley mordaza” fue sancionada. Por cuanto tiempo, habrá que ver.

          Su organismo rector, la llamada “Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual” pronto comenzará a actuar. Sus miembros han sido propuestos públicamente. Son, todos, funcionarios obsecuentes, de la más plena confianza de los Kirchner. A través de ellos, se decidirá cuales radios y estaciones de televisión quedan, o no, en el aire y por cuanto tiempo. Es fácil predecir como actuarán. Por “control remoto”, seguramente.

          El poder político apunta así a dominar, a entera voluntad, todo el sector de las radiocomunicaciones, digitando la adjudicación de las frecuencias entre los amigos fieles y negándolas a los opositores o disidentes. Para los primeros, todo. Para los segundos, nada.

          Para peor, quienes exceden los nuevos “límites” de audiencia establecidos en la ley no tienen derechos adquiridos, a nada. Deben vender (desprenderse) -todos ellos simultáneamente- de sus bienes y activos en un plazo absolutamente escaso y esperar que sus eventuales compradores puedan estar entre aquellos con posibilidades de ser aprobados por los kirchneristas, para que la transferencia sea válida. La demanda será reducida, está claro.

          Un país con un inmenso sector de radio y televisión pública (que aplaude incansablemente al gobierno) achicará, en más, al sector privado. Hasta reducirlo a algo inocuo, intrascendente, casi sin peso en la opinión pública. Esa es la idea kirchnerista.

          Para la historia, cabe apuntar que dos periodistas enrolados en la izquierda están actuando abiertamente en defensa de esta verdadera monstruosidad legislativa de inspiración “bolivariana”. No es sorpresivo. Ellos son dos conocidos puños periodísticos de la izquierda. Ambos acompañaron el ataque contra la independencia del Poder Judicial argentino expresado por el sometimiento del Consejo de la Magistratura al poder político. Esa es la expresión más clara del verdadero “golpe desde el estado” a las instituciones centrales de la democracia perpetrado por los Kirchner. Que incluyó la delegación inédita de las principales facultades del propio Congreso Nacional a manos del Poder Ejecutivo.

          Me refiero a Héctor Timerman, el hombre de la mayor intimidad de la Sra. Presidente. Y a Horacio Verbitsky, el ex militante marxista de los 70 -cuyo diario, “Página  12” (al que los argentinos han bautizado eufemísticamente como el “Boletín Oficial”)- ha sido el gran beneficiario de una realmente inmensa ola de publicidad oficial, sin criterio ni justificativo alguno. Pero como acaricia y aplaude incansablemente al poder y todo lo justifica y apoya con una cuota de mansa obsecuencia, recibe al apoyo oficial.

          Hoy Verbitsky pretende ser un defensor de los derechos humanos. Carlos Acuña, en su excelente biografía de Verbitsky (Ediciones del Pórtico) se pregunta “¿Puede acaso erigirse en un defensor de los derechos humanos quien los trasgredió uno por uno desde esa verdadera máquina de matar que fue el aparato de inteligencia de los montoneros? ¿Puede erigirse Verbitsky en una suerte de fiscal de la república cuando son tan horribles las responsabilidades que pesan sobre sus hombros y que merecen investigarse?” Los interrogantes están abiertos en una Argentina donde otros ex montoneros ocupan puestos claves en el gabinete de los Kirchner, en el Congreso y hasta en las embajadas.

          Como si a ellos las Convenciones de Ginebra de 1949, que son ley interna en la Argentina desde 1957, no se les aplicaran cuando definen como crímenes de guerra (esto es como delitos de lesa humanidad perpetrados en los conflictos armados internos, ergo imprescriptibles) a los atentados contra civiles inocentes. Como si la “Cláusula Martens” no existiera. La Argentina es hoy así, aunque quizás cueste entenderlo.

          Por eso no sorprende que además de pretender silenciar a los medios radiales y televisivos, ahora los Kirchner procuren también amordazar a los diarios. A la prensa escrita, entonces. A “La Nación” y “Clarín”, concretamente, los dos diarios que son los más influyentes y leídos de la Argentina. Críticos, ambos, del manoseo y la permanente deformación de las instituciones básicas de la Constitución que hacen los Kirchner. Por eso el plan en marcha supone, después de toda suerte de intimidaciones, finalmente acallarlos. Como hiciera Perón con “La Prensa”, en los cincuenta. O Fidel Castro con el “Diario Marítimo” de La Habana, apenas consolidado en el poder. Las disidencias molestan. Las críticas son intolerables. Por ello deben cesar, para los autoritarios.

          Los Kirchner han puesto ahora en marcha un plan para controlar el insumo básico que consumen los diarios: el papel de diario. Quienes aplaudan al régimen obtendrán lo que quieran. Quienes osen criticarlo, en cambio, no tendrán sino unas pocas páginas.

          El ejecutor principal pareciera ser un siempre amenazante Guillermo Moreno, quien, por encargo, procura desarticular y controlar a “Papel Prensa” (PP), la más importante de las dos fábricas privadas que proveen de papel a más de 170 diarios argentinos. A uno de sus directores le dijo: “mis muchachos están para partirle la columna y sacarle los ojos”. Nada amable el hombre, pese a ser secretario de estado. Ante lo que sucede, los propios directores y síndicos designados por el estado abandonan la empresa, despavoridos.

          El mismo Presidente de la Comisión Nacional de Valores renunció, para no convalidar presiones abusivas. Moreno inició un juicio penal contra los directores privados por supuestos defectos formales de un acta de Directorio. Los sumarios y las inspecciones fiscales se amontonan contra la empresa y sus directores. El “apriete” es, entonces, constante y mundial. Pese a que en la Argentina puede importarse papel de diario con arancel cero, desde 1987.

          Curiosamente PP fue adquirida en 1976 por “La Nación”, “Clarín” y “La Razón” a la sucesión de David Graiber, cuando las apenas iniciadas obras de su construcción estaban paralizadas. Después los compradores invirtieron unos 200 millones de dólares para hacerla realidad. David Graiber participaba en el entramado financiero de los montoneros, lo que se supo después. Quizás por esto la pasión por tratar de apoderarse de la empresa. Un viejo sueño, el de dominar la opinión pública puede bien haber resucitado en algunas mentes perversas.

          Los Kirchner quieren dominar a los diarios, o dañarlos todo lo que puedan. Los acusan de “fusilamiento mediático”, en terminología sintomática que denuncia los aires que respiraron en su pasado.

          Por esto la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) acaba de decir: “hay un hostigamiento oficial contra el periodismo independiente”. Ese plan “parece orientado a lograr una intervención gubernamental sobre una empresa cuyo capital es mayoritariamente privado” (Papel Prensa, obviamente). Agregando que “no puede menos que alertar sobre los peligros que esta situación acarrearía para la libertad de prensa, ya que el dominio estatal sobre el principal proveedor de papel constituiría la llave para el control político de este insumo esencial para la existencia de diarios y periódicos”. Más claro imposible.

          Hay en el aire un fuerte olor al conocido y tóxico azufre bolivariano. Por todas partes. Como en Caracas o La Habana, el objetivo político supone tratar de controlar férreamente a la opinión pública y poder predicar después, sin críticas ni interferencias, el discurso único en que todos coinciden, el que curiosamente abjura de la democracia mientras la declama. El que motoriza los “golpes desde el poder mismo”. El que disfraza a la democracia, mientras la corroe primero, para desmantelarla y destruirla después. Serio, por demás. Pero así son las cosas.

Fuente: EDE

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