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Dime cuánto pides y te diré quién eres
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En medio de la canícula estival madrileña de repente hay un acontecimiento que quiebra la calma, resultados al margen de lo que pueda ocurrir el domingo por la noche en África del Sur. La insólita pretensión de Ingrid Betancourt de reclamar algo más de cinco millones de euros al estado colombiano en concepto de reparación por sus penurias en cautiverio va en contra de toda lógica. Es verdad que en las series judiciales de televisión hay abogados para casi todo y que siempre hay al alcance de la mano una demanda que en caso de prosperar termina enriqueciendo a más de uno, comenzando por el ingenioso leguleyo, autor intelectual de la idea.
Como no podía ser de otra manera, el clamor en Colombia en contra de las pretensiones de Betancourt fue prácticamente unánime. El vicepresidente Francisco Santos dijo que se trataba de "un premio mundial a la ingratitud y a la desfachatez. Estoy indignado, triste y desilusionado". En la misma línea se manifestaron muchos otros altos dirigentes políticos, pero fue la gente de a pié quien expresó sus críticas más brutales, muchas veces con términos sencillamente irreproducibles. Entre quienes se manifestaron al respecto muchos dijeron que en todo caso es ella quien debe pagar por el costo, elevado por cierto, del operativo que hizo posible su liberación, o que se había internado en la selva bajo su propia responsabilidad, desoyendo los consejos de que no lo hiciera por los riesgos que implicaba.
Después del primer encontronazo mediático, desde el campo de Betancourt se ensayaron algunos argumentos de defensa, comenzando por el de Yolanda Pulecio, madre de la ex rehén franco colombiana, quien dijo desde su nada inquietante retiro parisino que se las estaba denigrando: "De ninguna manera hemos presentado una demanda. Todo es falso; nos están inventando las cosas más desagradables", ya que en realidad lo único que querían era presentar una conciliación para reparar los daños y perjuicios provocados por el secuestro de su hija.
Se da el hecho de que la conciliación es el paso previo para la demanda y ni el abogado de Betancourt ni nadie de su entorno afirmó que renunciaban a demandar al estado en el caso de que la conciliación no prosperara. Bajo otros argumentos, Armand Bourguet, dirigente de los comités franceses que pedían la libertad de Betancourt, y que tanto dificultaron la lucha contra el terrorismo de las FARC en aras de su "justa causa humanitaria" explicó que lo actuado respondía al deseo de Betancourt de ayudar al resto de los rehenes, que estaban en situación algo más delicada.
Se ve la especial sensibilidad de Betancourt, que espera no sólo favorecer a sus camaradas de cautiverio sino también a su pobre progenitora que tan mal la pasó en esos años. En realidad, si la solidaridad con los rehenes, con todos ellos, fuera el móvil altruista que impulsa todo esto, bastaría que la demanda contra el estado colombiano fuera de un peso, de un solo peso colombiano. De este modo, Ingrid Betancourt quedaría como una dama, pero si hacemos caso a Clara Rojas, su ex asistenta y compañera de cautiverio, el egoísmo fue la nota característica de su paso por la selva.
Está claro que un secuestro es una situación límite y estar en manos de las FARC durante tanto tiempo pone a cada uno ante retos insospechados, frente a los cuales mejor no hacer juicios de valor. Pero eso pasó hace rato. En el ínterin Betancourt publicó un libro, La rabia en el corazón, y ahora está escribiendo otro, con un contrato por medio de varios millones de dólares. Lo terrible del caso es que alguien que tenía un gran compromiso con su país cuando aspiraba a la presidencia de Colombia con su medida ha sembrado el desconcierto y la rabia en millones de colombianos.
Los mismos franceses que en su momento alzaron honestamente la voz en su defensa deberían reclamar una reclamación ante quien se mueve únicamente por razones personales.
También aquellos que exigieron para ella el premio Nóbel de la Paz. Villepin, Sarkozy y muchos otros dirigentes políticos franceses deberían pedir ahora perdón a Colombia y los colombianos por su empeño en defender a quien está demostrando con su conducta torticera que no se merecía ni respeto ni solidaridad. Baste recordar las voces que desde Francia alzaban los hijos, familiares, amigos y allegados de Betancourt en contra de la intervención militar para rescatarla, ya que eso podría poner en peligro su vida. En ese entonces la lucha de los colombianos en defensa de su libertad y su democracia amenazadas por las FARC no contaba, sólo importaba Ingrid Betnacourt. Ahora vuelve a ocurrir lo mismo. Por eso, en esta ocasión, cobra toda su plenitud el viejo refrán castellano que dice: "dime cuánto pides y te diré quién eres".
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Fuente: Infolatam
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