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No preguntes lo que tu país te puede dar, sino lo que tú puedes darle a él.
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Año V Nro. 399 - Uruguay, 16 de julio del 2010 |
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El Congreso y el Senado pronto decidirán el futuro de una ley de regulación financiera, una que fue escrita casi toda en una reunión a puertas cerradas entre las dos cámaras. Los legisladores tienen una decisión difícil y simple: respaldar una ley que nos da más de las mismas regulaciones bancarias defectuosas o rechazarla en esperanza de que un nuevo liderazgo en el Congreso el próximo año lidie con las verdaderas causas de la crisis financiera. Tal vez no debería sorprender que el Senador Christopher Dodd y el Republicano Barney Frank, los principales autores de la ley, no logren acabar con las numerosas distorsiones gubernamentales de nuestros mercados financiero e hipotecario que condujeron a la crisis: Ambos han sido arquitectos o partidarios de tales distorsiones. Dado que es así, es como pedirle al zorro que construya el gallinero.
En ninguna parte del borrador final de la ley se ve siquiera la pretensión de reducir los numerosos incentivos y mandatos federales de extender créditos, particularmente los de hipotecas, a aquellos que no pueden pagar los préstamos que piden. Después de todo, la narrativa popular insiste que los “gatos gordos” de Wall Street deben ser culpados por la crisis crediticia. A pesar del reconocimiento de que las hipotecas fueron ofrecidas a individuos y familias que no calificaban para obtener esos créditos, a los bancos todavía se les requerirá bajo la ley Dodd-Frank que cumplan con la cuota de préstamos impuesta por el gobierno. Mientras que los partidarios de los préstamos inducidos por el estado están en lo correcto al señalar que gran parte de los peores préstamos se originaron en instituciones inscritas a nivel de estado, tales como Countrywide, y no bancos inscritos a nivel federal, ellos ignoran o a propósito no mencionan el hecho de que estos prestamistas que no eran bancos vendieron casi todos sus préstamos a Fannie Mae, Freddie Mac o la corporación gubernamental Ginnie Mae. Alrededor de 90 por ciento de todos los préstamos originados por Countrywide, el principal emisor de hipotecas subprime (altamente riesgosas), o fueron vendidos a Fannie Mae o respaldados por Ginnie Mae. Las instituciones que prestaban estaban tan involucradas con Fannie y Freddie que solamente Countrywide constituyó más de 25 por ciento de las compras de Fannie Mae. Mientras uno puede debatir acerca de los motivos detrás del respaldo de Fannie y Freddie al mercado de hipotecas subprime, una cosa debería quedar clara: Si Fannie y Freddie no hubiesen estado ahí para comprar esos préstamos, gran parte de ellos nunca se hubieran realizado. Y si el contribuyente no hubiese estado detrás de Fannie y Freddie, estas no hubiesen podido financiar compras tan grandes de hipotecas subprime. En vez de solucionar el rescate sin fin en que Fannie y Freddie se han convertido, el Congreso cree que es más importante expandir la regulación y el litigio federal a instituciones emisoras de crédito que nada tuvieron que ver con la crisis. El peor defecto de la legislación es ignorar completamente el papel que jugó una política monetaria relajada en fomentar la burbuja de bienes raíces. Una burbuja de tal magnitud histórica como la que atravesamos solamente puede ocurrir en un ambiente de crédito extremadamente barato y abundante. El principal proveedor y fijador de precio de ese crédito fue la Reserva Federal. ¿Podría alguien verdaderamente creer que más de tres años de una tasa real negativa de los fondos federales —aquella en la que uno esencialmente está recibiendo un pago al hacer un préstamo— no acabaría en llanto?
Como la política monetaria de la Reserva Federal en gran parte está basada en realizar préstamos a corto plazo, esta también promovió la brecha entre los préstamos a corto y a largo plazo hasta alturas históricas. Esto creó incentivos irresistibles para que los hogares y las empresas tomen préstamos a corto plazo —a veces hasta de un día para otro— y concedan préstamos a largo plazo. Muchos hogares eligieron hipotecas con tasa variable que aumentarían los pagos mensuales una vez que la tasa suba. Para los bancos, esta brecha dio la oportunidad para obtener generosas ganancias simplemente especulando acerca de la curva de retornos. Evitar la cuestión de la política monetaria laxa puede que se deba a que el Congreso no posee casi ningún conocimiento acerca de ésta. El primer paso obvio para construir tal conocimiento sería pedir que la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno (GAO, por su sigla en inglés) audite la política monetaria de la Reserva Federal. Aún así el Congreso continúa prohibiendo que la GAO examine el asunto. Es como si el Congreso ni siquiera quisiera entender las causas de la crisis. Tampoco ha habido discusión alguna en el Congreso acerca de remover las preferencias tributarias de la deuda. Washington subsidia la deuda, tributa el patrimonio y luego actúa sorprendido cuando todos se encuentran en una posición extremadamente apalancada. Hasta que Washington considere seriamente su propio papel en causar la crisis financiera, tendremos pocas probabilidades de evitar otra. Y la ley Dodd-Frank, que seguramente será alabada como una medicina fuerte para financieros deshonestos, en realidad no es ni siquiera un paso modesto en la dirección correcta. Mark A. Calabria es Director de Estudios de Regulaciones Financieras Este artículo fue publicado originalmente en The National Review (EE.UU.) el 25 de junio de 2010. Compartir este artículo en Facebook Fuente: Cato Institute
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