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Porque ninguna maldición se viene sola…
por Fernando Pintos
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No se hace necesario releer la sección deportiva de «El País» (martes 27 de mayo de 2008), donde en varios artículos se comenta el triunfo de Uruguay sobre Turquía por 3 contra 2, para darse cuenta que el gran protagonista de ese encuentro fue el infaltable, el inamovible, el mil veces indeseable Fabián Carini, a quien no ya en mala, sino en pésima hora, siguen colocando como titular bajo los tres caños de la Selección.

Para decirlo sencillamente: los dos goles de Turquía fueron obra de Fabián Carini. Y eso hasta lo dijeron, sin pelos en la lengua, los periodistas de la cadena Fox Sports. Pero lo mismo pudo haber expresado cualquiera que hubiese visto ese partido. En el primer gol, Carini estaba dormido. En el segundo, falló lamentablemente. Ello significa que les regaló dos goles a los turcos, quienes sin su amable colaboración pudieron haber perdido por marcador de tres goles contra cero… Y ahora, es más que posible que, en muy pocos días, Carini se ponga a la benévola tarea de adjudicar iguales o mejores dádivas a los delanteros de las selecciones de Venezuela y Perú. Porque, para quién no lo sepa todavía —tal parece ser el caso del señor Washington Tabárez—, Fabián Carini es un arquero con muy baja cotización a nivel internacional. Es un futbolista que, a duras penas, está jugando en un equipito español que es de segunda, sino que de tercera categoría. Para peor, ha estado compitiendo en forma descontinuada. Y para colmo, está jugando relativamente mal: es decir: que hoy con una de cal, que mañana con una de arena… Carini debería constituirse en un cero a la izquierda toda vez que se realice una citación de jugadores para integrar el seleccionado nacional. Y debería ser así porque, en este preciso momento, Uruguay cuenta con varios arqueros que en todo aspecto son superiores a él: Castillo, Munúa, Sebastián Viera, Bava, Alexis Viera y algunos otros que si bien no tienen tanto renombre, sí demuestran enormes condiciones.
Pero, como ya los uruguayos tenemos archisabido, Carini es infaltable e imprescindible para los planes de este mediocre entrenador que tiene hoy la selección de Uruguay. A>l parecer, importa un rábano que el individuo esté jugando mal desde varios años a esta parte. Y para peor, parecería ser irrelevante que lo apenas juegue en un modesto equipito español y que allí lo consideren exactamente igual que la quinta rueda del automóvil. Mas, para colmo, mucho menos parecería interesar el hecho de que, cuando se le pone en el arco de Uruguay, Fabián Carini represente una significativa posibilidad de gol… ¡para el equipo contrario! No, nada de ello importa un ardite a quiénes sí (y mucho) debería importarles. Y tanto les tiene sin cuidado ese peligro irrefutable, que ni siquiera vacilan frente a la posibilidad de repetir en 2008 el bochorno de las eliminatorias pasadas, cuando se perdió en el mítico Centenario, ¡y por goleadas!, frente a Venezuela y Perú. ¡Nada de eso interesa! Porque, lo que realmente parece en verdad importar e interesar es la permanencia de Carini en esa vidriera internacional que proporciona —jugando eliminatorias para un Mundial— una selección laureada como la uruguaya, para ver si, con esa tóxica variante del exhibicionismo se consigue levantar, de alguna manera, la alicaída cotización del señor Carini y se le consigue un buen contrato, para los últimos años de su declinante carrera deportiva, en algún cuadrito europeo «menos peor» que el que hoy lo está empleando.
Ése, al cual podríamos ahora denominar «Fenómeno Fabián Carini», resulta exactamente igual a otros dos, anteriores, que por bastante tiempo se constituyeron en pesadilla para las selecciones nacionales y, al mismo tiempo, en la alegría, el festejo y el gozo de los combinados que debían enfrentarnos. Me estoy refiriendo —y los mencionaré por su orden de aparición escénica— al «Fenómeno Fernando Alvez» y al «Fenómeno Dante Siboldi» (en verdad que, visto lo dantesco de sus actuaciones, le hizo rematado honor al nombre). Recuérdense bien las características de tamañas fenomenologías. Estando a disposición arquerazos de la talla de un Rodolfo Rodríguez y unos cuantos otros, siempre existía la perversa obligación de llevar a los Mundiales de Fútbol, ¡como titular indiscutido!, a Fernando Alvez… Y no importaba que el tipo anduviera con muletas, o que ya estuviera a punto de tropezándose con una matusalénica barba (propia)… ¡Había que llevarlo y punto! O sea: que los demás arqueros, los verdaderamente buenos, por ahí se quedaran tirados y si ello cabía, que también reventaran. Y tras el pasaje de aquel particular «fenómeno» (con todas las características de un tsunami), irrumpió en escena Siboldi, a quien, no se sabe si por obra de magia, prestidigitación, casualidad o excesivo consumo de alucinógenos (aquí me refiero a dirigentes y entrenadores, no al arquero), se le debía colocar siempre como meta titular en la Selección, ¡indiscutido número uno!, en perjuicio de arquerazos como Jorge Seré —contra quien siempre manifestaron un odio llamativo— y varios otros, todos de primer nivel y ninguno de ellos con pecho de goma… Y les aclaro lo siguiente: cuando yo veía, en Guatemala, partidos de la selección uruguaya, en aquéllos donde Siboldi hacía de las suyas (para deleite de venezolanos o otros seleccionados de ese mundo que es ancho y ajeno), los relatores de la televisión local terminaron por ponerle, muertos de la risa, ese simpático sobrenombre que ahora traigo a colación: «Pecho de Goma Siboldi». Y para ser fieles a la verdad: era un sobrenombre más que merecido.
Ahora bien: como ninguna maldición digna de tal nombre suele venir sola, a las dos antes citadas se agregó, en los últimos tiempos, el señor Fabián Carini. Y resulta obvio que, detrás de la viciosa y enfermiza presencia de Carini en el arco de la Selección se encuentra la tenebrosa influencia del más nefasto titiritero imaginable. ¿Y quién será? Por supuesto que el inefable, infaltable e inimputable (tanto por delitos como por impuestos) Francisco Casal. resulta obvio que tanto el señor Corbo, como la Directiva que malamente preside y, además, el señor Tabárez, todos ellos juntos y revueltos reciben instrucciones del señor Casal en tal sentido (al igual que en muchos otros más). Porque no cabe dudar que unos llamativos e intensos lazos fraternales (no me atrevería a insinuar ataduras de otra índole) unen al señor Casal con el señor Carini… Por lo cual, no sería nada extraño que, una vez que la declinante carrera del segundo culmine (seguramente, bajo los tres caños de Peñarol), pase a convertirse en activo colaborador y quizás hasta en socio junior del primero, para seguir vampirizando y destruyendo el fútbol uruguayo, de la misma manera que tan bien lo han venido haciendo (cada cual a su manera y en la medida de sus fuerzas) hasta el momento.
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