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Año I - Nº 36 - Uruguay, 25 de julio del 2003

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MARACANÁ

Todos los años, desde aquel memorable 16 de julio del 1950, los uruguayos nos levantamos por la mañana, estemos donde estemos, miramos el cielo y buscamos el celeste de la gloriosa camiseta uruguaya que dio el golpe más grande en la historia del fútbol.
Son dos minutos de reflexión, de conmoción, de esperanza en el futuro.
Aquel 2 a 1 nos llena de orgullo, nos ilumina en el camino, nos ayuda a salir del anonimato.

Si alguien pregunta dónde queda Uruguay, podemos explicárselo mil veces, y no lo entenderán, pero basta decirle: fuimos campeones del mundo en el 50, en Maracaná contra el Brasil, y hasta el más ignorante sabe de qué país estamos hablando.
Este es el Uruguay que fue, el Uruguay que supo enmudecer 200 mil almas en una tardecita de invierno sudamericano.

Hoy ese Uruguay no existe más, queda solo el recuerdo de Obdulio y los suyos, hemos dejado por el camino todo el esfuerzo y las ganas de ganar, nos hemos quedado con Maracaná en la sangre y no nos damos cuenta que todo eso ya fue, ya pasó.
En cada discusión, en cada asado, en cada partido de cartas, sale siempre a relucir el tema del 50, y cada vez que esto ocurre, me doy más cuenta que la mentalidad uruguaya es una de las más extrañas del mundo, seguimos creyendo ser los mejores del mundo porque ganamos en el 50 y no nos damos cuenta que el mundo sigue girando, sigue dando vueltas mientras nosotros seguimos soñando Maracaná.

El día que los uruguayos entendamos definitivamente que Maracaná es parte de la historia, que hay que empezar de nuevo, con paciencia, dedicación, a levantar nuestro país, a poner ladrillo sobre ladrillo, a darle una patada a aquellos que nos siguen metiendo Maracaná por delante para que no veamos que las cosas no son como las cuentan, ese día, el Uruguay y los

uruguayos empezará a cambiar, a crecer, a preparar un nuevo Maracaná.
Tenemos que pensar al futuro, al presente, dejar de lado el 16 de Julio del 50, tenemos que dedicarle esos dos minutos que se merece, esa memoria, esa lágrima que derramamos con orgullo, y arremangarnos para seguir luchando, esforzándonos para poder cambiar un país que no existe más, un sueño que quedó en aquel frío domingo de hace 53 años.


Fernando Manzoni

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