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Turbulencias políticas y económicas
en Argentina
por Carlos Malamud
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El argumento de la defensa del consumidor y la manifestación de que no se enfriará la economía manejado por Néstor Kirchner es falaz porque si los hombres del campo no producen no habrá exportaciones pero tampoco nada con que alimentar el mercado interior. Con una pistola apuntando a su sien y con rendimientos económicos decrecientes lo más probable es que quienes hoy generan riqueza mañana dejen de producir. Más allá de las críticas a los biocombustibles, no es con secos y magros pastizales con los que se come sino con cereales, carne y leche.
Por segunda vez en menos de un mes los hechos se precipitaron en Argentina. Hace una semana cobraron cuerpo los rumores del reemplazo del ministro de Economía, Martín Lousteau, mientras seguían sin encontrarse soluciones al contencioso del campo y se intensificaba la preocupación popular sobre la inflación, un viejo fantasma de los argentinos. Al mismo tiempo se incrementaban muchas de las tensiones de la última semana, algunas arrastradas durante todo el gobierno de los Kirchner y otras más recientes. Este fue el caso del viejo resquemor kirchnerista contra la prensa, ejemplificado ahora en un ataque frontal contra Clarín, el periódico de mayor tirada, que adoptó una línea antioficialista, contraria a la neutralidad mantenida durante años.
La quema de miles de hectáreas de pastizales a orillas del río Paraná permitió al gobierno dirigir todas sus baterías contra los productores agrarios, responsabilizándolos del espeso humo que, como una nueva plaga bíblica, se cernía sobre Buenos Aires. Lo que más exaspera a los porteños y a buena parte de los argentinos es la imagen de un gobierno bifronte que los persigue día tras día. El ex presidente Eduardo Duhalde, padre putativo de Néstor Kirchner, habló de un gobierno de doble comando, mientras el gobernador socialista de Santa Fe, Hermes Biner, manifestó que Argentina necesita un solo presidente.
La hiperactividad de Kirchner explica algunos de los problemas de su esposa. Kirchner es presidente del Partido Justicialista y, al mismo tiempo, ejerce de presidente paralelo y de ministro de Economía, lo que también hizo en su gobierno. Esto ha instalado en la opinión pública ciertas imágenes, convergentes unas, contradictorias las otras, de un gobierno dividido entre nestoristas y cristinistas o de una subordinación temerosa de la presidenta a su marido. Independientemente de la mayor o menor certidumbre de estas especulaciones, "fogoneadas" desde la cúpula del poder, buena parte de las últimas encuestas, más intuidas que publicadas, aunque casi todas filtradas, muestran un declive pronunciado de la popularidad y aprobación presidencial, mientras su marido, al otro lado del poder, resiste algo mejor. Las desafecciones han comenzado. Algunos radicales K (radicales partidarios del kirchnerismo, como el vicepresidente Cobos), han comenzado a dar la espalda al gobierno, al tiempo que ciertos gobernadores y legisladores se muestran preocupados por su cercanía al gobierno. Todo esto explica la salida del "joven" Martín Lousteau y su relevo por Carlos Fernández, un economista de menor perfil académico y profesional, aunque sea un burócrata presente en casi todas y cada una de las últimas administraciones peronistas, ahora instalado en el riñón del poder kirchnerista.
Si en la mayor parte de las democracias las dos caras del poder son el gobierno y la oposición, esto de momento no ocurre en Argentina. La oposición está desmembrada, el radicalismo atomizado y dividido, y los restantes partidos son incapaces de encontrar un marco común para consolidarse como alternativa frente a un poder con serios problemas políticos y económicos, como la inflación y los tributos cargados a las exportaciones de materias primas (las retenciones). El reciente desempeño económico, impulsado por la soja y otros productos agrarios fue envidiable, con tasas en torno al 9%.
Curiosamente, en una época de turbulencias financieras y económicas internacionales, el gobierno kirchnerista en vez de mantener las posiciones y minimizar el riesgo de un impacto externo negativo apoyando a los más eficientes, decidió pegarse un tiro en el pié y castigar a los sectores más rentables y productivos. Para el abstruso lenguaje político del oficialismo, compartido por una parte no desdeñable de la población, la creación de la riqueza es un pecado y dada la originalidad del ser argentino y la feracidad bíblica de sus tierras es posible repartir la riqueza antes de haberla producido. Por eso, en vez de pedir a los productores rurales que produzcan y exporten más, le demandan un acto de fe y la redistribución graciosa de sus ganancias. Nuevamente el gobierno incumple una norma democrática básica: la redistribución del ingreso y la lucha contra la pobreza y la desigualdad se logran con una eficaz y clara política fiscal y no con limosnas, donaciones y buena voluntad. Para ello se requiere de un Parlamento que funcione y no únicamente una máquina de acompañamiento jaculatorio del gobierno.
Para implementar su política, el gobierno apostó por la confrontación. Kirchner quiere negociar desde posiciones de fuerza y para ello comienza dando primero y fuerte. Ahí está el "nos puso a parir" de José María Cuevas, el ex presidente de la CEOE, tras el rapapolvo del presidente contra las empresas españolas presentes en Argentina. Desde hace algunos meses el mascarón de proa de la prepotencia gubernamental es Guillermo Moreno, secretario de Estado de Comercio Interior, convertido en el ariete contra todo aquel que ose criticar, por la vía de los hechos (los precios) o las palabras (la especulación), la política oficial. Moreno es una especie de ministro de Economía bis que ya ha visto pasar por la puerta de salida a tres de sus jefes "teóricos".
Con estos mimbres y una inflación que, pese a las declaraciones oficiales, ronda una cifra situada entre el 25 y el 30% interanual (la cifra es difícil de comprobar por el estado de postración al que se condujo al INDEC, el organismo oficial encargado de las mediciones y estadísticas), las alarmas de dentro y de fuera se han encendido. El riesgo país, un concepto olvidado en los últimos años, no dejó de aumentar y en la última semana creció un 8,5%, los bancos de inversión de Estados Unidos han comenzado a asesorar a sus clientes para que se desprendan de los bonos argentinos en su poder, Standard & Poors´s ha modificado, a la baja, su calificación para Argentina y el dólar sigue subiendo.
Dicen que en aguas revueltas ganancias de pescadores. Ante estos problemas, Lula proclama que producirá más trigo para no depender de las erráticas exportaciones argentinas, mientras otros productores agrarios, como Estados Unidos, Canadá o Brasil, se frotan las manos. Mientras tanto, empresarios rurales argentinos enfrentados a las retenciones, la ausencia de reglas de juego claras y las frecuentes trabas a la exportación han comenzado a invertir en Uruguay, que se beneficia así del caos que padece su vecino. El argumento de la defensa del consumidor y la manifestación de que no se enfriará la economía manejado por Néstor Kirchner es falaz porque si los hombres del campo no producen no habrá exportaciones pero tampoco nada con que alimentar el mercado interior. Con una pistola apuntando a su sien y con rendimientos económicos decrecientes lo más probable es que quienes hoy generan riqueza mañana dejen de producir. Más allá de las críticas a los biocombustibles, no es con secos y magros pastizales con los que se come sino con cereales, carne y leche.
Mientras tanto las señales provenientes del gobierno y de los dirigentes rurales son contradictorias. Por un lado se señala una renovada voluntad negociadora del Jefe de Gabinete Alberto Fernández que llevaría a algunas concesiones, frente a las cuales los ruralistas prolongarían la tregua más allá del 2 de mayo. Por el otro, el poder de Moreno y la voluntad de Néstor Kirchner de torcer el brazo a la protesta agraria siguen incólumes, mientras miles de productores campesinos, especialmente los pequeños y medianos, insisten en mantener el paro agrario. Por si tanta incertidumbre fuera poca, hay rumores de nuevos relevos ministeriales. Por eso, es a la presidenta Fernández de Kirchner a quien le corresponde resolver el problema y reintroducir en el panorama político y económico argentino las certezas necesarias para que el país se encolumne en la senda virtuosa del crecimiento, en vez de atravesar otra página oscura, una más, en la desdichada historia reciente de Argentina.
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