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El nacionalismo energético ante
la caída de los precios del petróleo
por Federico Steinberg
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Durante los últimos años varios países latinoamericanos, en especial los de la zona andina, han sido testigos del resurgir del nacionalismo energético. Las manifestaciones de este fenómeno, que también se ha dado en Rusia, Argelia y algunos países del Golfo Pérsico, han sido diversas: nacionalizaciones de recursos, renegociación de contratos con empresas privadas internacionales, aumento de impuestos y regalías y endurecimiento de las condiciones de acceso al sector para el capital extranjero. El nacionalismo energético ha redefinido el equilibrio de poder entre el Estado y el mercado, aumentando el poder del gobierno y sus empresas públicas y reduciendo el de las empresas privadas internacionales. También ha reducido los niveles de inversión, lo que plantea dudas sobre la capacidad para mantener la producción en los niveles actuales a medio y largo plazo.
El nacionalismo energético ha venido alimentado tanto por la percepción de que la liberalización económica de los años noventa había fracasado como por los elevados precios de los hidrocarburos. Así, a medida que los precios del petróleo se iban incrementando (pasaron de menos de 40 dólares por barril a mediados de 2004 a situarse en el entorno de los 60-70 dólares a mediados de 2005 y a tocar su máximo en los 147 dólares antes del estallido de la crisis financiera en junio de 2008) los gobiernos tenían más incentivos para apropiarse de un mayor porcentaje de la renta petrolera, lo que daba lugar a manifestaciones más extremas del nacionalismo. Aún así, en países con una economía más diversificada como Brasil, las manifestaciones de este fenómeno han sido más suaves, incluso tras el descubrimiento de importantes reservas en 2008.
En cualquier caso, se ha producido un fuerte crecimiento de los ingresos estatales por la exportación de hidrocarburos, que en los países andinos ha sido una de las claves de la creciente percepción de autonomía económica y política de sus gobiernos. Así, estos ingresos han permitido financiar gastos sociales que aseguran el apoyo y la lealtad de gran parte de sus ciudadanos, sobre todo los más desfavorecidos. Además, en el caso venezolano, estos ingresos han servido para exportar petróleo subvencionado a otros países de la región, política clave para crear una red de aliados en contra de Estados Unidos.
Pero desde que la crisis financiera global estallara en septiembre de 2008 los precios se han desplomado hasta el entorno de los 60 dólares por barril. Dos han sido los mecanismos de transmisión. Primero, cuando los mercados financieros se han "secado" el pánico ha llevado a los inversores a refugiarse en activos seguros (fundamentalmente letras del tesoro estadounidenses) forzando fuertes ventas en los mercados de futuros sobre petróleo; es decir, la llamada demanda especulativa de petróleo (que podría haber inflado los precios en torno al 30% durante el último año), ha desaparecido.
Segundo, la propia recesión, que ya alcanza a Estados Unidos, Europa y Japón - y que posiblemente reducirá considerablemente el crecimiento de las economías emergentes - está recortando la demanda de hidrocarburos y con ella los precios. Aunque estos dos factores son coyunturales, es razonable suponer que serán suficientes para mantener los precios en niveles relativamente bajos durante los próximos años, a pesar de que la tendencia de los precios a largo plazo sea al alza por el aumento estructural de demanda que proviene de las economías emergentes.
La caída del precio del petróleo obligará a reducir la financiación, tanto de las inversiones productivas como de los programas de gasto social en algunos países andinos. Por tanto, erosionará el apoyo ciudadano a los gobiernos que han practicado un nacionalismo energético más intenso, sobre todo en las economías menos diversificadas y más dependientes de los ingresos por hidrocarburos. Aunque unos menores precios también tendrán un impacto sobre otros países productores como México, Brasil o Argentina, estos se verán menos afectados porque tanto sus fuentes de ingresos públicos como sus exportaciones están mucho más diversificadas.
Por último, la caída de precios beneficiará a los países importadores netos de la región y en particular a los ciudadanos con menores ingresos, aunque en este sentido hay que señalar que en la mayoría de los países de la región la energía es un bien fuertemente subvencionado, por lo que no es de esperar que los cambios en los precios internacionales se trasladen directamente al consumidor.
En cualquier caso, la caída de los precios reducirá la influencia geopolítica de los países que han adoptado versiones más agresivas de nacionalismo energético en la región.
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