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Año V Nro. 333 - Uruguay, 10 de abril del 2009   
 

 
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La culpa no es del chancho
por Alejandro Sciarra

 
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         Hace ya un buen tiempo, tal vez unos dos años y medio, leía en un Revista llamada “El Ciudadano”, un artículo del Dr. Ramón Díaz titulado: “Hacia una dictadura sindical”.

         En el mismo, el Dr. Díaz mostraba cierta preocupación acerca del creciente poder que los sindicatos recibían como un verdadero regalo por parte del gobierno de turno. Pues desde que el Frente Amplio asumió el poder en marzo de 2005, dejaron de existir las negociaciones y las relaciones con los sindicatos se transformaron en un sistema de “te pido, me das y olvidate de que te dé algo a cambio”.

         El derecho del trabajador a sindicalizarse es no sólo legítimo sino también sano y necesario. Pero claro está que cuando la bandera del sindicato deja de ser la del derecho del trabajador para transformarse en la bandera del sindicato como fin que se agota en sí mismo, la cosa cambia. Y algo así le ocurrió al PIT-CNT.

         Quiero dejar en claro que “la culpa no es del chancho sino del que le da de comer”. Y aquí participamos de incontables años de promesas preelectorales, muchas de ellas ni justas ni posibles, por parte del Frente Amplio que al asumir el poder, se les vendrían encima como a quien escupe contra el viento. Y no sólo de promesas se trata. El cúmulo de partidos que gobierna hoy tomó la brillante decisión de continuar con la aplicación de la ley de Consejos de Salarios de 1943, pero ahora reduciendo la cantidad de sectores de actividad a veinte. Con la torta repartida entre menos, las panzas se llenan más. El problema es que las panzas se acostumbran. Veinte sindicatos se hacen fuertes “negociadores”, o más bien fuertes “reclamadores”, pues lo único que ofrecen a cambio de su visto bueno será la no ocupación, la concurrencia al trabajo, la no entrada en huelga. En los Consejos de Salarios de hoy en día, el Estado no media, no busca consensos sino inclinar la balanza. Podemos decir que interviene, lo que no le hace nada bien a la democracia.

         Por otra parte, la ley de fueros sindicales mira de reojo, con ganas de pelear a varias libertades y sin lugar a dudas hace vacilar a quien se propone hacer un esfuerzo y contratar más personal para su empresa. ¿No estaban bien protegidos los dirigentes sindicales? Parece que los uruguayos no tenemos punto medio. Hoy en día un dirigente sindical tiene más poder de gobierno que cualquier Ministro de Estado. El absurdo  no tiene límites. Las reglas de juego son impuestas por el interés del sindicato y nadie hace nada al respecto.

         Para no perder la costumbre se derogó el decreto que habilita al Ministerio del Interior a desalojar lugares de trabajo ocupados por sus empleados riéndose a carcajadas de la propiedad privada. ¡Ah! ¡Y que no se hable de empleados! ¡Son trabajadores!, así los diferenciamos bien de los empleadores que no son trabajadores sino explotadores malintencionados que buscan solamente su propio beneficio… bienvenidos a la tan actual lucha de clases de Marx.

         ¿Y ahora? ¿Quién le saca la banana al mono?

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