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¿Qué nos está pasando?
por Sandra Vera
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Mi nombre es Sandra mi apellido Vera, pues bien nada de particular excepto para los miembros de esta familia tan preciada de sí misma, “ilustres ” descendientes de aquel primer obispo del Uruguay y tal vez de tantos otros Vera que abultan la lista de las guías telefónicas de los países de habla hispana.
No soy nadie en particular, ama de casa madre de tres hijos, sí, lo sé, todo un aburrimiento, que puedo decir de importante en un artículo?- En fin, tantas cosas tan importantes como las que pueden decir los ciudadanos comunes aquellos que tenemos la difícil y menospreciada tarea de criar hijos y que valoramos esa actividad, aquellos que trabajan por su magro sueldo en una repartición pública o aquellos que, profesionales ellos, o ellas, rinden los frutos de su estudio lo mejor que pueden.
Ciudadanos al fin, menospreciados siempre, necesarios para el voto, olvidados para todo, contribuyentes exigidos, relegados en nuestros derechos, motores indispensables de un estado que siempre nos sangra y al final nos olvida, nosotros los que no tenemos gremio, los que no tenemos voz, pero sí voto.
No somos políticos, no somos delincuentes, las dos profesiones más rentables e impunes de este siglo, ¿será porque están tan estrechamente ligadas que dan miedo, o será tal vez que esa convivencia carnal y descarada entre delincuencia corrupción y política, son la misma cosa?
Oh, por favor no le pidan a una simple ama de casa, madre de tres hijos que entre en tales discernimientos, si estamos tan al revés que hasta ser madre y estar en casa implica no hacer nada, estamos tan equivocados que asistimos impávidos y de boca abierta a los debates pro de los derechos humanos, (pro-boludez, pro-demagogia, pro-idiotez, pro-necedad y tantas cosas más).
Una sociedad que ve avanzar la delincuencia y la desigualdad y se sienta a debatir temas banales y utópicos como la desigualdad social, una sociedad que habla, gesticula, discursea y vomita un millón de frases rimbombantes, pero que no hace nada, una sociedad donde los delincuentes tienen cámara, y como presentar a un infeliz consumido por la pasta base, da rating, ahí el idiota, ladrón, asesino y descerebrado de tanta droga se siente He-Mann.
Yo me siento muy tarada, muy inútil, asistente involuntaria a un espectáculo sórdido y patético de alguien que dilapidó su vida en el resentimiento y a través de él dilapidó la vida de tantos otros que no eligieron la pasta base, el resentimiento ni el fierro. Eligieron trabajar y tal vez en una calle encontraron la muerte en manos de este señor que hoy adorna las cámaras de televisión y cree que tiene algo para contar.
Estamos invirtiendo los valores, estamos siendo cómodos, estamos siendo estúpidos y egoístas, no nos hace falta la pena de muerte.
Como leí el otro día en un usuario que escribió a un diario, la pena de muerte está instalada, los condenados somos nosotros, los comunes, los que trabajan, los que pagan un impuesto con el que se alimenta a los presos en una cárcel y a los que tenemos que comprarles un colchón cada vez que los queman porque viven en condiciones infrahumanas.
Sería bueno recordarles que hay gente que gracias a ellos ya no tiene ni siquiera el privilegio de quemar un colchón, por el simple hecho de haber perdido la vida en un asalto, ¿qué estamos discutiendo?, a donde fueron a para nuestros valores?, que nos pasa como sociedad?
Que ningún exaltado me diga que soy “milica”. No soy ni milica ni delincuente ni frenteamplista, ni blanca, ni colorada, soy antes que nada una persona como todos ustedes, que quiere vivir en paz que quiere ver crecer a sus hijos, que quiere trabajar y ver a su país bien bajo el color político que le caiga, pero sin vueltas, sin discursos, sin demagogia y con la verdad de frente.
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