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Año V Nro. 303 - Uruguay,  12 de setiembre del 2008   
 

 
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EE.UU.-America Latina: ¿Al fin solos?
por Roman D. Ortiz

 
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         Resulta difícil determinar cuándo la consigna "yankees go home" se convirtió en el mantra de amplios sectores de la política latinoamericana. Pudo ser tras la caída del gobierno guatemalteco de Jacobo Arbenz en 1954, o después del intento de derrocamiento de Fidel Castro por una fuerza de exiliados cubanos en 1962, o con el golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile en 1973. En cualquier caso, lo cierto es que en algún momento la imagen de Estados Unidos dejó de generar la desconfianza propia de un vecino poderoso para pasar a suscitar una hostilidad profunda alimentada desde la izquierda radical y el ultranacionalismo.

         Washington llegó a ser visto como el origen de todos los males y su expulsión de América Latina como la condición necesaria y suficiente para resolver lacras como el autoritarismo o la corrupción. Con estos antecedentes, no debería resultar extraño que las crecientes señales de un repliegue estratégico estadounidense de la región susciten una oleada de satisfacción desde México hasta Buenos Aires. Sin embargo, la gran paradoja es que la salida de los "gringos"promete hacer de América Latina un lugar más peligroso e inestable.

         La retirada norteamericana del sur del hemisferio es un movimiento estratégico de larga data que ahora parece haber entrado en su última y definitiva etapa. Las primeras señales de repliegue pueden situarse a finales de los años 90, cuando el presidente Bill Clinton entregó la administración del canal a Panamá. Luego vino la crisis financiera argentina del 2001, cuando Washington abandonó a su suerte a Buenos Aires. Entretanto, una generación de líderes con una clara vocación antinorteamericana alcanzó el poder. En 1999, el triunfo electoral de Hugo Chávez en Venezuela colocó al frente del primer exportador de crudo latinoamericano a un gobernante declaradamente "antiimperialista". Luego, en el 2006, la llegada de Evo Morales a la presidencia de Bolivia asestó un golpe decisivo a la estrategia antidrogas en los Andes. Finalmente, Rafael Correa como jefe de Estado ecuatoriano a partir del 2007 manifestó su voluntad de expulsar a EE.UU. de la base de Manta.

         Los escépticos apuntan a los vínculos de EE.UU. con México, América Central, el Caribe y Colombia como señales de que la desvinculación norteamericana de la región no es cierta. Washington ha firmado acuerdos de libre comercio con mexicanos, centroamericanos y caribeños. Más recientemente, la administración de George W. Bush ha tomado dos decisiones que incrementan su compromiso con la seguridad de estos países. Por un lado, han impulsado el denominado Plan Mérida con vistas a respaldar la lucha del Gobierno azteca contra el narcotráfico. Por otra parte, ha establecido la IV Flota como un comando naval responsable de operar en el Caribe. En cualquier caso, este esfuerzo por proyectarse al sur del río Grande parece menos un deseo de tender puentes con América Latina y mucho más la determinación de crear una barrera estratégica que aísle el territorio norteamericano de una América del Sur cada vez más inestable.

         La duda es el lugar de Colombia en este esquema. Tras casi una década del Plan Colombia, Bogotá se ha convertido en el principal aliado latinoamericano de Washington y uno de los escasos éxitos del gobierno de Bush en la guerra contra el terrorismo. Precisamente por eso, republicanos y demócratas miran al país andino con ojos distintos.

         Para los primeros, se trata de un socio estratégico clave en una región cada vez más hostil. Para los segundos, un aliado de una administración detestable que suscita pocas simpatías. De este modo, el color político del próximo presidente estadounidense será determinante para decidir si Colombia se incorpora a la zona de confort que EE.UU. está creando en el norte del hemisferio o es empujada afuera con el resto de América del Sur. Un espacio estratégico donde Washington solo mantendría vínculos estratégicos con el Perú a través del recién firmado acuerdo de libre comercio.

         Aunque para el caso vale la pena recordar que lazos económicos no equivalen a compromisos de seguridad.

         ¿Pero importa la retirada estratégica de EE.UU.? Probablemente, mucho. Pese a sus errores y fiascos, la diplomacia estadounidense jugó un doble papel en el mantenimiento de los balances estratégicos de América Latina. Por un lado, evitó que las rivalidades entre los gobiernos de la región se desbordasen. De hecho, Washington tuvo un protagonismo clave a la hora de desactivar crisis como las que enfrentaron a argentinos y chilenos o a peruanos y ecuatorianos. Por otra parte, cuando fue necesario un esfuerzo de seguridad colectiva, el poder norteamericano proporcionó un apoyo efectivo a los países de la región. Tal fue el caso, por ejemplo, con la intervención humanitaria en Haití en 1994.

         Semejante papel estabilizador resulta urgente en el actual contexto latinoamericano marcado por factores como las tensiones provocadas por la política exterior revolucionaria de Venezuela o el creciente riesgo de una confrontación civil en Bolivia. Sin embargo, es precisamente ahora cuando EE.UU. parece decidido a decir adiós a América Latina. Puede que la despedida alegre a algunos. Pero también es probable que pronto la impotencia de los gobiernos de la región para manejar las crisis que se avecinan empuje a muchos a echar de menos a los "gringos".

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Fuente: Hacer
 
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