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Año V Nro. 347 - Uruguay, 17 de julio del 2009   
 
 
 
 
historia paralela
 

Visión Marítima

 
Michael S. Castleton-Bridger

El mundo puede ser muy peligroso
por Michael S. Castleton-Bridger

 
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          No hay duda que el cambio es inherente a la condición humana. Dijera Seneca, ‘lo único permanente es el cambio’.

          El planeta que habitamos los raza humanos desde siempre ha estado sujeto a todo tipo de convulsión, muchos naturales es cierto, pero muchos más puramente producto de las relaciones inter - sociales e inter - religiosas de la propia raza humana.

          Esto siempre ha sido así. La gran diferencia hoy en día es que la información de estos hechos la tenemos en nuestros ordenadores en tiempo real. Esto no es malo en si mismo ya que conocer las barbaridades que nos inflingimos los humanos en un buen comienzo para evitarlos.

          La realidad sin embargo es que desde que el hombre se irguió para caminar parado lucha contra la naturaleza y contra sus congéneres.

          Esto no es bueno ni malo, simplemente es así, y forma parte de la evolución de la especie humana.

          Entonces no puede sorprender a nadie la letanía de conflictos y situaciones que vive el mundo actualmente. Sin embargo hay problemas, conflictos que son circunscriptos a un sólo país o son meramente regionales. Preocupantes sin duda pero en definitiva solubles a nivel de entidades políticas claramente definidas y acotadas geográficamente.

          Cómo siempre hay situaciones que no se ajustan a estas características. Hay varias en el mundo actualmente, sin embargo a juicio de quien escribe hay dos situaciones de particular cuidado y potencialmente explosivas que deberá enfrentar el mundo civilizado en los próximos meses si no años.

          La primera es la extensión de la tenencia de armas nucleares a países que no llenan el mínimo requisito para ser considerados miembros serios de la comunidad internacional. Uno por supuesto es Irán, con su teocracia shiita más preocupada con imponer sus ideas religiosas y por ende dominar su región a como dé lugar que realmente aquilatar las consecuencias de sus actos. Una situación potencialmente explosiva ya que de conseguir los Iraníes una bomba atómica, y la forma de entregarla confiablemente seguramente desencadenará una nefasta carrera armamentista en esa región de consecuencias absolutamente imprevisibles para el resto del planeta.

          La segunda y más cercana para nosotros es el permanente afán desestabilizador del proto - dictador Venezolano Tte. Cnel. Chávez Frías en nuestro continente.

          Un personaje del tercer milenio quien intelectualmente se ha anclado en los principios del siglo pasado con su mente claramente atado a perimidas fórmulas políticas con el único afán de mantener sus ambiciones hegemónicas en nuestro continente.

          Es curioso realmente este personaje ya que habla y reivindica hasta el hartazgo su adhesión a algunos supuestos ideales Bolivarianos.

          Lo que esta simiesca figura no dice ni aclara que los supuestos ideales que reivindica son al menos poco claros. Bolívar indudablemente ayudó - si bien en forma tremendamente cruenta - a la liberación del norte de nuestro continente del yugo colonial. Esto es indiscutible. Ahora bien, también es indiscutible que Bolívar no buscaba con demasiada energía la liberación de esos pueblos sino y más bien auto erigirse en un líder de características rayanas en lo divino en esa zona del continente. Bolívar era profundamente escéptico en cuanto a la capacidad de las ex-colonias caribeñas para auto- gobernarse. La historia y los hombres demostraron que podría haber estado en lo correcto pero su proyecto de un cuasi reino gobernado por él cayeron ante otras figuras y otras voluntades.
Chávez Frías entonces en realidad sí es bolivariano en sus ideas, pero no con la sabia influencia libertadora de un Miranda sino con el limitado ideario de un señorito caraqueño que pensaba que él y sólo él era dueño de la verdad.

          Esta característica es muy propia a los que pretenden gobernar por la fuerza y más a los que pretenden extender su hegemonía en forma siempre creciente, dentro y fuera de las fronteras de su país.

          Ya lo vimos en el siglo pasado con Mussolini y sus pretensiones sobre Abyssinia y en Hitler con sus teorías del “lebensraum” teutón.

          Ya sabemos cuales fueron las consecuencias de estas peregrinas y tristemente absurdas ideas.

          La situación en nuestro continente es entonces, gracias a esta figura desestabilizadora, al menos complicada. Los recientes hechos en Honduras son un ejemplo más de las inadmisibles intromisiones de Chávez Frías en los asuntos de sus países vecinos o cercanos.

          Los latinoamericanos no debemos de manera alguna dejar de lado una sana vocación latinoamericanista y de integración continental. Pero, tampoco disfrazado en estos ideales, debemos permitir la injerencia de quien sostiene teorías raciales y políticas tan nefastas como anacrónicas, en los asuntos de nuestros países.

          La conclusión lógica de esta peligrosa situación es que, como todos los personajes como él que ha dado la historia, Chávez Frías en algún momento se pasará de los límites y la historia –probablemente Brasil y/o Colombia- se encargará de detenerlo.

          Lo cierto es hoy que este personaje producto la profunda zona llanera venezolana tiene el potencial de desestabilizar todo un continente con consecuencias imprevisibles y seguramente muy malas para todos nosotros, los latinoamericanos.

          Los países libres de nuestro continente deberemos hacer todo lo posible para limitar las locuras de este mesiánico megalómano.

          También debemos acordarnos siempre de aquél sabio aforismo hispano que dice “a cada chancho le llega su San Martín”.

          Es de esperarse que llegue más antes que después y rogamos a Dios que no sea en forma demasiada cruenta, aunque me parece que a esta altura de los acontecimientos no van a haber salidas fáciles para la hermana república de Venezuela ni para el continente en su conjunto.

          Ojala me equivoque.

© Michael S. Castleton-Bridger

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