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Aquellas telenovelas que «enseñan a vivir»…
por Fernando Pintos
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Érase (al igual que en los cuentos infantiles), algunos años atrás, un anuncio de página entera, que varias veces había sido publicado en periódicos diarios de la Ciudad de Guatemala. Televisiete —canal que con irrefrenable orgullo se autoproclamaba, por entonces, como ¡lo mejor en teleseries!— se encontraba promoviendo, a tambor batiente, «Morena clara», y el resto de aquel texto de rabiosa promoción publicitaria carecía de desperdicio. Véase si exagero:
«…Es una novela donde se conjugan la pasión y los sentimientos humanos con la traición, los engaños y la corrupción en la esfera de la alta política. Es la historia de Clara Rosa, fruto de una pasión (tan) turbulenta como la trama que se ha de desarrollar».
¡Cuán estimulante y enternecedora sucesión de valores! Resultaba, entonces, que pasión y sentimientos humanos (los cuales, como es de todos bien sabido, no siempre acostumbran transitar del brazo por los bulevares de la vida) se conjugaban, se entrelazaban y se unían profundamente —en una palabra— con la traición, los engaños y la corrupción política… Y todo ello, convenientemente revuelto en una especie de paella informe conformada por aquella trama turbulenta. Si alguien pudiera todavía asombrarse por la decadencia moral, la violencia y el desenfreno que afligen al mundo hoy en día, tan sólo bastaría con este colorido botón de muestra para proporcionarle más explicaciones de las que, con letra microscópica, cabrían en un libro tan grande como la guía telefónica de la ciudad de Nueva York. Ahora bien: si resultaba que aquello era parte de «lo mejor en teleseries», ¿cómo serían, entonces, las peores?
Pero, por supuesto: no habría razón para cargar las tintas por entero sobre un canal de la televisión abierta que, después de todo, respondía —tal como buenamente sabía o podía—, de la misma manera que todavía lo sigue haciendo, a las «expectativas» o «necesidades» de un mercado enfermo no sólo de consumismo desenfrenado. La culpa, debidamente compartida, alcanzaría a casi todos los ámbitos de aquélla, al igual que de cualquier otra sociedad latinoamericana. Amas de casa que son irrefrenablemente adictas al asco. Padres de familia que no se preocupan tan siquiera un comino por cuanto pudieran ver sus hijos en la pantalla chica. Niñas y adolescentes que piensan (y, para peor, también lo dicen a voz en cuello y actúan en consecuencia) que «las telenovelas enseñan a vivir». Curas pervertidos, que pueden ser muy duchos en corromper menores —y que alzan el alarido histericoide cada vez que en uno de estos países se pretende intentar una tímida política de planificación familiar—, pero que guardan un silencio cómplice y culposo frente a las abominaciones que transmiten los medios más generosamente mercadeados de la comunicación masiva. Generosa publicidad, que se derrama a raudales desde la pantalla para apoyar estos bodrios inmundos con todo su peso. Y toda una constelación de figuras prominentes que nada dicen —es decir, que callan muy convenientemente— ante la difusión de tamañas monstruosidades. ¿En qué momento, a algún «ciudadano probo y decente», o a alguno de esos chupasantos del Opus Dei se le ocurrió, siquiera, protestar por tener al retorcido Juan Luis Guerra aullando, por radio, durante las 24 horas del día, «…¡quisiera meter la nariz en tu pecera»?)… ¡Qué tremendo contraste con los alaridos lancinantes de una Inquisición rediviva, toda vez que se quiso exhibir «La última tentación de Cristo», aquella obra del séptimo arte que dirigió Martin Scorsese! ¿Qué político o gobernante ha dicho nada sobre ese cúmulo de aberraciones? ¡Ninguno, por supuesto! Por ahí siguen, todos ellos, bien calladitos (¿pensarán que en boca cerrada no entran moscas?), silbando bajito y mirando para cualquier otro lado, como quién no quiere la cosa. ¡Y que la corrupción continúe! ¡Y que la mugre se siga difundiendo! ¡Bonita partida de fariseos e iscariotes!
Ahora bien, para finalizar este breve artículo, haré una simple pregunta retórica: ¿estarán todos locos o por casualidad los habrá mordido algún coyote rabioso?
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