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Mejor dejá
por Germán Queirolo Tarino
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Elena sin dejar de tejer, miró por el rabillo del ojo a Eusebio que sentado en el otro extremo del sofá, parecía estar particularmente abstraído con un aire de ensoñación que se le había adueñado de los ojos como la neblina de un espejo de agua una mañana de otoño.
Ni con la mayor buena voluntad habría tildado ella como de introspectivo el carácter habitual de su marido. Por el contrario, era una persona impulsiva y hasta si se quiere, un tanto irreflexiva en sus quehaceres. Tan poco dado a la meditación como a la inmovilidad, verlo así, sentado con aire de quien está a un tris de realizar una revelación trascendente o concluir un definitivo descubrimiento, la llenaba de una inquietud incómoda como una piedra en el zapato.
A punto estuvo de preguntarle que le pasaba, pero prefirió esperar. Con sabiduría intuyó que lo averiguaría pronto de una manera u otra.
Prefirió concentrarse en el programa de concursos que estaban mirando en la televisión y dedicar la periferia de su atención al tejido de un pelele para su nieto, nonato aún, pero en firme trayectoria de descenso.
No necesitó desviar un ápice la vista de la pantalla para percatarse de que él la estaba mirando. Sin saber porque, un escalofrío breve como un chispazo, le serpenteó por la espalda y ella lo disimuló echando los hombros hacia atrás como quien reacomoda los huesos tras una prolongada quietud. La intensidad de la mirada de su esposo parecía picarle en la mejilla derecha.
Giró la cabeza hacia él y levantó las cejas en un ademán interrogativo que a su marido siempre le había resultado entrañable. Esperó verle sonreír pero el rostro de Eusebio estaba profundamente serio.
-Vieja- Preguntó -¿Querés que te diga la verdad?-
Ella, sin dejar aún de entrechocar las agujas preguntó a su vez.
-¿Qué verdad? ¿De qué me estás hablando?-
-Toda la verdad, como en los juicios, “toda la verdad y nada más que la verdad.”
-Pero ¿La verdad sobre qué Viejo? Me estás poniendo nerviosa con tanto preámbulo.-
-La verdad sobre todo.- Explicó él pacientemente como si estuviera dirigiéndose a un niño de pocos años que necesitara una especial vocalización de las palabras para comprender las cosas más sencillas. –La verdad sobre todo.- repitió, ahora con menos entusiasmo como si caminara a ciegas sobre la cuerda del desencanto.
-¿Sobre todo, todo?-
-Sobre todo todo, vos preguntá lo que quieras y yo te contestaré con la Verdad y nada más que la Verdad. Te lo juro.-
-¿Y ahora porqué ese arranque? ¿Qué bicho te picó?-
-Es que me puse a pensar que durante tantos años de matrimonio se acumulan decenas de mentiras, tal vez centenares y que después de tanto aguantarme, tenés derecho a que ¿cómo decirlo? A que me desnude, a que desnude mi alma y podamos seguir delante de una manera más limpia, no se, sobre mejores bases. Uno primero para conquistar a la mujer que quiere, y luego para retenerla, algunas veces miente, en otras decora un poquito la verdad, en otras sencillamente oculta. Pero ahora mientras te miraba tejer, caí en cuenta de que después de treinta años, no tenemos necesidad de camuflaje, es más, me parece totalmente absurdo el camuflaje. Además en el fondo estoy seguro de que muchas de mis mentiras te resultaron trasparentes y eso también me jode. Me hace sentir como un pelotudo. Por eso te insisto. ¿Querés toda la verdad? Preguntá lo que sea y te contestaré.-
Ella lo miró y no había dejos de duda en su mirada; fue extraña, a la vez condescendiente y dura. Una mirada de mujer satisfecha en la comprobación del desengaño.
-Mejor dejá.- le dijo con firmeza.
Se levantó como desperezándose mientras dejaba a un lado el tejido y los rencores, almacenados durante tantos años en el cajoncito más incómodo del corazón donde se guardan la cosas que se suelen dejar para después.
– Voy a aprovechar la tanda para hacerte un tecito.-
Se encaminó hacia la cocina y apenas traspuesta la puerta de ésta, Eusebio vio sacudir la cabeza de un lado a otro en un gesto de negación inconfundible. Cuando ya salía de su campo visual oculta tras la pared limítrofe cargada de retratos y recuerdos, la escuchó murmurar como para si misma:
“Ni que tuviera poco en que pensar…”
© Germán Queirolo Tarino para Informe Uruguay
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