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No preguntes lo que tu país te puede dar, sino lo que tú puedes darle a él.
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Año V Nro. 387 - Uruguay, 23 de abril del 2010 |
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Supimos tener un perro, un caniche negro gigante, un día pasó por el frente de nuestra casa en San Luís, miró para adentro, vio a mi madre y simplemente se enamoró de ella.
Hubo allí un “intercambio de opiniones”, porque el perro no se quería ir, y el dueño se lo quería llevar, al fin negociaron y el “Negro”, pudo lograr quedarse con su bienamada y elegida, ama. Varios años nos acompañó, todos habíamos aprendido a quererlo, pues era dulce y manso, a pesar de su gran tamaño, se comportaba como un perro faldero. Pero lo teníamos claro, el nos quería a todos, pero su adoración, era mi madre. En esas épocas ella tenía que viajar seguido a Buenos Aires a ver a su tía, hermana de mi abuela, y en esas ocasiones, el se echaba a esperarla atrás de la puerta. Le acercábamos hasta allí su comida, que apenas probaba, y agua, únicamente se movía cuando abríamos la puerta para que fuera a hacer sus necesidades. Volvía y allí quedaba, como alma en pena, hasta que mamá regresaba. Entonces sí, recuperaba su alegría y andaba pegado a sus polleras, si bien siempre se hacía un huequito para hacernos mimos a todos. Lamentablemente una noche, en que había salido a la calle a hacer sus necesidades, un coche insólitamente, pasó a toda velocidad por aquella calle empedrada todavía, donde no solía haber demasiado tráfico y menos a la noche, y lo llevó por delante. El pobrecito se arrastró desde donde había caído hasta los pies de mi madre, donde cayó muerto.
Fue una gran tragedia familiar, a la que se sumó todo el barrio, incluso mi hermana y mi cuñado que recién se habían ido para su casa en la moto, volvieron en cuanto los llamamos para contarles. Habíamos estado todos reunidos, ultimando los detalles de la fiesta del día siguiente, pues se comprometía mi otra hermana. A pesar de la fiesta a la noche, esa mañana mis padres fueron hasta San Luís a darle sepultura, como correspondía. Ante las lágrimas de las hijas de la familia, comenzaron a llovernos las mascotas: la señora que ayudaba a mi madre me trajo de regalo un pez y un pollito. Un señor que pasó en el momento en que aun estábamos en la puerta, al día siguiente me trajo una perrita Manchita se llamaba, la pobre nunca me dio mucho corte confieso. Era sumamente chiquita, al punto que mi padre la ponía en un bolsillo de su saco, al tiempo descubrimos que sufría raquitismo, y tratamiento veterinario mediante, logramos sacarla adelante. La que jugaba conmigo era la pollita, cuando creció y no podía ya estar en una caja, marchó para la azotea, yo la llamaba de abajo “Popó”, y ella me contestaba alegre “corococó”; subía y jugaba con ella corriendo por la azotea, nos sentábamos en un murito y apoyaba su cabecita en mis piernas. Pero el que se lució con los regalos de mascotas, fue mi, en ese momento, futuro cuñado. Ante el dolor de su entonces novia, primero le trajo una perra, que como tenía ojos verdes, la bautizaron Greta. Pero supongo que pensó demasiado grande el dolor de su novia, pues a los pocos días llegó con un palomo macho, que había quedado huérfano, le pusieron San Filipo, en honor a un jugador de fútbol de la época. Poca vida tuvo el pobre palomo, a pesar de los cuidados de mi hermana, lo encontramos muerto en su cajita unas mañanas después. Nueva pena para la novia recién comprometida, por lo que llegó a casa, por la misma vía, esta vez una paloma. Esta si vivió mucho tiempo con nosotros, creció y volaba, se iba y venía. Se había acostumbrado tanto a nosotros, que de pronto aparecía en un ataque de cariño, y nos pescaba desprevenidos, aterrizando en nuestras cabezas. Pero era tan tierna, que se ganó nuestro amor, ella se iba a pasear de día, jugaba un rato con la gallina, y luego sea a volar con sus congéneres, pero al caer la tarde siempre volvía a casa, es más antes de cerrar la puerta que daba a la azotea, verificábamos que hubiese vuelto. Se nos apoyaba en el hombre, hundía su cabecita en nuestro cuello y gorjeaba con ese ruido peculiar que ellas hacen, apretándose suavemente. Incluso con las perras se llevaba bien, y no era difícil verla durmiendo en el lomo de una de ellas.
Como les decía mi hermana se había comprometido y se acercaba la fecha del casamiento. Ante esta situación, la abuela de su novio, que vivía en una ciudad del interior de donde eran oriundos, viajó a Montevideo, expresamente para conocer a su futura nieta política, y obviamente a su familia, o sea a nosotros. Así el viejo comedor, que solía permanecer cerrado, y únicamente se abría en ocasiones especiales, fue puesto a punto. Mi madre sacó el juego de porcelana, y preparó un té completo, para recibirla. Todo estaba elegante para agasajarla, y yo había recibido la orden expresa de intentar comportarme como una señorita, debo reconocer que a mis diez años era bastante india, pero hice mi mayor esfuerzo para que me admitieran en la mesa con “los mayores”, porque quería conocer a la abuela de mi cuñado. Era una bellísima señora, de las de antes, con cabellos blancos, muy fina y educada. Estaban en lo mejor de la conversación, todos educados y pomposos, cuando Ite (¿les conté que así se llamaba la paloma?), decidió que ella también quería ser parte de la reunión y regresó a casa. Después de todo, ella era parte fundamental del futuro matrimonio. Estaba la puerta abierta del comedor, y ella entró muy oronda y se plantificó en el mullido cabello blanco de la abuelita de mi cuñado. Debo decir que la señora, si bien quedó bastante estupefacta ante la situación, no perdió la compostura, pero la que se ganó los honores fue mi vieja, muy seria la miró y le dijo: ¡“Le presento a Ite, es un obsequio de su nieto”! © Helena Arce para Informe Uruguay Compartir este artículo en Facebook
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