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Año V Nro. 305 - Uruguay,  26 de setiembre del 2008   
 

Visión Marítima

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La culpa fue del cha, cha, cha:
rindamos tributo a Keynes incendiando Wall Street

por Federico Quevedo

 
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         Lo más divertido de todo lo que está pasando estos días con la crisis es ver a los progres de salón, a los pijos de izquierdas y visa oro que han hecho sus fortunas gracias a la que ellos llaman política ‘neocon’ de Aznar y a costa del esfuerzo de los contribuyentes, batir palmas y brindar por la muerte del capitalismo moderno enterrado en los cimientos de un banco con nombre de cuarteto de Nueva Orleans –la Lehman Brothers Blues Band- y otros que bien podrían ser una banda de heavy metal –BS/NR (Bearn Stearns & Northen Rock-, o un grupo country salido de los campos de algodón de Minnesota –The Freddie Mac & Fannie Mae Bluegrass Band-. Chistes aparte, lo cierto es que esta crisis está demostrando algo que ya sabíamos: que incluso entre los supuestos defensores de la libertad hay enemigos acérrimos de la misma, aunque quizás ellos lo desconocían. Si Karl Marx levantara la cabeza, hoy vería atónito como dos de los que él hubiera considerado sus enemigos, un tal Paulson y otro tal Bernanke, le están haciendo el trabajo sucio a sus herederos en la derrota del capitalismo. Y es que, a la vista de lo que está pasando, y de lo que ha pasado hasta el momento, se podían haber tomado dos caminos bien distintos: uno, ampliar los márgenes de libertad. Otro, estrecharlos. Se ha optado, equivocadamente, por lo segundo, para regocijo de los enemigos de la libertad, entre ellos nuestro presidente Rodríguez que da botes de alegría en su despacho de La Moncloa mientras se burla con infantiles pedorretas de una foto de Aznar en Las Azores junto a Bush y Blair, agujereada por los dardos. Lo malo es que a la par que Rodríguez, también Al Qaeda tiene que estar celebrándolo: lo que no consigueron ellos con dos aviones y más de 3.000 muertos aquel 11 de septiembre de 2001, lo ha conseguido el mismísimo Bush con una crisis: acabar con el liberalismo, es decir, con la idea de que la libertad –en cualquiera de sus manifestaciones- es el bien supremo al que debe aspirar cualquier ser humano.

         Verán. Existe la creencia, bastante generalizada, de que Estados Unidos es la panacea del capitalismo salvaje, de la más absoluta libertad económica. Nada más lejos de la realidad, entre otras cosas porque se compara erróneamente capitalismo con liberalismo, y los hechos han demostrado que el capitalismo también puede ser un enemigo de la libertad tan peligroso como el marxismo cuando su único fin es el del máximo lucro sin importar el cómo, y se acaba aceptando la regulación y el intervencionismo con tal de obtener los mayores beneficios. Lo cierto es que los sectores económicos americanos están sometidos a mecanismos de control y de regulación muy similares a los europeos y, quizás, lo único que nos diferencia es que nuestro Estado de Bienestar tiene una mayor cobertura. Lo cierto, señoras y señores míos, es que durante todos estos años atrás la Reserva Federal Norteamericana, la FED, el supuesto ‘altar mayor’ del capitalismo, ha estado actuando en el mercado como un agente doble, es decir, aparentemente como un defensor del libre mercado y, al mismo tiempo, interviniendo en él con una política monetaria expansiva a través de la cual ha pretendido –y ha conseguido hasta que se la ido de las manos- controlar los flujos de liquidez. Una política para la que ha contado con la inestimable colaboración de otro ‘agente doble’ al otro lado del Atlántico, el BCE.

         Pero la izquierda enseguida cae en la tentación de afirmar que estas situaciones de crisis son producto de un exceso de libertad y que, por lo tanto, lo que hay que hacer es introducir factores que la reduzcan, que la mermen, que la encierren bajo siete llaves en la cárcel de lo políticamente correcto. Seguramente eso es lo que propondría John Maynard Keynes, a quien ahora los progresistas recurren como si fuera el Oráculo de Delfos y esgrimen sus escritos como si se tratara de los Libros Sibilinos contra el ultraliberalismo. Pero lo cierto es que es, precisamente, el keynesianismo del siglo XX el que ahora ha puesto en jaque a la economía mundial. Las restricciones al mercado y a su libertad están teniendo estas consecuencias, los excesos del gasto público han ahogado a las economías pero los estados recurren al sector público para poner muletas a empresas en crisis dejando que el enfermo retarde aun más su agonía y obligando a los contribuyentes a asumir unos riesgos innecesarios y sumamente peligrosos, teniendo en cuenta que los préstamos se realizan a empresas al borde de la quiebra a cambio de activos de dudoso cobro y con riesgo de default. Es evidente que no estamos aprendiendo la lección y que, en vista de eso, se están adoptando las decisiones más equivocadas posibles: políticas fiscales y monetarias expansivas para incrementar la demanda agregada, en lugar de fomentar el ahorro a través de la rebaja de impuestos y el ajuste del gasto.

         El problema es que eso ha sido, precisamente, lo que ha conducido a esta situación cuando los propios bancos centrales han propiciado que las entidades financieras se endeudaran a corto para invertir a largo sobre la base, no del ahorro, sino de la ficción de unos bajos tipos de interés producto de la intervención monetaria. Gracias a ello, las familias han consumido muy por encima de sus posibilidades alentadas por una estrategia bancaria –también en España- tendente a captar cuanto más pasivo mejor, sin tener en cuenta el riesgo de impagados que las agencias no incluían en sus ratings. Por eso, la única manera de suavizar –que no de evitar- la intensidad de esta crisis es recortar el gasto público y rebajar los impuestos a las familias, de forma que se favorezca su capacidad de ahorro lo que introduciría el único elemento de toda esta crisis que todavía brilla por su ausencia: confianza. Lo que ha fallado no es el mercado y sus leyes, sino la herencia keynesiana que todavía permanecía en el subconsciente colectivo de una sociedad supuestamente libre, y que la ha llevado a creer que “la sociedad podía incrementar simultáneamente su consumo y su inversión, que los fondos del mercado monetario podían emplearse en los mercados de capitales, que el endeudamiento podía amortizarse con más endeudamiento y que los gobiernos podían gastar sin límites monetizando deuda”, como puede leerse en el último informe del Instituto Juan de Mariana.

         Dicen algunos historiadores que la crisis del 29 fue el final del siglo XIX. Es probable que esta crisis sea el final del siglo XX y del mundo tal y como lo conocemos hasta ahora. Es evidente que esta crisis ha puesto sobre la mesa los errores de estos años  y las malas prácticas de las políticas monetaristas e intervencionistas, y que en adelante debemos abogar por una reforma profunda del sistema fianciero en toda su extensión, y por una plena liberalización de la economía como única alternativa. Lo único que se le ha ocurrido a Rodríguez es echarle la culpa a Aznar, a Bush e, incluso, a Reagan. Rodríguez no recuerda que el recibio en herencia la mejor situación económica que ningún otro gobierno haya heredado nunca, y se remite a Reagan que fue, precisamente, quien dio los primeros pasos de la liberalización económica con un éxito que no ha vuelto a repetirse, y que ese mismo camino fue el que inició Aznar logrando lo que se dio en llamar el ‘milagro económico’ español. Esos no han sido los pasos que ha seguido después la administración norteamericana, no en la era Clinton, ni en la era Bush. Pero tampoco la culpa la tienen los ‘neocons’ sobre los que ahora la izquierda descarga toda su artillería de descalificaciones, pues entre los más insignes pensadores de ese movimiento se encuentra liberales de pro –seguidores de Friedman- que se han opuesto reiteradamente a la política intervencionista de Bush, que solo ha seguido los consejos de este grupo en lo que a la estrategia militar y de extensión de la democracia se refiere, y no de todos pues muchos de ellos han discrepado abiertamente de las azañas de Bush en Iraq. Lo fácil, por tanto, es buscar a quien echar la culpa fuera de nuestras fronteras, pero lo cierto es que la verdadera responsabilidad de esta crisis la tiene, precisamente, el pensamiento único socialdemócrata por el que suspiran Rodríguez y los caudillos populistas de escasa catadura moral e ideológica como Chávez, que hoy proponen el incendio del capitalismo y su entierro bajo los escombros de Wall Street. Pero su supuesta victoria será, a la larga, la más triste de la derrotas. Y lo será para todos.

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Fuente: El Confidencial
 
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