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Año V Nro. 314 - Uruguay, 28 de noviembre del 2008   
 

 
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Sobre la educación y la libertad
por Ricardo Ayestarán Fajardo

 
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“El reino de los estereotipos es el reino de la estupidez. La estupidez es ausencia de juicio, pero ausencia activa, conquistadora, preponderante. Procede por persuasión: no hay nada que juzgar. La estupidez no responde ni interroga, instaura el reino de los estereotipos y de los tópicos. La estupidez es definición, ordenación de ideas en significados fijos. A riesgo de convertir nuestros programas educativos en una suerte de libro de cabecera del idiota de Flaubert convendría hacer como Descartes, aplicar la duda radical a todos nuestros conocimientos, intentar refutarlos, ejercer la sospecha sobre lo establecido de una vez y para siempre”. (Jaime Barylko)

         El mundo está enfermo de incertidumbres y de nihilismo como consecuencia del fracaso de la decadencia de algunos dogmatismos y paradojalmente del renacimiento de otros.

         En este contexto uno se plantea para que estamos educando a las nuevas generaciones. Porque aún en los países más democráticos y de mayor capacidad pedagógica asistimos a algunos fenómenos que nos indican que no todo esta tan bien como debería. Es que los resultados de los modernos sistemas educativos, ajustados a los mayores adelantos teóricos en pedagogía moderna e inspirados en una impecable ética democrática, está produciendo educandos que cuando salen a la calle no se comportan como personas reflexivas, críticas y librepensadores.

         Esto sin considerar la existencia de millones de seres humanos que no tienen acceso a una educación básica y que otro tanto, quizá mayor, que vive bajo la férula de fanáticos políticos o religiosos quienes sistemáticamente tratan sustituir el fundamento educativo, que es la búsqueda de la verdad en libertad, por la deyección de ideologías y dogmas en el alma y la mente de los educandos. Anclando peligrosamente en sus cabecitas maniqueísmos intolerantes que invariablemente tendrán como producto final el odio hacia todos los diferentes por razones, políticas, étnicas, religiosas o de nacionalidad.

         Es por esto que el tema de la educación es ante todo un tema esencialmente político.

         Y por esa poderosa razón ningún estamento de una sociedad democrática, puede estar ajeno a la forma que los docentes están educando a nuestros hijos. En consecuencia es inadmisible pretender hacer una reforma educativa en la cuál, bajo el pretexto de que se trata de un problema técnico, la definición de los valores conceptuales y básicos que servirán a nuestros niños para juzgar la realidad y gobernar la sociedad del mañana, quede en manos no ya de los docentes -que no sería bueno-, sino de aquellos que integran el sindicato de los docentes, lo que es absolutamente absurdo e injustificable.

         Ningún gobierno democrático puede ser ajeno a la conducción de la enseñanza primaria y secundaria.

         Porque el gobierno republicano, plural, representativo y democrático es la más legítima expresión de la voluntad popular de una nación, y como tal siempre deberá responder ante el soberano por sus errores y sus aciertos en todos los campos, incluido el de la enseñanza. Ya sabemos como los gobiernos autoritarios, las dictaduras de cualquier pelo, de derecha o de izquierda, religiosas o ateas, hacen uso y abuso de su voluntad omnímoda en este terreno y nunca, en ningún caso, respetan principios esenciales como la laicidad, el pluralismo y la tolerancia política y religiosa.

         Porque las dictaduras adoctrinan y nunca educan.
 
         Ernesto Sábato escribió que un sistema educativo es el resultado de una concepción del hombre, de los valores y presupuestos que una sociedad tiene acerca de su realidad y su destino y que, de una manera u otra, definen una manera de vivir y de morir, una actitud ante la felicidad y el infortunio. Presupuestos que indican qué es lo que se quiere de un pueblo y con qué fines hay que educarlos: si para lograr guerreros o humanistas, si para producir verdugos o seres respetuosos de sus semejantes.

         Por lo tanto, sólo por esto, ya sería un error aceptar la tesis de que una reforma del sistema educativo es un asunto exclusivamente técnico, pero desde Gramsci para acá, la educación se ha transformado en un campo de batalla ideológico, y no tener en cuenta este detalle puede ser funesto para el futuro de nuestros hijos, el destino de la república y de la democracia como forma de vida.  

         Antonio Gramsci fue un inteligente marxista italiano, que se dio cuenta que era un error concebir al marxismo como un mero tema económico y de lucha de clases, y logró demostrar a sus correligionarios el valor de la manipulación y la utilización de la educación popular de los niños y los jóvenes, así como también de los ámbitos culturales e intelectuales, como instrumentos proselitistas de penetración, captación y difusión ideológica del marxismo leninismo.

         Hay que ser muy ingenuo para creer que una reforma que trata de poner la conducción de la educación de los niños y los jóvenes uruguayos en manos de una corporación sindical completamente escorada a babor, es una conclusión aséptica de un proceso racional, técnico o administrativo. Especialmente cuando quienes impulsan dicha reforma comulgan ideológicamente en el mismo pesebre que Gramsci.

         Y es por eso que, como dijo el senador Larrañaga en su discurso del 1º de noviembre, me niego a aceptar mansamente que un sindicato, en ancas de una supuesta autonomía política que es una farsa, un grupo de personas que no representan a nada ni a nadie en términos de nación, que la inmensa mayoría de los uruguayos ignoramos quienes son, que tampoco los hemos elegido para absolutamente nada; definan con total discrecionalidad e impunidad, los valores y presupuestos éticos, morales, cívicos y políticos que habrán de dar forma a los pilares fundamentales de la educación de nuestros hijos,

         No soy especialista en educación sino en salud, pero me considero un lector empedernido y un observador privilegiado de la aventura ética, intelectual y material del hombre en este pálido punto celeste perdido en el profundo universo, al decir de Carl Sagan. Tal vez no sepa mucho de pedagogía y de muchas otras cosas, pero ciertamente he aprendido en los libros de historia y en los caminos de la vida, que los que se creen dueños de la verdad absoluta, en todos los lugares y en todos los tiempos, siempre quieren uniformizar voluntades, aherrojar albedríos, homogeneizar pensamientos y sistemáticamente acaban conculcando libertades.

         Por eso me preocupa el tema, porque me angustia en que clase de sociedad deberán vivir mis hijos, porque me alarma el destino democrático de la patria y, sobre todo, porque me intranquiliza la suerte de los más pequeños. Porque no tenemos derecho, por acción u omisión, a legarles un mundo orweliano, una sociedad cerrada, un universo controlado por un gran hermano que les prive del derecho básico de aprender a pensar sin cortapisas, para poder ser capaces de opinar, y sobre todo, ser capaces de disentir libremente, como tradicionalmente hemos hecho los uruguayos desde José Pedro Varela en adelante.

         Y mal que les pese a muchos, durante más de un siglo los gobiernos de los partidos fundacionales preservaron y cuidaron esa hermosa tradición tan uruguaya de ser laicos, gratuitos y obligatorios, que ha sido por décadas parte indisoluble del ser nacional y que no estamos dispuestos a que algunos aprendices de brujos por torpeza o dogmatismo, permitan que un sindicato radicalizado nos despoje de ella, sin dar la pelea dialéctica, ideológica y política que haga falta y en el terreno que sea necesario.

         Y estamos seguros que si llega el momento de dar esa batalla, no vamos a estar solos.

Montevideo, noviembre de 2008

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