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Boxeadores con mandíbula de cristal
por Fernando Pintos
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En alguna ocasión anterior me he referido al tema del machismo y creo haber señalado, con cierto impertinente retintín, su generosa y sostenida promoción por parte de las mismas mujeres. Es lógico que el tema haya levantado algunas ampollas (como cierta vez que me atreví a escribir, en mi propio blog, que si bien me importaba y mucho el día de la madre, el del padre me tenía sin el menor cuidado… ¡Vieran el lío el que se armó!), y lo siento de veras. Pero dar cualquier otro enfoque al asunto sería como la absurda pretensión de tapar no ya el mismo sol, sino hasta la galaxia entera con un mísero y trémulo dedo. (Y que no venga ahora uno de aquellos «bienintencionados» de siempre para insinuar, con el característico énfasis histericoide, que me he puesto a escribir insinuaciones obscenas).
Y también en anteriores ocasiones, me he referido a la crianza y la educación como factores fundamentales para desencadenar todas esas pandemias de machismo malentendido que cabalgan a estas alturas por el mundo como un desenfrenado jinete adicional del Apocalipsis. Por ahí, alguno de aquellos —como se imaginarán, vuelvo a referirme a los «bienintencionados» que nunca faltan y antes bien sobran— se mesará los coquetos cabellos y ululará en el nombre de las sagradas tradiciones, una de las cuales habrá de ser, tanto en Uruguay como en el resto de la maltratada geografía latinoamericana, el machismo que aparenta ser a ultranza pero que, en realidad, no alcanza a serlo ni en versión liliputiense. Incluso pudiera ser que no faltaran hasta las iracundias de algún fundamentalista del machismo que pudiese llegar a tildarme desde cretino hasta maricón. Y lo primero puedo aceptarlo con las debidas reservas (no soy un cretino full time, como sucede con la mayoría de la humanidad, sino apenas uno de part time), mas de ninguna manera aceptaré lo último.
En cualquier caso he de recordar, a todos quienes quieran leerme, que ser criado desde chiquito como una especie de divinidad intocable que a muy duras penas puede estacionar sus partes pudendas en un inodoro sin la imperiosa necesidad de recurrir al auxilio, invariablemente femenino, no contribuye a forjar hombres de carácter, con la suficiente entereza como para encajar todos los golpes de la vida sin tener que recurrir, como paliativo contra los mismos, al exceso del alcohol, el consumo de la droga o una autocompasión enfermiza y enfermante. Creo que ese tipo de crianza permisiva al que me he referido (¡pobrecito, el niñito!) apenas sirve para algo más que engendrar personajes autoritarios más o menos reprimidos; una progenie forjada con individuos que aparentan sentirse muy seguros de sí mismos… ¡apenas en la epidermis!, mas de ninguna manera en el fondo. Y también contribuye generando muchos otros especímenes que podrían oscilar, en forma por demás funambulesca, desde el santurrón por antonomasia hasta el bellaco por excelencia, pasando por lo neurótico, lo psicótico y lo esquizoide. Aunque todo ello habrá de resultar, o más bueno o más malo, siempre de acuerdo con la calidad de la arcilla humana que se trabaje.
Pero esta perra vida, sobre todo en la alegre época presente de Globalización y Posmodernidad, exige la preparación de pesos pesados, tanto en carácter como en espíritu. Para afrontar estos tiempos de inestabilidad, inseguridad y locura, se necesitan individuos que resulten impermeables al desaliento, inaccesibles al derrotismo o la depresión, inmunes frente al castigo más duro y con el alma lo suficientemente templada como para vivir una existencia regida mucho más por valores y principios que por meros fines. Me refiero a lo siguiente: en este momento la vida es dura para todo el mundo en cualquier parcela del globo, pero, con cada día que transcurra, habrá de tornarse en algo todavía peor. Como consecuencia de ello, en este cuadrilátero habrá cada vez menos lugar para los boxeadores con mandíbula de cristal. Que conste.
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