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Año V Nro. 350 - Uruguay, 07 de agosto del 2009   
 
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Visión Marítima

 

Involuciones en las
democracias parlamentarias

por Angel Fernández

 
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         Hoy en día, el recuerdo de la permisividad de las democracias occidentales con respecto a la Alemania nazi sigue estando de actualidad ante las actitudes tibias, irresponsables e hipócritas que presentan muchos dirigentes democráticos frente a las dictaduras de los tiranos de Irán, Cuba o Corea del Norte. Pero también es significativo recordar cómo alcanzó el poder Adolf Hitler y cómo planificó la expansión de la ideología nacionalsocialista por Europa, ya que su metodología subversiva está siendo empleada por el populista Hugo Chávez en Venezuela para perpetuarse en el poder y extender el socialismo en los países bajo su influencia totalitaria.

         Y es que la Alemania nazi quizás sea el ejemplo más claro de cómo una ideología totalitaria logra alcanzar el poder utilizando las fisuras legales que le proporciona una democracia parlamentaria con un Estado de Derecho deficientemente desarrollado.

         Adolf Hitler fue elegido Führer del Partido Nacionalsocialista Alemán del Trabajo (NSDAP) en el año 1921 y el radicalismo de la ideología nazi se reflejaba en sus discursos demagógicos, en su estrategia de desacreditación de la moral judeocristiana para imponer su escala de valores nihilista y contraria al arraigo de la sociedad civilizada, en el adoctrinamiento de la juventud y, en una organización paramilitar (camisas pardas) que aterrorizaba a sus enemigos políticos y a la población contraria al movimiento nacional-socialista. Ante la inacción del sistema judicial y del Gobierno democrático, tan sólo dos años más tarde Hitler lideró un intento de golpe de Estado fallido denominado el Putsch de la Cervecería. Fue sentenciado a cuatro años de cárcel, pero permaneció sólo ocho meses en su celda ya que fue indultado por la falta de perspectiva y la debilidad de los políticos demócratas de la época, que no afrontaron con coraje, inteligencia y firmeza el desafío de un movimiento totalitario.

         A pesar del constante amedrentamiento de las instituciones y de su intentona golpista, pudieron seguir erosionando el sistema y se presentaron a las sucesivas elecciones democráticas. Con la profunda crisis económica de 1929, la demagogia y la propaganda del partido nazi prendieron en una mayoría del pueblo alemán con promesas de pleno empleo, riqueza y poder para Alemania que permitieron al partido mejorar sus resultados electorales e incrementar su presencia en el Reichstag. En el año 1933, ganaron las elecciones y, con Adolf Hitler ya instalado en el poder, se impusieron continuos cambios legislativos que permitieron transferir el control del poder judicial al partido nazi, reemplazar los sindicatos por el Frente de Trabajo nazi, cerrar los medios de comunicación opuestos al régimen y, finalmente, prohibir otras formaciones políticas.

         Se comenzó a planificar centralmente la economía y se orientó la producción hacia la industria militar para constituir un poderoso ejército. El inicio de la Segunda Guerra Mundial en el año 1939 fue el desenlace previsible a la falta de respuesta de las democracias parlamentarias ante la involución sociocultural que se producía en Alemania. Sin duda, las democracias occidentales debieron haber estado más vigilantes ante esa ideología totalitaria y debieron actuar antes en cuanto tuvieron noticia de las serias amenazas sobre las instituciones morales que permiten la sociedad civilizada como el respeto por la vida, la libertad, la igualdad ante la ley y las propiedades de los judíos, de los gitanos, de los opositores políticos o de los ciudadanos de las naciones que fueron invadidas por el ejército nazi.

         El ejemplo de Alemania pone de manifiesto cómo las fisuras democráticas, la debilidad de los sistemas judiciales y la ineficiente dispersión pluralista del poder permiten que los demagogos populistas se aprovechen de los resquicios legales para subvertir el orden constitucional e imponer una dictadura por medio de legislación liberticida.

         Algo similar ha sucedido en Venezuela. Hugo Chávez también protagonizó un golpe de Estado fallido en el año 1992, por el que fue procesado y permaneció encarcelado durante dos años pero, inexplicablemente, fue indultado por el presidente Rafael Caldera, quien actuó de modo irresponsable, de espaldas a la historia, ignorando la dimensión del desafío totalitario que debía combatir.

         Sin quedar incapacitado para el ejercicio de cargos públicos y sin cumplir una condena ejemplar, el golpista Chávez pudo presentarse a las elecciones y en el año 1999 llegó al poder. Desde entonces, Venezuela asiste a la paulatina destrucción de su democracia. El precio del barril de crudo, por encima de 40 dólares, permite apuntalar a los dirigentes socialistas bolivarianos en Venezuela y a las compañías y grupos sociales que medran del Estado y, desgraciadamente, también extiende la financiación del narcoterrorismo y de la revolución bolivariana por Centroamérica y Sudamérica.

         Los petrodólares y el discurso bolivariano están incendiando el continente con subvenciones a partidos políticos que promueven el odio de clases y la demagogia populista para alcanzar el poder. Su objetivo final es formar una unión socialista panamericana denominada Alternativa Bolivariana (ALBA) desarrollada en torno a la República Bolivariana de Venezuela como centro neurálgico.

         Casualmente, al modo paramilitar nazi, existen organizaciones de base denominadas círculos bolivarianos que se dedican a la propaganda, que controlan a los ciudadanos en la empresa, el pueblo, el barrio o la ciudad, que ayudan a amañar los procesos electorales y que, desde luego, contribuyen al amedrentamiento de los opositores al régimen dictatorial en Venezuela.

         Ya vimos el camino de servidumbre por el que transitan las democracias parlamentarias con fisuras normativas y con dirigentes que no afrontan decididamente los desafíos que plantean las organizaciones terroristas y los partidos políticos totalitarios. De hecho, en Venezuela, primero se cerró la cadena de televisión RCTV, para después revocar licencias de 240 emisoras de radio y de 44 televisiones. Se amedrenta se modo sistemático a los editores de los periódicos y ahora incluso se legisla para penalizar la libertad de expresión de modo que "toda persona que divulgue a través de un medio de comunicación social noticias falsas que ocasionen grave alteración a la tranquilidad pública (...) será castigada con una pena de prisión de dos a cuatro años".

         Caracas ahora ya no es ni la sombra de lo que era hace unos años. Coches muy antiguos. Negocios medio arruinados y sin mantenimiento. Hoteles de cuatro estrellas que no llegan a dos. Pobreza y más pobreza, debido al grave intervencionismo revolucionario que aleja el desarrollo al destrozar las libertades, la propiedad privada, el tejido productivo y, en general, la libre interacción entre personas.

         Mientras escribo estas líneas recuerdo la magnífica obra de teatro El Aguila y la Niebla, de Narciso Ibáñez Serrador, en donde se representa la historia de un demente que se cree la reencarnación de Napoleón e intenta constituir los Estados Unidos de Sudamérica. Efectivamente, parece una locura, algo incongruente y absurdo, un tremendo caso clínico de desorden mental pero, lamentablemente, la realidad supera a la ficción. La diferencia es que el megalómano está utilizando la figura de Simón Bolívar para promover la colectivización de una sociedad.

Fuente: Plataforma Constitucional

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