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Año V Nro. 350 - Uruguay, 07 de agosto del 2009   
 
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En esta edición
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Pedro A. Lemos
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De limpiezas, rehenes y leyendas
por Raúl Ronzoni

 
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          Los buenos siempre parecen estar de un lado y los malos del otro. No hay término medio. Esa es la constante cuando algún dirigente político mete la pata, o lo hace algún familiar de un dirigente político, o la metida de pata es de una persona que, aunque no sea dirigente político, haya expresado públicamente su simpatía partidaria por determinada colectividad.
 
          Siempre es así. No importa el partido ni su orientación. Sin embargo, existen algunos matices que necesariamente deben ser observados con atención.  Cuando los malos están del lado de sectores presuntamente progresistas, de quienes sufrieron años de dolor y privaciones y además tienen vinculaciones con el gobierno, el descubrimiento de maniobras corruptas o hacerlas públicas es siempre culpa de los medios de comunicación, de los periodistas, del "eje del mal" integrado por "la derecha reaccionaria" que se opone al desarrollo del país.

            Algo parecido -por su dimensión difícilmente haya mejor ejemplo-  le pasó hace casi 35 años al eximio periodista estadounidense Walter Cronkite, recientemente fallecido, cuando la información que diariamente le daba a los televidentes de la CBS sobre el "caso Watergate se convirtió, por su prestigio como periodista, en un elemento clave que se sumó decisivamente al Washington Post para terminar con la presidencia de Richard Nixon.
 
          Sid Feders, un periodista de la CBS que el 27 de octubre de 1973 asistió en la Casa Blanca a una rueda de prensa convocada por un malhumorado Nixon sobre una crisis en su gabinete, se cruzó con el mandatario antes de la conferencia y éste, a solas y casi mascullando le dijo: "A Cronkite no le gustará lo de esta noche. Eso espero". Así lo informó Feders a la CBS ese mismo dìa en un memorandum que aún se conserva y que debería integrar los cursos de periodismo para que los estudiantes  sepan a qué se exponen si actúan en forma independiente y del otro lado está el poder político.
 
          Pocos minutos después del breve diálogo con Feders, en la conferencia de prensa, Nixon dijo: "En 27 años de vida pública nunca he visto ni oído reportajes tan insultantes, malintencionados y distorsionados (...) Cuando se machaca a la gente noche tras noche, con tal clase de reporterismo frenético e histérico es lógico que se debilite su confianza".
 
          Quince meses después,  8 de agosto de 1974, con la cola entre las piernas y la cabeza baja, Nixon renunció y se fue para su casa.
 
          Cronkite continuó diariamente liderando la audiencia de las 19.30 hasta que se retiró en 1981. Cuando en junio pasado falleció, se lo recordó como un ejemplo de profesionalismo y seriedad.
 
          Algo parecido a lo que le sucedió a Cronkite con Nixon -distancias mediante- es lo que les pasa a los periodistas uruguayos cuando pretenden informar con rigor y seriedad a sus lectores y esa información puede afectar, directa o indirectamente a dirigentes políticos. Sucedió, sucede y  sucederá hasta que los fanáticos de la hiperpartidización compatriota comprendan que la información es nada más que eso: información, y que cuando los periodistas y un medio reivindican su condición de independientes eso son.
 
          Una vez más, el semanario Búsqueda y mi amiga y colega Ana Laura Pérez están en el ojo de la tormenta. Hete aquí que el jueves 28 de agosto el semanario, con la firma de Ana Laura, informó que la empresa contratada por el Hospital Maciel para realizar trabajos de limpieza había sobre facturado la cantidad de horas que sus empleados trabajaron para ese centro de salud. Pero ahí no termina la cosa. Los jerarcas del hospital se dieron cuenta de la sobrefacturación y cuando se lo hicieron notar a los responsables de la empresa se llegó a un acuerdo para que se pagara esa sobrefacturación con más horas de trabajo. A nadie se informó sobre la irregularidad o sobre el acuerdo.
 
          La principal de la empresa en cuestión es la esposa del senador del gobierno Eleuterio Fernández Huidobro, uno de los principales dirigentes de la guerrilla Tupamara que actuó en el país a partir de la década de los años ´60. El ahora senador fue torturado y la dictadura lo convirtió en uno de sus "rehenes". En esa situación permaneció durante doce años en condiciones infrahumanas de detención. Fue, sin duda, un ejemplo de lo que el desborde del poder puede hacer con los seres humanos.
 
          Pero esa razón y por muchas otras, románticamente edulcoradas por los bardos que fabrican leyendas,  Fernández Huidobro como la mayoría de sus camaradas de la época parecen gozar de impunidad. Ellos, sus adláteres y sus familiares. Nunca veremos un mea culpa asumiendo responsabilidades. Por el contrario, al igual que cuando durante las operaciones guerrilleras se ocultaban bajo tierra en "tatuceras", ahora, cada vez que ocurre algo como lo del Hospital Maciel, optan por volver bajo tierra, como el avestruz, y esconder sus falencias en adicciones o  en reacciones de una agresividad incontenible.
 
          La Federación de Funcionarios de Salud Pública (FFSP), que conocía la cuestión, no intervino, porque, dijeron informantes gremiales, es "un tema muy delicado, escabroso, y con aristas políticas".
 
          Ni Fernández Huidobro, ni el diputado Luis Rosadilla, del sector que respalda al senador, quisieron hacer comentarios.
 
          En cambio, el diputado Carlos Gamou, con la agresividad que lo caracteriza,  consideró la información como "un ataque" y una "maniobrita de baja estofa política" contra Fernández Huidobro y que por esa razón  el grupo político no responderá.
 
          Desde una distancia de casi 15.000 kilómetros de Montevideo, como conozco muy bien a los protagonistas no tengo ninguna duda: la información que Ana Laura le dio a los lectores de Búsqueda es ciento por ciento auténtica. Los lectores agradecidos porque de otra forma no la conocerían.

Fuente: Mirador Nacional

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