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Año V Nro. 338 - Uruguay, 15 de mayo del 2009   
 
 
 
 
historia paralela
 

Visión Marítima

 
Elizabeth Rodríguez

Inseguridad:
¿Sensación térmica, desequilibrio
mental... o qué?

por Elizabeth Rodríguez
 
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         La sociedad uruguaya siempre se caracterizó por el compromiso y acatamiento en cumplir las normas que regulan la convivencia entre sus ciudadanos, somos un país que respira política, que opina sobre política, y por sobre todo somos respetuosos de las leyes y profundos defensores de la paz.

         Y esa paz que tanto alabábamos a los cuatro vientos no la estamos teniendo, estamos perdiendo nuestra paz social, ya no somos dueños de nuestra libertad de ir y venir cuando, como y donde nos plazca, nos estamos transformando en rehenes de la delincuencia, víctimas de la inseguridad, prisioneros desprotegidos en nuestros propios hogares. Estamos perdiendo la paz para la inseguridad.

         Lamentable y periódicamente es necesario remarcar y retomar el tema de la Inseguridad que venimos siendo objeto los uruguayos, a lo largo y ancho de este pequeño país, y quiero remarcar esto, somos un país pequeño, donde la densidad demográfica no es problema, exceptuando a la concentración que si es problemática, en la capital del país. Lo más grave de esta situación de inseguridad, son las señales, o mejor dicho la falta de señal de parte de las autoridades que tienen competencia en este tema, y ese aletargamiento, un cierto tratamiento indiferente que pone en duda si hay voluntad en enfrentar a fondo este candente tema. Desde tiendas oficialistas se argumentó primero que era un síntoma, una “sensación térmica”, que no era tan grave como se pintaba el panorama, entonces el autor de esta frase, no pudo mantenerse en el cargo, sucumbió a la inseguridad y a la falta de reacción que era reclamada por la sociedad uruguaya, llegó entonces al cargo una mujer, de carácter fuerte, con firmes declaraciones se apodero del sillón ministerial, pero mantuvo el mismo perfil, y aquella frase pronunciada por su antecesor, siguió en boca del oficialismo, entonces se instalo entre todos una interrogante ¿estaríamos los uruguayos sufriendo de alguna epidemia de desequilibrio mental?, y la respuesta a esto es no, si lo que decían es sensación, la realidad nos viene demostrando que no estamos locos.

Los Jóvenes primeras víctimas de un sistema
que no se encarga de sus necesidades

         Y no es locura decir que vivimos tiempos de zozobras, de temor, de precaución, no vivimos tranquilos ni en nuestros hogares, sospechando del desconocido que lado a lado camina o viaja junto a nosotros día a día.

         Diariamente en los noticieros causa alarma la infinidad de delitos que se cometen, la violencia que se utiliza en los mismos y el increíble aumento de estos mismos delitos, contando además con el aumento en la participación de menores de edad, los que en su gran mayoría ya han estado internados en centros de rehabilitación juveniles y se han fugado de los mismos. Y la terrible constatación es que los centros de rehabilitación de menores no cumplen con la función para la que fueron creados, este gobierno no ha conseguido instaurar en estas instituciones los programas de rehabilitación, simplemente actúan como locales de acopio de delincuentes, los que al ingresar a los mismos, como consecuencia inevitable y lamentable, se capacitan y perfeccionan en el arte de delinquir. Estos centros dependientes del INAU, y que en este gobierno han recibido un aumento significativo en el presupuesto visando optimizar el funcionamiento y la prestación del servicio de rehabilitación, han perdido el objetivo que motivó su creación, se han transformado en puntos de acomodo de camaradas y como consecuencia nuestros jóvenes infractores son tratados como animales, desconsiderados, sometidos a castigos, acopiados, apilados, en condiciones infrahumanas, sin programas de recuperación, sin recibir la adecuada atención que y como si fueran una herencia maldita, y son tratados como escoria de una sociedad que no proporciona a las generaciones que debiera proteger una estabilidad que forme sus personalidades, que inculque valores morales y de convivencia acordes a los tiempos que vivimos, donde el Estado es ineficiente, solamente busca solucionar o paliar situaciones donde se vislumbra un futuro electoral, que sea sostén de la coalición progresista en el poder, y estos jóvenes son la victimas que comienzan a rebelarse, y como único medio para hacerse oír se han volcado a la delincuencia.

         La insanidad que sufre la sociedad uruguaya, se está colmando diariamente gracias a la impotencia del gobierno en dirigir acciones en el sentido de reprimir y cohibir los actos delictivos.

         Y todo porque el Estado no cumple con su función, pues es deber de todo Estado en materia de seguridad publica mantener el orden y brindar seguridad a sus ciudadanos, en el Estado uruguayo estas dos premisas no se cumplen en forma y el resultado es el descalabro social.

         El grave problema de inseguridad que convive lado a lado, día a día, con todos los uruguayos, dejó de ser sensación térmica, o un síntoma de psicosis urbana, propio de las grandes urbes, donde la falta de oportunidades, la indiferencia de las instituciones que deberían cuidar de quienes están en situación de vulnerabilidad, atacando la primera causa del delito no se da, ha llegado a lo más recóndito de nuestro país, ya no son los ciudadanos de las ciudades los que sienten la inseguridad en carne propia, todos los uruguayos estamos en esa situación, la inseguridad es real y nos toca a todos. La inseguridad se siente en la calle, en la mirada de nuestra gente, en el cuidado en el andar por esas mismas calles, y esto genera la insatisfacción porque las acciones destinadas a inhibir la delincuencia, no han resultado.

         Para remarcar todo esto, aquí van algunas consideraciones del Psicopedagogo argentino Alejandro Castro Santander, sobre el aumento de la delincuencia “Descartamos ya la idea acerca de que la pobreza es “la causa del delito”, sin embargo, si podemos afirmar que las situaciones de desigualdad social manifiesta, pueden ser un factor determinante. Que a personas o grupos se les impida sistemáticamente el acceso a los recursos y a las oportunidades, puede aumentar la motivación para transgredir la ley. Es por esto que la lucha en contra de la desigualdad estructural, contra las relaciones de dominación, contra la denegación de derechos, contra la discriminación y la exclusión debe ser una prioridad, pero junto al esfuerzo por desenmascarar a quienes construyen y se benefician de esas relaciones desiguales (...) Quienes más resienten el abandono y la falta de sentido de pertenencia son los jóvenes. Ellos, en un porcentaje altísimo, además de ser abandonados por la sociedad y por las autoridades públicas, están sufriendo un abandono aún más traumático: el de sus propios padres. También son ellos quienes con más angustia sufren la falta de un horizonte de oportunidades. Esta última carencia genera reacciones de resentimiento, de violencia y de desacato a una sociedad que tanto les falta el respeto. Frente a la evidencia de la indisciplina ciudadana y las violencias, necesitamos una escuela que también se ocupe de la dimensión afectiva. Aprender y querer estar con el otro es una enseñanza y un aprendizaje “prioritario”. Primero será la habilidad de ponerme en el lugar del otro, entenderlo, entristecerme con él, luego aprender a defender mis derechos y respetar los de los demás. Necesitamos una Ley de Educación que forme personas íntegras y ciudadanos honrados.”

         La globalización ha producido cambios que han impactado en el modo de vida tradicional de los uruguayos, especialmente entre los jóvenes quienes son más vulnerables al abandono, a la droga, a la falta de oportunidades y se vuelcan hacia la delincuencia en un intento de sustituir esas deficiencias y hacer notar su presencia dentro de la sociedad. Ante esta realidad cabe al estado la obligación de mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía y la seguridad pública debería ser política prioritaria enfatizando medidas para remover los factores sociales que originan el fenómeno criminal.

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