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Año V Nro. 338 - Uruguay, 15 de mayo del 2009   
 
 
 
 
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Visión Marítima

 

Aura y demonización de los paraísos fiscales
por Marcelo Ramón Lascano

 
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         Los paraísos o refugios fiscales o tributarios, según se prefiera, en cuanto a sus distintas funciones no son una creación moderna, digamos del siglo XX. La localización de riqueza, sobre todo líquida, lejos o fuera de las jurisdicciones nacionales han configurado históricamente un expediente defensivo frente a inseguridades que amenazan la integridad patrimonial de quienes apelan a estas instituciones invocando derechos de propiedad.

         Lo que sí es cierto es el fenómeno moderno de la proliferación y del abuso que se ha hecho de los mismos también por razones “non sanctas”, pero ello es otra cosa y requiere explicación para no confundir a la opinión pública. Una cosa es proteger, sobre todo la propiedad fiduciaria en estos centros bancarios extraterritoriales frente a riesgos de abusos públicos o privados, como sería en caso de confiscaciones, o de extorsiones mafiosas que lesionarían patrimonios personales y podrían causar daños de diferente laya.

         Otra cosa es la apelación a entidades bancarias o financieras situadas fuera de la jurisdicción de residencia de los usuarios cuando median cuestiones criminales o desviaciones fiscales a designio, entendidas como transgresiones a la legislación vigente en los respectivos países. Más allá de las diferentes tipificaciones penales, resulta obvio que no es lo mismo blanquear dinero procedente de la droga o de secuestros seguidos de muerte  de la víctima, que disimular ventas o ganancias en violación de disposiciones tributarias.

         Además de que no debe confundirse la naturaleza, gravedad del delito y peligrosidad de los actores, también deben, como dicen y abusan los garantistas, contemplarse las circunstancias dominantes en los escenarios donde los delitos tienen lugar sobre todo en materia fiscal. Ello no para buscar justificaciones, sino para comprender los motivos determinantes de las acciones ilícitas que en materia tributaria puede asociarse a imposición extorsiva o confiscatoria con grave lesión patrimonial. Ello no es una fantasía. La justicia lo ha reconocido y se enderezó la situación.

         El presidente Obama actualizó el tema y nuevamente se ha instalado la controversia. Es que no todo el mundo está de acuerdo en demonizar a los feudos Offshore, cuyas siderales magnitudes y dispersión geográfica sirven para corroborar su importancia y formular otras reflexiones.

         No cabe duda de que parte del dinero allí localizado puede estar vinculado con actividades criminales y fraudes fiscales. Pero téngase en cuenta que estamos considerando unos 12 billones de dólares, equivalentes casi al PBI norteamericano, radicados en 88 entidades, entre las cuales registran bancos de singular envergadura y prestigio ecuménico. De ello puede colegirse que parte de esa riqueza no necesariamente debe estar involucrada en actividades ilícitas. Por ello las generalizaciones pueden resultar peligrosas

         Un ejemplo permite entender porque algunos contribuyentes pueden disparar de sus jurisdicciones fiscales y evitar así la erosión de su fortuna debido a impuestos inconvenientes, indeseables o distorsivos. Cuando se gravan las tenencias patrimoniales con prescindencia de si rinden o no beneficios, el titular siempre debe pagar, sea por dinero en efectivo o depósítos generalmente mal remunerados y exponerse, entonces, a recurrentes pérdidas, al margen de que si se tratara de títulos o valores cotizables, las variaciones, además, profundizarían sus quebrantos.

         Algunas de esas razones han sido determinantes para que en la experiencia comparada haya casi desaparecido la imposición de base patrimonial como nuestro Impuesto sobre los Bienes Personales, de ostensible signo discriminatorio contra la clase media, pues empuja a los contribuyentes a buscar otros refugios. Esto visto macroeconómicamente descapitaliza a los países, posterga o encarece inversiones y desincentiva las iniciativas nacionales.
Pero la demonización tiene una contrapartida higiénica, un aura salvifica, como bien lo saben los norteamericanos que seguramente se lo recordarán al amigo Obama. Durante la presidencia de Clinton, en los 90´, por razones de competitividad y también para afirmar el comercio exterior de los EEUU, se admitió operar desde refugios fiscales para economizar impuestos nacionales aunque ello restara ingresos al Fisco estadounidense. Asimismo, se admitió demorar abusivamente la declaración de utilidades extraterritoriales por parte de las matrices con iguales propósitos. Aquí, obviamente, no cabe hablar de fraude, aunque el presidente tenga razón en recuperar esos ingresos máxime en estos momentos. Los 210.000 millones que espera el IRS para los próximos años ahora encuentran justificación.

         El tema da para mucho más. Estas líneas sólo aspiran a correr el velo para no simplificar en exceso. Me parece que tanto dinero no puede sólo responder a ilicitud y criminalidad. Habría que profundizar el análisis y buscar certezas, precisamente para que las definiciones generalizadoras no dañen a quienes se atajan de atropellos o abusos cuando su eventual transgresión, si la hubo, pudo haber respondido a un innato y natural instinto defensivo de lo propio y no a la búsqueda de discreción para esconder delitos que hoy la humanidad condena severamente.

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Fuente: Perspectivas Políticas

 
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