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Entre cuatro paredes
por Javier García
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Las elecciones internas son para elegir. La obviedad no es tal. La reforma constitucional de 1996 introdujo la realización de primarias en los partidos para definir el candidato único en cada colectividad. Están previstas, en esta oportunidad, para junio de 2009, pero hay una posibilidad, una vez más, de que se le escamotee el derecho de elegir que les reserva la Constitución a los ciudadanos, por lo menos en un partido.
El poder elegir no es un derecho que los partidos le confieren a los electores sino que los ciudadanos tienen, independientemente que los partidos quieran o no. Si hay acuerdos de cúpula que pactan un candidato, en la realidad le quitan un derecho a la gente que verá que la Constitución, en ese caso, es letra muerta.
Cuando el lunes salieron de una sala del Palacio Legislativo los senadores Astori y Mujica, las paredes de esa sala quedaron como únicos testigos de lo allí conversado. Salvo ellos, nadie más sabrá que se empezó a negociar allí. El electorado frentista, y especialmente sus militantes, que durante décadas cultivaron la mística del Comité de Base como ámbito de participación política, son ahora espectadores de negociaciones clandestinas, de las que se enteran por televisión, y de las que les cuentan lo que quieren.
La cultura frentista decía que eran las bases las depositarias del poder, y que en ese núcleo militante y de "participación" que eran sus comités radicaba efectivamente ese poder. Sin embargo, la dirigencia frentista les ha reservado el papel de organizadores de chorizadas y guitarreadas, porque a decir verdad ni una sola decisión de las que duelen tiene en cuenta ni a un solo militante en sus opiniones.
Y a la hora de elegir candidato, se les reserva otro papel, que es el de espectadores y se les roba el derecho constitucional de elegir al mismo.
Excepto estos dos ciudadanos, Mujica y Astori, no habrá nadie más, ni humilde ni encumbrado militante que pueda participar en la decisión de lo que ellos dos empezaron, a solas y sin testigos, a negociar. Dicen que el programa, otros que cargos claves en la administración, directorios de bancos oficiales y ministerios poderosos. Todo a espaldas de la ciudadanía. La imagen a la salida de esa reunión con palmoteos y sonrisas cómplices entre ambos senadores, fue la foto de una forma oligárquica de ejercer el poder: entre dos y sin saber que negociaron.
En los comités ya empiezan a decir, "yo no los voté".
Mientras, los nacionalistas nos aprestamos a disputar una elección interna. De buena fe mucha gente nos previene sobre la forma que debemos dirimirla: sin pelearnos.
Así será, entre otras cosas porque aprendimos de errores del pasado. Pero ese no es un examen que debamos aprobar porque ya lo dimos en 2004, en una movilizadora interna que se caracterizó por transcurrir con respeto y unidad.
Se marcarán las diferencias, porque si todos pensáramos lo mismo en cada tema no habría elección, sino unanimidad y eso no es una virtud sino una patología. Si hay dos que piensan igual, seguro que hay uno que no piensa.
Y será transparente, porque el resultado no es el fruto de negociaciones secretas, sino de la voluntad popular, que se expresa de una sola forma: votando. El dilema es entre participar y acatar. Lo primero a cielo abierto y a la luz pública militando, debatiendo y votando y lo segundo esperando lo que se resuelve en una oscura sala, donde la oligarquía decide, aunque sea de che y vos, con campera y mate.
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