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Año V Nro. 330 - Uruguay, 20 de marzo del 2009   
 

 
historia paralela
 

Visión Marítima

 

Las nuevas obligaciones del estado democrático liberal
por Abdeslam Baraka
Ex Ministro y ex embajador de Marruecos en España

 
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         Cuando los padres y los propulsores del Estado democrático liberal desarrollaban sus tratados y campañas, no se imaginaban que el sistema de gobierno que contribuían a poner en marcha podía servir de cuna a escándalos financieros y estafas de dimensiones internacionales.

         La retirada del Estado de ciertos sectores públicos en favor de la libre empresa nunca ha significado ausentar el control y la regulación institucional. No obstante, asistimos a una cabalgata de los bancos y del sector financiero en general, sin brida ni jinete, que culminó con la crisis de los créditos subprime y el consecuente descalabro económico y social que conocemos a nivel planetario.

         Tampoco nos parecía descabellada la voluntad de dejar que el mercado fijase los precios de bienes y mercancías en una sociedad que compensa el esfuerzo y la creatividad y que confía en el juicio del individuo y de las colectividades. Pero no encontramos racionalidad alguna a la vertiginosa subida de los precios del petróleo y de productos agrícolas (trigo, maíz, arroz, soja... etc.), en el curso del último año. Allí siguen los pretendidos alicientes de tal encarecimiento (crecimiento de India y China, consumo energético americano, el desarrollo del biocombustible, los riesgos de conflictos armados, la proliferación nuclear...), pero los precios han vuelto a bajar substancialmente.

         Algunos dirán que la teoría de los ciclos económicos recobra vigencia o que es propio de la dialéctica económica, lo que valdría decir que la crisis estaba “escrita”. Personalmente prefiero sumarme a los que creen que los únicos ciclos son los de nuestros errores, nuestra vanidad y nuestra soberbia.

         Es obvio que la crisis terminará por amainar a golpe de administrar remedios de caballo al sector financiero. Aunque no es menos cierto que todo el apoyo público aportado a los bancos vendrá a engrosar una deuda, que nos puede parecer hoy en día virtual pero que, en su momento, habrá que pagar en efectivo.

         Desde ya, Bernanke y Trichet vaticinan el fin de la recesión para los próximos meses. Es decir, la vuelta a los negocios, aunque no se perciben todavía las nuevas reglas de juego prometidas.

         Dichosos pues los millones de parados o ahorristas del mundo que quieren creer en la buena noticia y que la anhelan desde meses. Esperan una recuperación sana, que llegue sin que sea acompañada por semejantes a Madoff, Stanford o el trader de “La Société Générale”, entre otros.

         Ellos reclaman que el Estado democrático y liberal ejerza sus competencias en pro de un mercado sano que no deje de lado a los más débiles. Ellos no quieren ser simples consumidores sino que pretenden ser considerados como ciudadanos contribuyentes, merecedores de su derecho a saber, exigir y ser protegidos.

         El liberalismo, no puede eximir a los gobiernos y legisladores del deber de dictar las reglas, que permitan equilibrar la relación entre el banco y el cliente, entre la aseguradora y el asegurado y que hagan que desaparezca la letra pequeña de los contratos leoninos, que se distribuyen en masa a los usuarios de empresas concesionarias de servicio público.

         El liberalismo, no justifica la publicidad falaz ni la comercialización de productos peligrosos, sean financieros o alimentarios.

         El liberalismo no debe asumir que desaparezca la ética de los medios de comunicación audiovisuales, hasta el punto de verlos transformados en casino global, a fuerza de SMS.

         El liberalismo, que se concibió en parte como defensa contra el despotismo político de Estado, no puede, en el apogeo de su desarrollo, ser sinónimo de anarquía o de impunidad, aún menos de una trágica desregulación de la relación humana.

         ¿Estaríamos pues, ante nuevas obligaciones que el Estado democrático y liberal deberá asumir para evitar la confirmación del fracaso?

         ¿No decía Maquiavelo que “el que no detecta los males cuando nacen, no es verdaderamente prudente”?

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