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Laicismo sí, ¡pero… pero realmente laico!
por Aquiles Diggo
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Ahora, se conoce por anticipado, que las voluntades mayoritarias de nuestro pueblo, reniegan de la influencia de la filosofía marxista que ha desmembrado nuestra sociedad y ha logrado corromper a gran parte de nuestra juventud.
Por ello, una de las acciones que el gobierno OPOSITOR que asumirá seguramente a partir del 2010, deberá entre otras prioridades atender a la defensa de la laicidad de la enseñanza.
Ese fue desde hace décadas el recurso marxista, que nos traería a esta ciega concepción de una democracia que se parece más a una esquizofrénica anarquía, que a un sistema de gobierno democrático.
Lo primero que los inescrupulosos gestores de esta desorientación popular buscaron como meta, fue incidir en el pensamiento despreocupado de la adolescencia, por medio de la subliminal promoción de su filosofía aprovechando el natural altruismo juvenil.
Mostrándole un mundo utópico, donde se podría eliminar la injusticia social, la pobreza y por sobre todo, la desigualdad económica.
Haciendo la apología de movimientos subversivos, que atentaron contra gobiernos democráticamente constituidos. Promoviendo ahora la venganza, a casi 4 décadas del pacto de mutuo perdón, repudiando perdonar a los rivales, sabiéndose amnistiados ellos.
Incitando a la admiración de la abyecta dictadura cubana mal auto denominada República democrática, con un único partido político permitido: El Comunismo.
Nadie que haya concurrido por lo menos un año a Liceo en mi país, puede decir que desconoce que nuestra enseñanza no es laica.
Yo por lo menos lo he comprobado personalmente.
Siendo estudiante, comenté en mi casa el caso de un profesor que en todas y cada una de sus clases hacía su crítica al gobierno y sembraba su “evangelio comunista” de disolución patriótica.
En lugar de dar su clase con el programa, nos hablaba de “actitudes gubernativas” que a su entender estaban mal.
Pese que a que mi padre, comentó el caso con una amistad periodística, y el caso salió en un diario capitalino, nunca el profesor fue sancionado, ni molestado siquiera con una investigación. Y así siguió tan campante, rodeado siempre de sus entusiastas admiradores.
Si las autoridades competentes son como en aquel entonces, integrantes del profesorado, no se tomarán jamás, medidas que garanticen la laicidad de lo que se imparte en clase, o en los corrillos que rodean al profesor a su término.
Es indudable la influencia que algunos profesores ejercen a sabiendas en muchos de sus alumnos.
Mientras no se sancione como se debe a profesores venales y traidores del laicismo, nuestra juventud, nacerá a la ciudadanía con los grilletes y el cepo del dogmatismo interesado.
Y no me refiero al dogmatismo religioso que no interfiere en la vida política ciudadana, sino al dogmatismo de filosofías que por su propia fundamentación ideológica, desconocen y atentan contra la democracia que los acoge.
Por eso, la culpa es nuestra.
Desde generaciones pasadas, confiamos ingenuamente, en la laicidad de la enseñanza pública.
Y por confiar en esa laicidad, nos despreocupamos de protegerla como es debido.
Se sentaron sobre ella, los que la transformaron en un adoctrinamiento anti religioso y anti demócrata, que intentó y logró transformar, a los seres que les encomendamos para su educación, en enemigos de nuestros más preciados valores e inconscientemente en enemigos de sí mismos.
Con la falsa neutralidad, unida a la escusa de que el estudiante debe estar informado, se le “informa” tendenciosamente, haciendo un desleal y solapado proselitismo político e incluso anti religión.
Los padres somos por naturaleza y por Patria Potestad, los primeros responsables de la educación de nuestros hijos.
Y también, los principales interesados en que disfruten de lo que NOSOTROS consideramos con nuestra personal experiencia, que fue lo mejor que encontramos, una fe, ya sea religiosa, filosófica, o incluso política.
Si en el hogar encauzamos al niño en determinada religión u orientación política, ¿no es porque para nosotros fue y es válida?
El que quiera que su hijo sea como él, ateo, que le hable contra las religiones en su casa, y que lo mande a la escuela pública.
¡Allí no se le enseñará a rezar ni se le inculcará religión alguna!
¡Nadie allí tratará de quitarle al hijo, lo que para ese padre es muy valioso!
El que quiere que su hijo tenga sentimiento religioso como él, que además de adoctrinarlo en la fe, porque le asiste ese derecho, si quiere y tiene medios para ello, que lo mande a una escuela privada de su religión.
¡Pero que si no tiene esa posibilidad, que lo mande sin temor a la escuela pública, porque podrá confiar que allí, nadie tratará de quitarle, lo que también para él es muy valioso!
¿A cuántos alumnos tiene acceso con su influencia un profesor por día?
¿No es un problema importante?
¿Es posible controlar entonces la laicidad de la enseñanza?
Me dirán que es difícil controlar lo que dice un adulto, el docente, a jóvenes imberbes encerrados en su clase.
No solo es posible, ¡ES IMPRESCINDIBLE!
Entre los principios fundamentales de nuestra Enseñanza figura:
“Fija pautas para el principio de la docencia, buscando salvaguardar el principio de laicidad.”
Yo pregunto:
¿Quién es el encargado de salvaguardar el principio de laicidad? ¿El cuerpo que integra el docente que lo infringe?
¡No lo veo muy confiable!
Se me ocurre una idea, y es simplemente eso: una idea.
Seguramente habrán de surgir por ahí, muchas más, pero la que sea, debe dar garantías de fiabilidad y ser posibles de implementar.
Como dije antes, es posible, pero siempre y cuando sea un cuerpo ajeno a la docencia, que conformado por representantes políticos de todos los partidos, juzgue con independencia a los infractores.
¡Se me argumentará que lesionaría la autonomía de la Enseñanza!
¿Pero el Gobierno, acaso no está por encima de esa autonomía?
¿No es el representante del Pueblo? ¿No es la autoridad emanada del pueblo?
Los docentes a lo suyo: enseñar los programas.
Los políticos, a defender lo suyo, la prescindencia de matices políticos en la enseñanza.
Un cuerpo que a semejanza de la Corte Electoral, que controla y vigila la libertad y limpieza del voto, que vigile y controle el mantenimiento de la laicidad en la enseñanza.
No necesariamente debería ser estable, se integraría cuando se diera la ocasión, con un representante delegado y portavoz de cada partido político que deliberaría, sin estipendio extra.
El hecho real, es que en clases de más 20, 30 o 40 alumnos, es imposible que no haya alguno que se dé cuenta cuando el docente se aleja de la legalidad e intenta seducirlo con su promoción proselitista.
Si sabe que su anónima denuncia será escuchada y que se sancionará al infractor, de haber sido comprobada su omisión a la ley, no ocultará su repudio y la efectivizará.
Incluso que la denuncia podrá hacerla hasta por internet un familiar o amigo que esté al tanto de la acción.
Por eso pienso que los únicos que podrán obligar con sanciones pecuniarias, suspensiones, o lo que fuera menester, para desestimular el afán proselitista del docente, serían los propios políticos, representados en esa especie de jurado responsable de la Laicidad.
Y ese mismo Jurado político, podría dirimir que esta o aquella afirmación de la historia reciente, tan controvertida, es o no verdadera.
En caso de discrepancias, simplemente, se elimina y quedará, como los temas religiosos a cargo del propio alumno el esclarecimiento o investigación del mismo, y eso si le interesa.
Laicidad política y religiosa.
¡PERO EFECTIVA!
¡COMO DEBE SER, PORQUE ASÍ LO MANDA LA LEY!
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| Gentileza de: Uruguay Perdido |
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