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Año V Nro. 330 - Uruguay, 20 de marzo del 2009   
 

 
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Visión Marítima

 
Dra. Hilda Molina

La mendicidad nacional:
remesas, donativos y regalos

por Dra. Hilda Molina

 
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         El trabajo honrado dignifica, eleva la autoestima, y enriquece moral y espiritualmente al ser humano. Lamentablemente, en estos últimos cincuenta años el trabajo ha perdido importancia en mi Patria, porque el modelo político-económico que nos impusieron, al aplastar todos los derechos que configuran la dignidad del hombre, nos ha dejado huellas espantosas. No obstante los planteamientos gubernamentales sobre este tema, siempre incongruentes con la realidad, lo cierto es, que no son precisamente los trabajadores más eficientes, los más reconocidos ni los que mejor viven en este país. La mayoría de los cubanos abnegados, honestos, productivos y creativos, no reciben ni los llamados estímulos morales, ni los salarios y pensiones que necesitan y merecen, pues el dinero que perciben tanto en la etapa de labor activa, como en el período de jubilación, no les alcanza ni siquiera para una precaria supervivencia.

         Varias generaciones hemos crecido en Cuba, atados a las limosnas subsidiadas que nos venden mediante la libreta de racionamiento, con lo cual el régimen nos denigra doblemente, al imponernos además, una imperecedera deuda de gratitud por tales limosnas. La enfermedad social engendrada por la ausencia crónica de libertades, ha convertido a este pueblo, ancestralmente valiente, en limosnero de trozos de libertades y de derechos. Habituados a tanta ignominia, los cubanos nos hemos acostumbrado a vivir de la generosidad de nuestros familiares residentes en el extranjero; y de la caridad de cualquier ser vivo, capaz de compadecerse de nuestra menesterosidad. En síntesis, podemos afirmar que nos han transmutado en limosneros de libertades y de recursos vitales; y que se ha instituido en nuestra Patria, lo que podría calificarse como un estado de “mendicidad nacional”. Los voceros locales e internacionales del gobierno, publican y elogian, cual gigantesco éxito, la ausencia de mendigos en las calles de Cuba. Pero es la particularísima forma de mendicidad globalizada presente en este país, la que ha impedido que la isla se pueble de mendigos típicos.

         Y si el trabajo honesto no satisface las necesidades primarias, cabe preguntar: Cómo obtienen los habitantes del país, lo mínimamente indispensable para su subsistencia? En qué consiste esta limosnería generalizada? En primer lugar debemos mencionar las remesas, las otrora prohibidas y hoy expoliadas remesas, gracias a las cuales, un porcentaje significativo de cubanos, nos alimentamos, nos vestimos, y mantenemos la higiene. Es bien conocido que el gobierno impidió con saña durante décadas, las relaciones entre los que abandonaron el país, y los familiares de éstos que permanecimos aquí; y que adicionalmente penalizó con largos años de cárcel, la honrada posesión de divisas remitidas a sus seres queridos por los radicados en otras latitudes. Las tenebrosas medidas represivas destinadas a la destrucción de las familias, lograron separarnos, distanciarnos espacialmente, pero no dividirnos. A pesar del genocidio familiar perpetrado, no se necesitaron diálogos ni negociaciones para perdonar los conflictos del pasado, pues de las hondas, sólidas y tradicionales raíces del amor familiar, brotó espontáneamente un eterno pacto de perdón. Es bien conocido también que cuando este mismo gobierno requirió divisas perentoriamente, autorizó los hasta entonces reprimidos contactos de las familias separadas por el mar y la maldad. Sin embargo, ese salvoconducto que el régimen otorgó debido a su urgente necesidad de dólares, y que hipócritamente denominó “encuentro de la Patria con su comunidad en el exterior”, llegó tarde. Porque el pueblo no se amedrentó frente a los embates contra las familias, y burlando la censura anti-familiar, fue aniquilando sobre la marcha y a lo largo de los años, la cruel legislación que demonizaba y castigaba los contactos familiares. Apenas se establecieron en otros confines, los hijos buenos de esta tierra, reiniciaron los nexos de cariño con sus familiares; y a expensas de extraordinarios sacrificios, comenzaron el envío regular de ayuda económica, con vistas a mitigar la agobiante precariedad de los que nos mantuvimos en Cuba. Por su parte, los receptores de estas remesas injustamente criminalizadas por el régimen, no tuvieron otra opción que ocultarlas; y así, durante muchos años, esta imprescindible moneda habitó en la clandestinidad de los hogares. Aunque las cifras no han sido computadas ni oficial ni extraoficialmente, se calcula que aproximadamente el 48% de la población recibe entre 1500 y 2000 millones de dólares cada año, fundamentalmente en efectivo, aunque también en paquetes contentivos de variados productos. Estos dólares, que oxigenan y ayudan a la supervivencia del sistema que nos oprime, han representado, desde su despenalización en 1993, la salvación de las familias beneficiadas.

         Los cubanos que en todas partes del orbe lucharon contracorriente tenaz y tozudamente, por preservar la sagrada comunidad familiar, no triunfaron en su encomiable objetivo de rearticularla, de reunificarla. Sin embargo, lograron no sólo el florecimiento de los vínculos afectivos a través de la distancia, sino también, remitir a sus seres queridos, e incluso a sus amistades, hermosos testimonios de cariño, unidos a las muy útiles ayudas económicas. Las innegables bondades de las remesas son obvias e indiscutibles, pero desde hace algunos años percibo con preocupación, que no pocos de los que reciben esta ayuda monetaria, sobre todo los de generaciones más jóvenes, se han habituado a vivir dependiendo solamente de ellas. Considero que el ser humano no debe renunciar jamás, ni al derecho ni al deber de ganar su sustento mediante el trabajo honrado, aun si como sucede en Cuba, los salarios no alcanzan para satisfacer requerimientos elementales. Desafortunadamente, un número alarmantemente elevado de hombres y mujeres en edad laboral, negados tanto a trabajar como a estudiar, se han transformado en parásitos de sus familiares emisores de remesas, sin importarles los sacrificios que éstos, muchos de la tercera edad, realizan para sostener un flujo de recursos hacia Cuba, que parece no tener fin.

         Donativos monetarios y de diferentes tipos, procedentes esencialmente de gobiernos, instituciones, y organizaciones no gubernamentales, llegan oficialmente al gobierno, constituyendo fuentes sistemáticas de ayudas foráneas. Los informes con respecto a estas donaciones, son muy limitados; únicamente conocemos que se utilizan en los llamados planes de la Revolución, y en sectores priorizados. Cuando los donativos están en relación con la ocurrencia de huracanes, sí se divulgan los datos sobre su cuantía y destinos. Son extremadamente publicitados, los aportes caritativos con fines políticos de algunas organizaciones, cuyo proceder difiere de la caridad cristiana, humilde y callada, que nos enseñan los Evangelios. Las distintas denominaciones religiosas actúan también como receptoras de donativos originados en diversas partes del mundo; éstos se entregan a los más necesitados, directamente, y según las posibilidades de cada iglesia.

         Desde hace muchos años, comenzó en Cuba una modalidad de ayuda, merecedora de especial mención, debido a su creciente importancia como factor de alivio a las penurias nacionales. Me refiero a los obsequios o regalos personales, que los visitantes extranjeros brindan comúnmente a ciudadanos y familias del país. Por tratarse de donaciones particulares, no existen estadísticas al respecto. Sin embargo, basada en múltiples testimonios, y en lo que he constatado directamente, puedo asegurar que son un significativo y sostenido surtidor de apoyo para un número cada vez mayor de los moradores de la isla.

         Esta variante, consistente en el aporte individual de dádivas a los cubanos por benefactores foráneos, se inició con las visitas oficiales de personas del extinto bloque comunista europeo. Tal vez por experiencia propia, ellos presentían la depauperación en que estábamos sumidos, y siempre traían jabones, lápices, bolígrafos, algunos alimentos y prendas de vestir, para regalar a sus contrapartes. Vino después la vergonzosa etapa, protagonizada por los primeros potenciales inversionistas extranjeros que llegaron a Cuba. Muchos de ellos, inescrupulosos aventureros, ávidos de mano de obra esclava, y de participar tempranamente en el reparto del botín caribeño largo tiempo ambicionado, no se conformaron con explotar a los mal remunerados trabajadores nacionales. Para completar su desvergonzado accionar, fungieron como gestores del hasta entonces inédito modelo de prostitución juvenil generalizada, incontrolada e incontrolable, que se ha propagado en Cuba. Estos inversionistas, unidos a otros extranjeros que merodeaban por la isla con disímiles objetivos, detectaron rápidamente la pobreza de mis jóvenes compatriotas, y su inocente deslumbramiento por lo desconocido y deseado. Entonces, cual consumados pederastas, no sólo les ofrecían a las jovencitas, ridículas baratijas a cambio de sus cuerpos, sino que intentaban comprar a los familiares de esas niñas, llevando alimentos, ropas de mala calidad, y artículos de aseo, a sus humildes hogares. Sin embargo, tampoco les bastó con iniciar a nuestras jóvenes en el vicio, y con denigrar a sus familiares; además, se jactaban con sorna y prepotencia, de que ellos podían disfrutar de las prostitutas cubanas, las más jóvenes, bellas, cultas, y baratas del mundo. ¡Cuánta humillación han infligido estos señores a mi Patria!

         Y a propósito de las humillaciones, aún recuerdo como si fuera ayer, un hecho humillante e indignante, que presencié en la década del 80, antes de la despenalización de las divisas. En esa época, las bolsas disponibles en todos los mercados del planeta, para que los clientes trasladen los productos adquiridos, eran artículos de lujo en Cuba. Conseguir una de esas bolsas, que aquí llamamos “jaba”, implicaba un acto de verdadero heroísmo. Asistía yo a una de las exposiciones anuales de artículos médicos, nombrada “Salud para Todos”, cuando observé tumultos de personas aglomeradas frentes a las salas de exposiciones de dos firmas españolas. Lo que constaté al acercarme, me dejó consternada: los empresarios españoles encargados de esas salas, estaban repartiendo bolsas a los desesperados cubanos, al tiempo que reían, se burlaban, hacían comentarios injuriosos sobre mis coterráneos; y hasta lanzaban las bolsas al aire y al suelo, para divertirse con las riñas que se producían entre los que trataban de alcanzarlas. Sentí un hondo y desgarrador dolor al comprender que aquellos ignorantes con ínfulas de conquistadores, se arrogaban el derecho de vejar a los pobres cubanos, y de profanar a mi querida e históricamente digna Patria.

         La prostitución de jóvenes de ambos sexos continuó y se ha difundido en Cuba. Pero las noveles prostitutas aprendieron sobre la marcha, y ya es difícil que se conformen con quincallería. Casi todas han luchado y luchan en pos de matrimonios y de otras opciones, que les permitan huir de su nación y de sus desventuras, y consolidar sus posiciones económicas. En la actualidad, un número elevado y no precisado de jóvenes, esposas o concubinas de extranjeros, radicadas en el país o en otras regiones del orbe, se han convertido en fuentes de recursos que garantizan la subsistencia de sus familiares. Esta nueva realidad no ha mermado la afluencia a la isla, de miserables depredadores sexuales, y de toda una fauna de pervertidos, los que aspiran a conquistar presas fáciles, regalándoles bolsas llenas de artículos imprescindibles.

         Aunque tuvieron un pésimo y denigrante preámbulo, los regalos personales han adoptado evolutivamente, unas características más positivas. El mundo entero conoce la proverbial pobreza de los cubanos. Se ha trasmitido de una a otra persona, e incluso de uno a otro país, como si se tratara de un rito inviolable, la obligatoriedad de visitarnos, siempre portando algún donativo destinado a aliviar la escasez que nos agobia. Incluso se conocen a nivel internacional, los productos que nunca deben faltar en estos obsequios individuales: medicamentos; prendas de vestir y calzado de niños y adultos, no importa si son de uso; alimentos, confituras; bolígrafos, lápices, útiles escolares; jabones, champú, crema dental y otros elementos de aseo; radios portátiles con acceso a la onda corta; lentes graduados, todo… todo es bien recibido. Por tanto, la inmensa mayoría de los que se trasladan a esta ínsula, lo hacen, según sus posibilidades, acompañados de sus respectivos obsequios. Cito a continuación, las variantes más comunes de este tipo de ayuda, cada vez más trascendente por su extensión y magnitud.

         Los viajes a Cuba, se han incrementado progresivamente, y responden a variados objetivos: visitar a las familias; participar en intercambios de carácter laboral, científico, académico, político, docente, religioso; recibir e impartir cursos; asistir a eventos de todo tipo; turismo, que Gracias a Dios, actualmente no se limita a la variante sexual; y otros.

         Los cubanos domiciliados allende los mares, cuando visitan la tierra que los vio nacer, lo hacen cargados de obsequios destinados a sus seres queridos y amistades. Y antes de regresar, invariablemente compran a sus allegados, lo que éstos requieren para un período prolongado de tiempo.

         He sido testigo del flujo constante de viajeros con valijas y bolsas llenas, tanto de regalos personales, como de otros recolectados en sus países de origen. Estos donativos son entregados directamente en los templos, donde se utilizan en las obras de caridad, valiosísimas, calladas, verdaderamente cristianas, que la Iglesia realiza en favor de los más desvalidos.

         La personalidad noble, amistosa, hospitalaria y cariñosa de los cubanos, es universalmente reconocida y admirada. Estas características de la idiosincrasia nacional, facilitan la confraternización con los visitantes extranjeros. Durante su permanencia en la isla, esos visitantes establecen relaciones estrechas con familias locales, y llegan a forjarse entre ellos, nexos de amistad perpetuos y profundos. Precisamente a estos nuevos amigos entregan sus donativos; y al partir, es posible hasta que les obsequien todo lo que traen como equipaje. Si los viajes se repiten, los donativos se reiteran. Muchas veces, los visitantes foráneos informan a sus coterráneos sobre la pobreza de sus amigos cubanos, estructurándose así, cadenas interminables de proveedores de obsequios. El gobierno ha publicado recientemente, que más de un millón de turistas arriban cada año a nuestra Patria. Si a esta cifra le adicionamos el total de los que lo hacen con otros propósitos, podemos tener una idea aproximada, de la cantidad de recursos que quizás se reciben en el país, por la vía directa de persona a persona. Los turistas inicialmente entregaban sus regalos, a los empleados de los hoteles donde se alojaban. Teniendo en cuenta que éstos tienen acceso a propinas, prefieren ayudar ahora, a otros ciudadanos con mayores carencias.

         Puedo dar fe sin vacilación, de la enorme importancia que esta forma de ayuda reviste para mis compatriotas. Yo, que recibo múltiples visitas, he sido depositaria de gran número de estas donaciones, las que me han sido encomendadas para su distribución a cubanos realmente empobrecidos. Y he comprobado con alegría, como estos aportes, aparentemente insignificantes, logran mitigar al menos por un tiempo, las necesidades y los sufrimientos de los beneficiados.

         Ruego por favor a los lectores con planes de visitar mi hermosa Patria, que nunca lo hagan con las manos vacías. Cualquier pequeño obsequio, brindará algo de felicidad a un compatriota menesteroso. Les aconsejo también, que seleccionen bien a los receptores de sus regalos, en aras de evitar que caigan en poder de inescrupulosos, y sean comercializados en el mercado negro.

         Los cubanos, herederos de la dignidad, el orgullo sano, la laboriosidad, y la creatividad que nos legaron nuestros ancestros, hemos aceptado con humildad y agradecimiento, la generosidad familiar y la caridad ajena, porque de no aceptarlas, tendríamos que vivir en la indigencia, con un menoscabo absoluto de nuestra ya maltrecha dignidad. Pero esta humillante y degradante situación debe cesar. Estamos urgidos, no de los lujos y comodidades que disfruta la jerarquía de poder, sino del respeto a los derechos y libertades que nos son inherentes como seres humanos. Estamos urgidos de ejercer el sagrado derecho a ganar el sustento personal y familiar, partiendo de nuestro esfuerzo, y de nuestras capacidades físicas e intelectuales.

         El General Raúl Castro, actual presidente del país, ha reiterado en sus discursos, que el gobierno garantizará una justa correspondencia entre los resultados del trabajo y los salarios. Obviamente necesitamos que esta promesa se concrete en hechos, porque vivimos una desoladora y difícilmente reversible realidad. Los compatriotas más sacrificados, los que durante decenios dieron su sudor y lo mejor de sus vidas en pos de una Cuba equitativa, ven con pesar y vergüenza, que el trabajo honrado ha perdido su decoro, que es la escoria social la más beneficiada; y que hemos sido transformados en un pueblo mendicante, signos éstos inequívocos, de la decadencia del proceso social-político-económico en el que confiaron. Cuba necesita, no tanto de discursos y consignas, como de acciones certeras, que pongan fin a tantas injusticias institucionalizadas, devenidas en un complejo drama nacional. Nuestra Patria requiere imperiosamente, sin más dilaciones, que el trabajo creador, honra y orgullo de generaciones de cubanos, recupere su tradicional valor; y que se restaure urgentemente, la extinta dignidad de sus mejores hijos.

¡Bendito sea Dios!

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Fuente: Dra. Hilda Molina
 
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