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por Alejo Rivas Devecchi
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www.alejo.info
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Huelga comentar que el ex gobernante es un amante de la historia, lo evidenció su gestión de gobierno, durante la que hizo retroceder todos los ámbitos de la realidad nacional a edades casi olvidadas, en las que no existía la justicia social.
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El señor Sanguinetti tuvo la amabilidad de aclararnos que Rivera no era un asesino ni un genocida. En realidad eran los Charrúas los asesinos. Tan asesinos eran esos salvajes que convocaron al excelentísimo general a una reunión a orillas de un arrollo cuyo nombre no auguraba fácil retorno. Una vez que el pundonoroso militar arribara al paraje, los maliciosos infieles procedieron a colocar puñales, pistolas, y otras armas letales en sus manos y las de su tropa. Acto seguido, los charrúas, (que según el Gran Historiador eran guaraníes, lo cual hace que no importe su muerte) obligaron a los militares a que les dieran muerte, mediante terribles amenazas como hacerles |
ver un programa entero de Tinelli o implantarles audífonos que sólo emitieran cumbias villeras.
Pocos infieles vieron fallido su plan de ser muertos por manos inocentes. Entre ellos Venado que , por una de esas paradojas de la vida fue levantado en vilo por un caballo, contra su voluntad por supuesto. Lo mas paradójico de esa paradoja es que el caballo se lo llevó prendido por debajo, lo cual demuestra que los músculos y hasta dedeos de Venado también traicionaron su deseo de morir a manos de los patriotas soldados.
Por varios días , y sin proponérselo, Bernabé (el sobrino de Rivera, otro mártir), persiguió a Venado y otros, que huían en contra de su voluntad. Secuestrados por caballos que se empecinaban en mantenerlos con vida, consiguieron burlar a los esforzados patriotas por varias lunas. Cuando al fin les dieron alcance, los civilizados hombres blancos convencieron a los indios de venir a comer y dormir a la estancia de Don Bonifacio. Los buenos criollos alimentaban esperanzas de quitar las ideas suicidas a los indios.
Pero los ladinos infieles eran testarudos, cuando estaba instalados cenando en la gran cocina de la estancia, obligaron a los pundonorosos soldados a acribillarlos a balazos, desde afuera por las ventanas, así de malvados eran esos charrúas (perdón guaraníes). No cabe duda que utilizaron trucos de hechicería para que los soldados, aún sin quererlo, dispararan sin cesar contra los maliciosos indios que cenaban desafiantes.
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Fue así que el autor de la maravillosa Ley de Educación, esa genial pieza de ordenamiento fascista bajo la que estudió mi generación, puso la historia en su lugar, eliminando falsas versiones de un hecho indiscutible.
El Gran Maestro Sanguinetti piensa seguir corrigiendo los errores de la historia tradicional. Para su próximo discurso explicará como el traidor Artigas urdió un plan para que el héroe Rivera lo asesinara. También está recolectando pruebas para demostrar que Ansina no era negro; la creencia errónea es fruto de un engaño de la
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Vertiente Artiguista para ganarse a los vecinos de Barrio Sur.
Los uruguayos nos sentimos orgullosos de contar con políticos tan esclarecidos que nos mantienen a salvo de las mentiras de los malévolos profesores que tanto daño hacen a nuestro acerbo cultural.
Heil Julio