De licencias, siniestros y algunos consejos antes de conducir
Ing. Lucas Facello, agosto 2003
¿Qué le parece esta afirmación? "En los últimos diez años más de cinco mil personas murieron o quedaron con secuelas muy graves derivadas de siniestros de tránsito, en suelo oriental". Y, ¿esta otra? "Casi la totalidad de los uruguayos mayores de edad tenemos un familiar, amigo, vecino o compañero de trabajo o de estudio que en los últimos diez años participó en un accidente con víctimas. Y si seguimos con nuestra forma de conducir y manejar el problema, es muy probable que, en la próxima década, toda familia uruguaya tenga al menos uno de sus miembros lesionado grave, víctima de lo que llamamos accidente de tránsito".
Informaciones como éstas debieran preocuparnos, provocar alerta pública, llamarnos a la reflexión o, por lo menos, la toma de precauciones tal y como lo hacemos ante otras circunstancias: abrigo para días fríos, crema protectora para disfrutar de la playa en verano y vacunas contra las infecciones. Por el contrario nos hemos habituado a oír: "lamentable accidente fatal el pasado fin de semana", a hacer los comentarios de rigor: "pobre familia", en definitiva, a convivir con ese asunto. Muchos buscan en la imprudencia del joven alcoholizado, la falta de reflejos del anciano, el "lomo de burro" hace meses solicitado o el escaso valor de las multas, una respuesta simple ante un complejo problema.
Pero no muchos son los que realmente intentan hacer algo por sí mismos. Basta pararnos algunos minutos en una esquina céntrica de cualquier ciudad uruguaya y observaremos personas circulando sin cinturón de seguridad, bebés en la falda de padres en asientos delanteros, otros tomando mate, utilizando el espejo retrovisor para mejorar la estética facial, hablando por celular además de motociclistas sin casco protector.
Ya hemos señalado en varias oportunidades que la razón es la falta de conciencia del problema pero, entrando más en detalle, todo parte de que muchos manejan cuatro conceptos equivocados: "un accidente es casualidad", la simplificación en las causas, "a mí nunca me va a pasar" y "la culpa es siempre del otro".
Un accidente de tránsito se asocia vulgarmente a un suceso eventual que altera el orden de las cosas, es decir, una casualidad. Se lo relaciona con el azar, el destino fatal o la mala suerte. Una expresión común es "¿viste lo del accidente de xx? ¡Qué pena! Le tocó la varita de la mala suerte".
Lo anterior se vincula al hecho de pensar que, por ejemplo, la lluvia y el pavimento mojado, la niebla y la falta de visibilidad, las causas únicas, como si una "mano siniestra" la hubiera puesto allí y sólo por ellas debemos sufrir el accidente.
Muy por el contrario, en todo siniestro de tránsito hay una causalidad, no una casualidad, y, no responden a una sola causa sino a varias, algunas más evidentes que otras. Probablemente el accidente en un día de lluvia, donde un conductor divorciado hace un mes, que no ha podido resolver sus problemas financieros y que esté llegando dos horas tarde a una reunión de padres en la escuela de su hijo, aparezca, en los papeles como: Muerto por pavimento mojado.
A pesar del riesgo que significa circular por las calles y caminos del mundo, con más de medio millón de muertos anuales, muchos piensan que el siniestro le sucede sólo al otro. Extrañamente, en Uruguay parece que somos más temerosos a contraer cólera, sida o dengue, que a tener un accidente, siendo que, si tenemos entre 18 y 30 años, es más probable esto último que esas otras dolencias.
Por último, y no menos grave, es pensar que la culpa la tienen los demás, sea otro usuario de la vía pública (conductor, peatón) o bien el Estado (responsable de la vialidad y del control). Un ejemplo de esto son las llamadas curvas o esquinas "peligrosas". Lo que existen son conductores imprudentes (peligrosos) que frente a una curva o intersección con diseño geométrico complicado, a veces bien señalizado, no toman las precauciones necesarias, y no una curva o esquina que ataque a alguien. La libertad (de circular) de uno comienza donde empieza la del otro, por ello el mea culpa nos lleva a preocuparnos por nosotros y en ese mismo acto por los demás. El mejor ejemplo: si tomo, mucho o poco, nunca debería ingresar como conductor o peatón a la vía pública.
Frente a estas ideas erróneas es importante hablar de realidades. Resultado de investigaciones en varios países del globo de siniestros y de los llamados cuasi- accidentes (conflictos de tránsito que no implicaron lesiones ni daños materiales, sino el escalofrío del momento), el factor humano es el responsable de la mayoría absoluta de los mismos. Factor que engloba al alcohol, que en cualquier grado afecta la conducción, la falta de respeto a las normas básicas de circulación (señales, preferencias de paso, excesos de velocidad y adelantamientos), la poca importancia que le damos a los controles sobre nuestro organismo o al vehículo antes de ingresar a la vía pública o a los elementos de seguridad pasiva (cinturón de seguridad, casco).
Estos aspectos no incluyen solamente al conductor de un vehículo motorizado sino también al ciclista y al peatón que en muchos casos, y por distintas circunstancias que no son objeto del presente trabajo, muestran una actitud temeraria (circulación contramano, cruces de semáforo en rojo) sin valorar adecuadamente las consecuencias, casi siempre graves para ellos en caso de accidente.
¿Cómo podemos controlar al factor humano en la circulación? De muchas formas, algunas con mayor efectividad que otras, dependiendo de las características intrínsecas al tránsito local (ciudad, zona rural). Desde los exámenes de aptitud para obtener o renovar una licencia de conducir, hasta la vigilancia familiar que le pide al chofer: "Papá aminora, tu velocímetro marca 130 km/h y el cartel redondo que pasamos recién decía 60". Un adecuado marco normativo, educación e infraestructura vial, incluyendo las señales y vigilancia a través de agentes de tránsito capacitados.
Al respecto, el texto articulado de la ley sobre tráfico, circulación de vehículos a motor y seguridad vial, Real Decreto Legislativo 339/1990 de España, indica que: "Los usuarios de la vía están obligados a comportarse de forma que no entorpezcan indebidamente la circulación, ni causen peligro, perjuicios o molestias innecesarias a las personas, o daños a los bienes". Y "En particular se deberá conducir con la diligencia y precaución necesarias para evitar todo daño, propio o ajeno, cuidando de no poner en peligro, tanto al mismo conductor como a los demás ocupantes del vehículo y al resto de los usuarios de la vía. Queda terminantemente prohibido conducir de modo negligente o temerario."
Cuando nos sacamos la licencia de conducir, el Estado debió verificar que tuviésemos los requisitos de capacidad, conocimientos y habilidad necesarios para la conducción del vehículo de que se trate. Así pasamos por exámenes físicos (visión, audición, anatómico - motrices y neurológicos) y psicológicos. De estos últimos se destaca la necesidad de óptimos tiempos de reacción, capacidad de atención y concentración, coordinación de movimientos, estabilidad nerviosa, capacidad de observación, apreciación de distancias y velocidades, entre otras. Luego pasamos las pruebas de conocimiento teórico (normas de tránsito, mecánica) y por último el práctico (estacionamiento, marcha atrás, circulación urbana y rural, entre otras).
La tendencia mundial ha sido uniformizar los requisitos y las pruebas, haciéndolas cada vez más exigentes, en el sentido que los noveles conductores perciban la responsabilidad que significa el acto de manejar. Así, en ciertos casos son obligatorias horas de charlas de manejo defensivo, para que el acto administrativo de entrega la licencia, asegure algo más que un aspirante que pasó una serie de pruebas de conocimiento y habilidad.
Si bien algunos aspiran a pruebas fáciles y de corta duración, es necesario comprender que todo esto va en sentido contrario a la seguridad vial, propia y ajena. En efecto, parte de los conductores que obviamente respetan poco su vida y la de los demás, simplemente se esforzaron para pasar las pruebas de la licencia, más que aprender realmente a manejar. Luego adoptaron y continuaron con malos hábitos de conducción: no uso del cinturón o casco porque "voy acá cerca" o increíblemente llevar bebés en la falda en asientos delanteros porque "atrás llora".
Debemos reconocer que luego de obtenida la licencia de conducir comienza nuestra vida responsable en la vía pública. Compartiremos con otros conductores, profesionales o no, con peatones y ciclistas, todos ellos con buenos o malos hábitos, eso que llamamos tránsito y, si no lo hacemos bien, seguramente tendremos desagradables consecuencias.
El propio conductor, antes de ingresar a la vía pública, debe verificar (como lo indica por ejemplo la Ley argentina) que tanto él como su vehículo se encuentren en adecuadas condiciones de seguridad.
Esto no hace más que recordarnos que el conductor en el acto de manejar constantemente está percibiendo, evaluando, tomando y ejecutando decisiones, de las cuales dependerá la circulación eficiente y segura, para él y los demás.
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