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Año II - Nº 67 - Uruguay, 27 de febrero del 2004

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ANECDOTAS BANCARIAS
Por Rubén López Arce
Mil cosas han sucedido durante toda una vida de trabajo.
Sucesos jocosos, de irresponsabilidad, tonterías, en fin, aconteceres que palpitan sentimientos y actitudes.
En una anécdota nos toca ser héroe, y en la historia siguiente somos infractores, representamos la inocencia y al instante conformamos el personaje que ha transgredido disposiciones superiores.
El anecdotario debe ser así, no con ánimo de sobresalir, sino con ánimo de ser sincero. Las cosas sucedieron y así las contamos. Aquí van mis historias, muy sencillamente narradas, en las que me tocó intervenir en todo el espectro de actitudes.
Los personajes que en ellas intervienen son reales, a veces son nombrados pero muchas veces he preferido dejarlas en el anonimato o con nombres supuestos, totalmente seguro de que al leerlas, cada uno de ellos verá y comprobará la sinceridad de mis narraciones.-

Se casó Margarita

Se casó Margarita. Desde hacía dos años era nuestra compañera en la Agencia, y su dedicación, laboriosidad, su simpatía y su don de gentes, había captado la amistad y respeto de toda la excelente plantilla de personal que trabajaba en aquella Agencia. Dueña de una muy agradable personalidad, Margarita reunía todos los atributos imaginables, tanto físicos como morales. Con su esposo decidieron disfrutar de su luna de miel en Bariloche, lugar muy de moda en esos momentos y sobre todo, ideal para esa tan especial circunstancia. Ese viaje y esos quince días solicitados de licencia, conformaban uno de los sueños más caros de Margarita, como nos lo expresaba en forma continua, siempre llena de nervios y expectativas.

Diez días después, en una tarde rutinaria, como siempre de mucho trabajo, recibimos un telegrama de Margarita que decía textualmente:

“Estamos pasando maravillosamente, pero no hemos podido ver el sol. Besos para todos, Margarita”

Con la premura del caso, sin desaprovechar la coyuntura que se nos presentaba, nos apresuramos a contestar su comunicado, usufructuando para ello la dirección, que obraba en nuestro poder, del hotel en que se hospedaban.

Muy escuetamente, pero fieles a la filosofía bancaria, respecto a las chanzas y los chistes, le enviamos el siguiente mensaje:

“Margarita, para ver el sol, tienen que salir de entre las sábanas, levantarse, y pasear por la vereda. Haz un esfuerzo... Tus compañeros de la Agencia”.

A su retorno, como siempre muy seria y tímida, se sonrojaba y esbozaba una pícara sonrisa, ante nuestra tan oportuna como mal intencionada aseveración.