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Año V Nro. 302 - Uruguay,  05 de setiembre del 2008   
 

 
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La sensación térmica
por Ernesto Martínez Battaglino

 
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         Tocar el tema “seguridad ciudadana” ya empieza a ser tedioso, repetitivo y cada vez menos original, dado la cantidad de inquietos que, como yo, han optado por referirse a éste, que sin duda, es el que más preocupa por estos días y por razones cada vez más parecidas, pero no por eso menos inquietantes, por la virulencia y agresividad que van tomando los asaltos, rapiñas, copamientos, violaciones y todo tipo de destrucción física y moral, con que personas de cualquier calidad económica, edad o sexo, se ven enfrentadas, no importando día, hora, o lugar.

         Claro que esto no es nuevo ni ha surgido en este período de gobierno, dado que este panorama lo venimos sufriendo desde la vuelta a la democracia, cuando han pasado todos los partidos políticos con posibilidades de ser gobierno, pero presentándose cada vez en forma más mórbida, agresiva y numerosa.  Lo que no puede escapar a la perspicacia pública ni a las encuestas -lo que cada vez más nos demuestran la gravedad de la situación- es el hecho de que se ha venido provocando un cambio en la vida de nuestro pueblo. Cada vez menos familias se animan a dejar la casa sola. Se toman precauciones extremas cuando se sale de noche y se gasta hasta lo que no se tiene en enrejar casas y hasta electrificarlas, sin que falten las dobles o triples cerraduras, candados, y alarmas de todo tipo. Esto ha provocado que se tuviera que elevar el gasto habitual, acumulando una inquietud más a las múltiples que el hecho en sí provoca.El haber querido “compensar” el período dictatorial donde la disciplina, el orden y la represión a cualquier exceso era el común denominador imperante, lo que nos había acostumbrado a contar con una real seguridad, fue lo que se fomentó por parte de las capas y organizaciones que habían sufrido mayor represión, creyendo que la democracia les daba cancha libre para cometer cualquier exceso, sin represalias.

         El gobierno del momento, sin comulgar con esas posturas, igualmente fue tolerando ciertas cosas más por miedo a que se le tildara de “represor”, que por estar de acuerdo que el orden y la autoridad se les estuviera yendo de las manos. En esos tiempos de tensión y euforia que se vivían en el período post dictadura. se empezó a correr una carrera para ver qué partido político era más liberal en cuanto a marcar límites, ya que mucha gente, los más notorios, manifestaban estar  cansados que por tanto tiempo debieran guardar compostura, y esa masa, cada vez mayor y más activa, también votaba… por lo que eran más los que hacían la vista gorda que los que se animaron a poner un “basta” razonable.

         Desde ese panorama la juventud empezó a vivir con más libertad, e ir accediendo a lugares antes vedados para edades tempranas; las familias ya no dominaban a esa juventud, ni esos mayores tenían los suficientes argumentos para hacer reflexionar a sus hijos,  que fueron perdiendo valores y fácilmente entraron en los vicios de la época. Empezó a campear el alcohol, el porro y la droga más agresiva, terminando con la nefasta “pasta base que llegó a trastocar conductas, carácter, ética y principios, llevándolos a la degeneración sexual y social. Lo bueno y lo malo se confunden en la bruma de la intoxicación, que cada vez les pide más y más dinero para adquirir más droga, círculo vicioso difícil luego de romper.Llegado a ese extremo, ya no escatimó en asaltar, robar y hasta matar por unos míseros pesos, por el solo hecho que les servía para comprar una porción de pasta base. Por eso, los argumentos de la ministra Daisy Tourné de que no se consiguen mejores resultados en la persecución de los traficantes y de los vendedores de drogas, por ser de difícil captura ante la falta de leyes adecuadas que le permitan actuar a la policía con más éxito; y ante el hecho de que luego de apresados, los jueces los deban largar antes que a los policías que siempre son más severamente interrogados que los malhechores, y hasta con posibilidades de sanción y hasta de pérdida de su empleo, por el solo hecho de haber pretendido cumplir con la ley.

         Que la propia ministra del Interior justifique dificultades para que la Policía y el Poder Judicial actúen en salvaguarda de la población honrada y trabajadora por carecerse de leyes adecuadas, parece una tomadura de pelo. Que lo diga la ministra, representante de un gobierno que ostenta mayorías parlamentarias como para sancionar la ley que quisiera, y más, sobre este tema sin duda contando con la colaboración de la oposición, no se entiende. Claro que con una ley tan nefastamente redactada de protección a la niñez y juventud como la que hoy tenemos, es difícil que la autoridad se encuentre en condiciones de ponerle coto a quienes se saben impunes, sector justamente convertido en el más peligroso por saberse “protegidos”, bien adoctrinados por cierto por mayores experimentados, que son los que los enseñan y largan al ruedo del delito, amparados por la impunidad que la minoridad les da, y que ellos saben aprovechar en provecho de las mafias organizadas.

         Si no se modifica esa increíble ley para que se permita proceder más eficazmente a la policía y a la judicatura, poco se podrá lograr. La mayor violencia parte de ese extracto etéreo que surge ya de todas las capas sociales, donde la rebeldía en atender los consejos de sus mayores o la simple negligencia o falta de ética y principios de la familia que los engendra, los precipita cada vez más al delito y a la drogadicción. Para pretender un éxito en el cambio, debería de empezarse por un adoctrinamiento impartido desde la Escuela Pública, reivindicando principios, ética y moral, como un curso curricular más, y que así, se lo siguiera en cursos superiores, como materia sancionable con eliminación.

         Además, hasta que no se legisle una escala descendente de sanciones a partir de los 18 años, y que los antecedentes, al superar la mayoría de edad no se pierdan como actualmente ocurre, volverán a delinquir como siempre ocurre, pero como primarios. En el tiempo de detención, no solo recibieran cursos de cómo mejor realizar un delito por parte de los compañeros de ocasión, sino que  las autoridades  no los tuvieran ocupados enseñándoles los programas escolares y liceales así como oficios y otras disciplinas, que los prepare para cuando salgan a  conseguir un trabajo digno que los saque del círculo del delito. Lo que el Estado y la sociedad gasta en todo el aparato represor es en vano, si no se logra que esta gente, cuando sale en libertad, lo haga con las herramientas adecuadas que les permitan entrar en la normalidad de una convivencia familiar y social  y los reivindique como persona.

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© Ernesto Martínez Battaglino para Informe Uruguay
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