Mil cosas han sucedido durante toda una vida de trabajo.
Sucesos jocosos, de irresponsabilidad, |
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tonterías, en fin, aconteceres que palpitan sentimientos y actitudes.
En una anécdota nos toca ser héroe, y en la historia siguiente somos infractores, representamos la inocencia y al instante conformamos el personaje que ha transgredido disposiciones superiores.
El anecdotario debe ser así, no con ánimo de sobresalir, sino con ánimo de ser sincero. Las cosas sucedieron y así las contamos. Aquí van mis historias, muy sencillamente narradas, en las que me tocó intervenir en todo el espectro de actitudes.
Los personajes que en ellas intervienen son reales, a veces son nombrados pero muchas veces he preferido dejarlas en el anonimato o con nombres supuestos, totalmente seguro de que al leerlas, cada uno de ellos verá y comprobará la sinceridad de mis narraciones.-
TEMORES
Había terminado mis estudios liceales en Rocha y con una preparación adecuada me presenté a concurso para Auxiliar en el Banco República. Salvé dicho concurso y debí hacer mis petates para venirme a la Capital.
La gran ciudad fue una de las cosas que más me llamó la atención, cuando recién llegado, debí acostumbrarme previo aprendizaje, a las miles de cosas nuevas que se me presentaban. El traslado en ómnibus era una de ellas.
¡Qué difícil me resultaba tomar aquellos vehículos, ”los viejos caimanes”, o los otros, subiendo por la plataforma posterior, y haciendo maravillas para mantenerme arriba por la enorme cantidad de pasajeros. Ni hablar de los punguistas, que también en aquella época estaban a la orden del día...
Pero mi historia comienza la tarde en que yo había cobrado uno de mis primeros sueldos. El Jefe de mi sección, el Sr. Pérez Morales (hoy fallecido, pero de grato recuerdo para mí)me pidió que le consiguiera cambio de un billete grande... para mí era mucho dinero... yo tenía 20 años, él ya estaba por jubilarse, debería cobrar 20 veces más que yo,
Mi sueldo lo puse a buen recaudo, en mi Caja de Ahorros, pero el billete del Jefe lo puse provisoriamente en el bolsillo exterior del saco. Poco después tenía que ir a la planta baja y solicitaría el cambio.
No recuerdo por qué razones, me olvidé del mandado y no efectué el cambio solicitado; llegó la hora de salida y me fui con el billete en el bolsillo. Tomé el 156 que iba para mi barrio, Agraciada y San Martín, colgado, abarrotado de gente, sin ningún tipo de problemas y empujando como loco, logré bajarme en mi parada. Dejé el saco sobre una silla en el hall de la pensión, luego de cenar lo recogí y salimos con unos amigos... en fin, el saco (el único) iba conmigo a todos lados y para nada me acordé del dinero.
Fue a la mañana siguiente cuando me percaté de la situación, y ahí sí, cambió todo para mí. Jamás estuve tan preocupado, aquel dinero me quemaba el bolsillo y pesaba enormemente. No sabía dónde ponerlo,... me iré en ómnibus... no, mejor tomo un taxímetro... ¡qué pensará de mí el Jefe? Por Dios, ¡Cuánto dinero! Mirando de reojo para todos lados, opté por tomar un taxi, única forma de superar mi estado de temor y ansiedad.
Fueron las primeras escaramuzas para un canarito que recién llegaba de Rocha. No subí al cuarto piso, a mi Sección, hasta que cambié el billete. El Jefe que como decía antes, cobraba muchos pesos, ni se había dado cuenta de mi olvido, por lo menos, así me lo dijo. Le pedí disculpas, pero no le conté todo lo que íntimamente había soportado… peripecias, sufrimientos y temores.