Año II - Nº 102 - Uruguay, 29 de octubre del 2004
 
- Otra demostración de civismo
- Para no votar al más ignorante
- "Quino" se equivocó: Las negras no dan jaque mate
- Nosotros y la mirada del otro
- Barrio Ventura
- El nuevo Uruguay
- Informe Especial: Elecciones 2004

- Justicia Brasileña: Suspende el mandato del Prefeito electo

- La fiesta de los "bichos"
- Para llegar a Europa
- Rodríguez Correa. Memorias de un maestro
- Anécdotas Bancarias: Reparto de utilidades
- Hurgando en la Web: La historia de los trolebuses de Montevideo II
- Deportivísimo
- Noticias de España
- Comencemos a imaginar el uso del celular en extensión...
- Montevideo Invita
- El ataque de los bloggers
- Bitácora Política
- Bitácora Uruguaya
- Información Ciudadana
- La Cocina Uruguaya
- Rincón de Sentimientos
- El Interior también existe
- Olvidémonos de las Pálidas
- Las Locuras de El Marinero
- Cartas de Lectores

1 Campaa Mundial Seguridad en la Red

 

 

PARA NO VOTAR AL MAS IGNORANTE

&"¡Cómo te atreves tú, Alcibíades! ¡El más ignorante de todos los ignorantes, a levantarte en la plaza pública y arrastrar a los ciudadanos a tu voluntad!", increpaba Sócrates al general ateniense, impotente frente al apoyo popular que recibía aquel. La respuesta de Alcibíades fue categórica: "¡Pero tú con toda tu sabiduría, eres incapaz de convencer a nadie!"& (Diálogos de Platón; Alcibíades)

Durante milenios las palabras encerraron un potencial enorme sobre la vida y la muerte de la raza humana. Esa diferencia esencial que tenemos con el resto de los seres vivos es clave para determinar cómo, y de qué manera, convivimos los humanos en la tierra. El lenguaje ha sido, y continúa siendo, el instrumento más poderoso que han tenido los hombres para imponer su voluntad en el planeta, y por tanto su realidad es compleja, peligrosa y determinante.

Hace dos mil quinientos años, Sócrates descubrió de dolorosa manera que el poder de convicción de las palabras no radicaba en la sabiduría de su contenido ni en la racionalidad de las ideas, sino en la forma de comunicarse con la sociedad ateniense de la época. Supo entonces que la legitimidad del poder en la arena política, reposaba mucho más en la creencia de las personas, -y por lo tanto en la habilidad del que habla para "hacer creer"-, que en el sustrato racional de la masa, la solidez argumental del mensaje o la capacidad intelectual del aspirante a mandatario por voluntad popular.

Pasaron los tiempos y las civilizaciones, pero es fácil constatar que el diálogo del general Alcibíades con Sócrates continúa vigente, poniendo seriamente en cuestión la capacidad de la raza humana para superarse a sí mismo en un aspecto tan esencial de la convivencia civilizada como lo es, sin dudas, el perfeccionamiento del sistema democrático de gobierno.

Hoy, como entonces, parecería que para demasiada gente la realidad no necesita ser real para ser realidad, ni la verdad necesita ser verdadera para ser verdad, basta con que lo parezcan y estén alineadas con los deseos y las expectativas, propias o inducidas, de las grandes mayorías para que sean aceptadas como si lo fuesen.

Es que al fin de cuentas en sociedades donde los medios de comunicación, la publicidad y los intereses corporativos modelan la estética, crean patrones de comportamiento sin fundamentos éticos, promueven el nihilismo y terminan creando un mundo ilusoriamente comprometido con lo fugaz y lo momentáneo, no tiene nada de extraño que finalmente "parecer" resulte en los hechos mucho más importante que "ser". Un fenómeno que trasladado al ámbito político deviene en un electorado que harto de realidades acaba reclamando a gritos promesas, utopías o liderazgos mesiánicos.

En este escenario llevan todas las de ganar quienes, como el general Alcibíades, pese a su escasa cultura y su léxico vulgar, tienen mayor capacidad para intuir lo que la sociedad quiere oír, y saben adaptar astutamente su discurso a tales deseos. En cambio quienes, como Sócrates, desde una racionalidad académica pretenden convencer a la gente con información fidedigna, pero con un discurso que no sintoniza con las necesidades psicológicas y espirituales de la gente en términos de esperanza y de cambios que sean promesa de tiempos mejores, hoy como entonces, carecen de poder de convocatoria popular.

A esta milenaria capacidad de comunicación con la masa, los trapecistas del idioma han agregado otra pirueta lingüística, fruto de las modernas formas de comunicación, y que se potencia sinérgicamente con la anterior, para mejorar la penetración del mensaje en la población o, más importante aún, la imagen del mensajero en el inconsciente colectivo. Dicha habilidad es la capacidad de generar códigos de lenguaje capaces de resumir ideas-fuerza en los breves instantes que los medios periodísticos modernos destinan a los actores políticos y que constituyen uno de los mecanismos formadores de imagen y de opinión más importantes que existen.

Una opinión que tendrá un peso específico trascendental a la hora de elegir quienes habrán de gobernar los países.

Esto hace que la destreza para crear y resumir en dos minutos un discurso público con categorías conceptuales fáciles de digerir por el consciente colectivo, se haya convertido en un aspecto de vital importancia en la estrategia comunicacional de los políticos actuales, quienes además cuentan hoy por hoy, con el soporte de modernos filólogos que han perfeccionado el ejercicio espurio del idioma como instrumento de dominación, degradando con su uso maquiavélico la dignidad del habla humana y del ejercicio de la política. Reduciendo la primera a una retórica falaz e irresponsable y a la segunda a un oscuro objeto de poder, en una estrategia donde vale todo: mentir, ocultar la ideología o abrazarse con anatematizadas culebras morales de ayer.

En este esquema cabe preguntarse que lugar le corresponde a la verdad, a los valores éticos democráticos y al respeto por la integridad moral del hombre como ser racional y libre. La ausencia de estos elementos en una estrategia exitosa, cualquiera sea ella, para alcanzar el poder, es una forma históricamente probada de abrir la puerta al despotismo y a la tentación totalitaria.

Cuando el lenguaje se utiliza para explotar sin escrúpulos las angustias y carencias de los postergados, para manipular los sueños y las ilusiones de un colectivo, las palabras pierden su dignidad y su decoro para adquirir el tono ominoso del populismo demagógico o del totalitarismo encubierto. Y cuando la lluvia de falacias verbales deviene en incontenible diluvio, es hora de prepararse para lo peor. No deberíamos olvidar que el lado oscuro del lenguaje nunca ha sido ajeno a los horrores de la historia. Las lóbregas botas del totalitarismo siempre llegaron calzadas, afirmadas, en los estribos brillantes de un lenguaje carismático pero artero, de hombres que mediante palabras adecuadas a su tiempo y sus circunstancias políticas, encandilaron multitudes, enardecieron naciones, precipitaron revoluciones, provocaron guerras y desataron persecuciones, holocaustos y pogromos que acabaron con la vida y la libertad de millones de seres humanos. No es casualidad pues, que Hitler, Goebbels y Lenin, por citar tres de los peores ejemplos, hayan sido brillantes oradores y, sobre todo, grandes manipuladores del lenguaje.

Hoy, mientras los uruguayos velamos nuestras armas cívicas en la antesala del cuarto secreto donde vamos a decidir el futuro de la nación por los próximos cinco años, estas modestas reflexiones pretenden contribuir a que tratemos de perfeccionar la práctica de la democracia en nuestro país no dejándonos confundir por viejas y nuevas formas de prostituir la voluntad del soberano. No dejarnos engañar por la manipulación mediática del lenguaje donde las palabras, pueden estar, y seguramente muchas de ellas están, cuidadosamente diseñadas con el único objetivo de alcanzar el poder mediante la mentira lingüística, que al decir del juez Baltasar Garzón, también es violencia, violencia simbólica. Que es la más insidiosa de todas

Mientras el lenguaje no recupere su condición de atributo privilegiado de la raza humana, su lugar perdido como instrumento idóneo para la defensa de valores básicos como la libertad, la dignidad del hombre, la tolerancia y la ética democrática, tal vez sea necesario ponderar nuestro sufragio tomando en cuenta otros elementos más seguros y más difíciles de tergiversar, como por ejemplo los hechos, las actitudes y los valores que a lo largo de su vida han tenido y sustentado todos, y cada uno, de los candidatos que hoy nos están pidiendo el voto para sentarse en el Parlamento o en el sillón presidencial.
Y si finalmente tenemos en cuenta que esta campaña electoral ha sido la más estéril de todas las que se recuerde en términos de propuesta y confrontación de ideas, si sólo nos vamos a guiar por la imagen multimedia y ultralight que las empresas de publicidad de los distintos partidos trataron de vendernos en este mes de octubre, corremos el serio riesgo de terminar votando a un candidato que sea, como decía Sócrates del general Alcibíades, el más ignorante entre los ignorantes.

Montevideo, octubre de 2004