Nosotros y la mirada del otro
Hace cuatro años, escribí un artículo en el foro virtual Rodelú sobre el funesto futuro del Uruguay. Pronosticaba, y por eso lo de funesto, la desaparición del país como Estado independiente. Más allá de que el texto en cuestión haya sido parte integral e inseparable de un trabajo personal de catarsis, luego de una de esas visitas invernales que los uruguayos en el extranjero tanto padecemos de vez en cuando..., había, y hay aún, claros síntomas de esa posible defunción.
Recibí, y no esperaba otra cosa, ladrillos y flechas virtuales en cantidad por parte del público lector, quien así demostró desconocer tanto la Ley fundamental de la Historia como el contenido de una de las canciones más lindas de Mercedes Sosa. La Historia es cambio.
Cambia, todo cambia. ¿Por qué, me preguntaba y pregunto, un país cualquiera, nacido en condiciones específicas dentro de un contexto determinado, no podría desaparecer una vez que esas condiciones y ese contexto hubiesen cambiado radicalmente?
A juzgar por los comentarios de varios compatriotas, el paisíto parecería ser inmune a esos cambios históricos, y estar dotado de una cualidad divina, la cual lo protege de los vientos huracanados del tiempo, capaces de llevarse al pasado a un imperio tan vasto como el romano, a uno tan longevo como el austro-húngaro y a otro tan armado como el soviético, pero no de devorar, en un soplo, a la otrora sonriente y pacífica República al oriente del río de los pájaros pintados.
En mi artículo quedaba sin embargo claro que no había porqué desesperar: tanto el gobierno nacional, las autoridades departamentales, el himno a la patria, la canción a la bandera, el escudo y la selección de fútbol iban a seguir existiendo, si bien, a juzgar por los calamitosos resultados de esta última, la misma podría perfectamente seguir el destino de la independencia uruguaya, liberándonos así de toda esa vergüenza que periódicamente debemos sufrir quienes residimos en el extranjero...
Lo que realmente peligraba, sostenía en mi artículo, era la razón misma de ser del Uruguay.
Alguno opinará que estoy muy desinformado, pues eso ya ha sucedido, y no hace poco precisamente... Le respondería, en ese caso, que si bien el mundo ha cambiado radicalmente a partir de la caída del sistema soviético y de la reorganización político-militar internacional, un Uruguay independiente es aún posible. Por lo menos desde una óptica teórica.
El presunto fin del Uruguay depende, más que nada, de su propio pasado. Más allá de los cambios hegemónicos en Occidente luego de la Primera Guerra Mundial, más allá de la división del globo durante la Guerra Fría, más allá incluso de los cambios geopolíticos acaecidos a partir de 1989, lo realmente substancioso para el tema que nos ocupa estuvo siempre dentro de fronteras. Quienes opinan lo contrario sufren de la misma enfermedad fatalista que quienes por costumbre o convicción gustan depositar en otros las grandes responsabilidades. Son ellos, que en una actitud adolescente, siempre le echan la culpa a factores externos, sean estos el frente imperialista o el fondo monetario.
Decir esto es decir que debemos dejarnos de buscar cabezas de turco y concentrarnos en nosotros mismos, en nuestras características, en nuestros héroes y prohombres, en nuestras ideas, en nuestra idiosincracia, en nuestra forma de ser y hacer.
Asombra, dentro de esta perspectiva, las reflexiones elaboradas por visitantes extranjeros durante largas décadas y más de un siglo también. Visitantes que llegaron al puerto de Montevideo antes de la Guerra Grande, durante y luego de ella. Gentes que nada sabían de tertulias azoteanas en las plácidas noches veraniegas, o de bruscos cortes tangueros o de interminables mateadas o, siquiera, de bizantinos tejes y manejes en los laberínticos corredores de la política, pero que a pesar de ello, ¡o quizás justamente gracias a ello!, nos supieron atravesar con la mirada y resumirnos en palabras crudas y en juicios certeros.
Un ejemplo de esta visión extranjera de la historia del Uruguay es la que hoy descansa en los archivos suecos, en los tranquilos depósitos de documentos construídos bajo la piedra granítica de Estocolmo. No fue fácil para mí, desde el punto de vista emocional, leer lo que habían escrito enviados especiales, hombres de negocios, diplomáticos y periodistas suecos entre 1828 y 1973. No fue fácil, pues yo empecé la lectura ab ovo, desde el inicio mismo, y a medida que avanzaba en los dossiers y en el tiempo sentía, con pesadumbre y nostalgia, cómo se iba acercando la guadaña que cercenó la democracia y dividió en dos la historia de nuestro pueblo. Porque se le vea como se le viere, incluso aceptando la teoría de la continuidad histórica, siempre habrá un antes y un después del Proceso. Y un Proceso mismo en el medio, que carcomió, atormentó y dio muerte a una forma de vida.
Los análisis suecos encierran muchas de esas verdades que los uruguayos mismos gustamos verbalizar cada vez que nos enojamos con el gobierno, con el vecino, con el jefe o con el cuñado, pero que rápidamente olvidamos una vez superado el trance. Sabíamos, por ejemplo, que la tercera parte de la población no podía mantener un Estado de Bienestar para todos los uruguayos. Sabíamos que la emigración y las cada vez más frecuentes visitas de los representantes del FMI no eran buenos síntomas. Sabíamos que la apacible vida cotidiana de los cincuenta y los primeros sesenta ya pertenecía al pasado cuando los diarios contaban de cárceles del pueblo y represión militar. Pero de alguna manera, vivíamos en la esperanza de que todo eso era pasajero.
Los ojos nórdicos, sin embargo, pudieron también ver otras cosas, atizbar un horizonte más lejano, seguramente que no sólo por nórdicos sino que también por poder mirar el entorno sin los apasionamientos que despierta y alimenta la subjetividad. Y asombra leer --yo me asombré y creo que todos lo harían-- que ya en 1958 los emisarios suecos vaticinaron el golpe de Estado que llegaría quince años después.
La mirada del otro es un espejo. En la mirada del otro, si el otro es suficientemente inteligente y sensible, nos podemos ver y estudiar. Por eso, la escritura de mi libro Todos contra todos me enseñó tanto de mi propia historia y me ayudó a comprender también por qué motivos estaba yo allí, en una bóveda de granito abarrotada de documentos, varios metros bajo el nivel del mar, en la capital del Reino de Suecia.
Marcos Cantera Carlomagno
Doctor en Historia, Universidad de Lund, Suecia