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Año V Nro. 332 - Uruguay, 03 de abril del 2009   
 

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Fernando Molina

Bolivia, atrapada entre Chile y Perú
por Fernando Molina

 
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         Desde la Guerra del Pacífico, las relaciones entre los países beligerantes han tenido una característica: Chile y Perú siguieron enfrentándose, aunque con otras armas (la política como continuación de la guerra), y el principal escenario de esta lucha fue el tercer actor de la guerra: Bolivia.

         Un síntoma de ello es que las elites bolivianas se hayan dividido, a lo largo del último siglo, en dos bandos. Un sector “peruanófilo”, generalmente más nacionalista y empeñado en reivindicar, en alianza con el Perú, el territorio perdido por ambos países en la guerra; y un sector “chilenófilo”, más pragmático, para el cual sería mejor conseguir alguna concesión chilena que alivie el enclaustramiento de Bolivia (causado por la conflagración). Esta ala de la dirigencia nacional recomienda sospechar del Perú, que supuestamente trata de boicotear un acuerdo de acceso al mar. Perú tendría dos razones para ello: mantener a Bolivia de su lado y evitar que Chile entregue a nuestro país algo del territorio que en sus días fue peruano (y que es el único que geográfica y militarmente podría ceder Santiago).

         Las maniobras peruanas y chilenas para ganar influencia sobre la política exterior boliviana han sido recurrentes. El penúltimo episodio se dio en 2003, cuando el gobierno “chilenófilo” de Sánchez de Lozada acarició la idea de exportar gas hacia Norteamérica a través de un puerto chileno, lo que el presidente Lagos intentó facilitar y el presidente Toledo, impedir. Perú ofreció el puerto de Ilo para el mismo cometido, aunque su ubicación –más alejada de los pozos– lo volvía financieramente inviable. Según el gobierno boliviano de entonces, la verdadera intención del Perú no era promover su puerto sino aumentar las dificultades políticas que ya tenía el proyecto de exportación, con el propósito de anularlo y así proteger al yacimiento peruano de Camisea (que entonces era para uso interno, pero donde hoy se construye una planta de licuefacción del gas para exportar a México). Además, con eso Perú se aseguraba de que Bolivia continuara alejada de Chile.

El giro hacia Santiago

         El nacionalismo de Evo Morales hacía previsible que su gobierno tuviera una política “peruanófila”, pero no ha sido así. Chile jugó muy bien sus cartas con el mandatario indígena. La izquierda chilena –que forma parte de la coalición gobernante– saludó su asunción. La Cancillería chilena intentó enmendar la plana con él, luego de su dura polémica con el gobierno precedente, presidido por Carlos Mesa. El consulado chileno en Bolivia inició una campaña para promover el conocimiento de su país, enfocado especialmente en la nueva élite política del país. Y la presidenta Michelle Bachelet ha apoyado a Evo frente a todas sus dificultades internas, por ejemplo durante los enfrentamientos del año pasado en contra de la oposición regional. En su condición de presidenta de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), Bachelet aceptó la interpretación oficial de la rebelión opositora de octubre de 2008 como un “golpe civil”, mandó un emisario para facilitar el diálogo con los prefectos rebeldes, y finalmente endosó la investigación de los hechos sangrientos de esa fecha, dirigida por un activista argentino de derechos humanos, quien prácticamente reprodujo la versión gubernamental sobre lo sucedido.

         Aunque puede decirse que en el plano convencional de las relaciones internacionales este comportamiento es el único posible, el argumento no es aplicable a Chile, ya que este país, en tanto tradicional “enemigo” de Bolivia, siempre mantuvo extrema discreción respecto a las disputas internas del país. Es posible constatar entonces una estrategia chilena para “simpatizar” con Morales, en la cual hay que inscribir también la actuación del secretario General de la OEA, Miguel Insulza, prominente miembro del oficialismo chileno. Hoy Insulza es uno de los hombres más odiados por la oposición boliviana.

         Al mismo tiempo, las cancillerías de Chile y Bolivia iniciaron un diálogo bilateral con una “agenda de 13 puntos”, que incluye la cuestión de la salida al mar. El intercambio diplomático entre ambos países ha sido, según el ex canciller boliviano Armando Loayza, “fructífero” en temas aduaneros, limítrofes, económicos, militares y culturales. El canciller David Choquehuanca ha informado de importantes avances en la semi secular disputa fronteriza por las aguas del Silala. Pero todos desconocen lo que se habló sobre el mar, pues la negociación al respecto puede calificarse, como dice Loayza, de “sigilosa”. En 2007 el cónsul boliviano en Chile, Enrique Finot, fue destituido por informar a la prensa, con optimismo, sobre el diálogo bilateral. Hace unos días, Choquehuanca informó de que los avances son muy lentos, pero también dijo que los bolivianos “no estamos desesperados”.

         En suma, las relaciones son tan buenas que el presidente Morales “olvidó” mencionar el diferendo con Chile en sus dos últimos discursos ante la Asamblea de las Naciones Unidas, rompiendo una tradición diplomática muy enraizada. De la misma manera, Bolivia se mantuvo prácticamente al margen mientras dos aliados de Morales, el presidente Hugo Chávez y el líder cubano Fidel Castro, chocaban con las autoridades chilenas por defender el derecho boliviano al mar. En esos enfrentamientos verbales –el segundo ocurrido hace un mes como consecuencia de la visita de Bachelet a Cuba–, los chilenos no se inhibieron de repetir su vieja posición, es decir, de que no cederían un pedazo de costa con soberanía, como Bolivia demanda desde el comienzo. El portavoz de Bachelet dijo además que el tema sería “bilateral hasta la eternidad”. Pese a ello, la Cancillería boliviana no protestó y se mantuvo cerca de Chile. Choquehuanca afirma constantemente que Bolivia no ha descartado hacer su reclamo por la vía multilateral, pero también añade que por ahora optará por el diálogo directo.

         Esta actitud es la que el presidente peruano Alan García calificó hace pocos días como “renuncia” boliviana a la demanda marítima. La intención de García –y, poco antes, del Canciller peruano– fue desestabilizar el alineamiento Bolivia-Chile. García incluso sugirió que Bolivia ya había recibido algo a cambio de su nueva postura. Probablemente se refería al apoyo chileno a las políticas internas de Morales.

Tan lejos de Lima

         El acercamiento de estos años entre Bolivia y Chile, cumpliendo una suerte de determinismo histórico, ha sido simétrico al alejamiento boliviano-peruano. En parte, las razones son ideológicas, pues, aunque no se puede decir que el gobierno chileno sea “anticapitalista” o que tenga políticas muy distintas a las de Alan García, ha tenido la suerte, el cuidado y el oportunismo de no chocar contra el gobierno de Morales en temas en que sí lo ha hecho García, es decir, el comercio andino con Europa, las relaciones latinoamericanas con Estados Unidos y la agitación chavista en el Continente. De este modo, la cercanía cultural, económica y comercial entre Bolivia y Perú ha terminado jugando en contra de éste.

         Por otra parte, Perú ha seguido con su permanente “guerra fría” en contra de Chile, lo que lo llevó a plantear una demanda en la Corte Internacional de la Haya reclamando una nueva definición de los límites marítimos entre los dos países. Esta demanda, que en caso de ganarse podría darle al Perú el control de 100 mil kilómetros cuadros de mar de gran riqueza piscícola, ha sido interpretada por Bolivia –hoy “chilenófila”– como una argucia peruana para impedir que Chile ceda a Bolivia un “corredor” territorial en su extremo septentrional, que es la única salida con soberanía posible. Este corredor llegaría justamente hasta la zona marítima en disputa. Por supuesto, Chile no podría darle a Bolivia “cualidad marítima” en un lugar del océano reclamado por el Perú. Según esta lectura, la demanda peruana sería, entonces, un intento de curarse en salud y de parar anticipadamente cualquier oferta demasiado generosa que quisiera hacerle Chile a Bolivia.

         La teoría parece exagerada si se toma en cuenta que la Constitución chilena prohíbe ceder territorio y la Constitución boliviana obliga exigirlo. Por tanto, la solución del “corredor” parece ser muy remota como para mover al Perú a una maniobra tan extremosa, que mal manejada podría incendiar el polvorín nacionalista depositado en ambos países y ponerlos en serio riesgo. Sin embargo, Evo Morales usó la conmemoración del aniversario de la invasión chilena al litoral boliviano, el 23 de marzo, para estrellarse contra… el Perú y criticar su demanda limítrofe sobre la base de la mencionada teoría. Morales dijo que la demanda busca perjudicar a Bolivia. El vicecanciller Hugo Fernández afirmó que la acción peruana afecta una de las opciones que se está discutiendo con Chile. Sin duda se refería a la concesión de un “corredor” sobre la actual frontera chileno-peruana.

         Son estas declaraciones bolivianas a las que respondieron los peruanos con el argumento de que Bolivia está fuera del asunto, ya que “hace tiempo renunció a reclamar el mar”. En otras palabras, con el argumento de que Bolivia ya forma un bloque con Chile. A manera de réplica, Morales recurrió una vez más a su ya varias veces expresado ataque a… la gordura del presidente peruano.

         130 años después de la Guerra del Pacífico, los tres contendientes siguen pinchándose, aunque afortunadamente sólo con palabras. En plena guerra, Perú y Chile ocupaban los dos polos y Bolivia estaba más o menos en el medio (el corazón con el Perú, la cabeza con Chile). Hoy la situación sigue siendo semejante. El destino de Bolivia parece ser no poder defender sus intereses más que apoyando a uno de los grandes en contra del otro. Antes, fue la aliada “natural” del Perú. Ahora aparece del lado chileno. La pregunta es si logrará algo con ello o, en cambio, terminará como otras veces: engañada por sus dos pretendientes.

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Fuente: Pulso
 
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