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No preguntes lo que tu país te puede dar, sino lo que tú puedes darle a él.
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Año V Nro. 393 - Uruguay, 04 de junio del 2010 |
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En el norte rochense, separándonos del imperio brasileño y fijando límites entre ambos países se encuentra el arroyo Chuy con su frondosa vegetación, acompañando su curso zigzagueante hasta su desembocadura en el océano atlántico. En sus comienzos esta zona fue la cuna de varias culturas que pese a su resistencia, con el paso de los años se fueron sometiendo a los cambios generacionales.
Para que esto fuera posible existió un periodo de convivencia entre los primitivos habitantes y quienes fueron llegando en nombre de otras culturas mas “civilizadas”. Esa convivencia tiene que haber marcado una época desconocida pero real, donde diversos aspectos de la vida cotidiana fueron señalando el rumbo de las nuevas generaciones. Es posible que muchas culturas se fueran sucediendo entre los siglos 18 y 19 las que fueron absorbidas y terminaron desapareciendo ante el avance de otras comunidades. Es difícil comprobar pero fácil de imaginar la existencia de los testigos que servirían hoy para dar base y rescatar el origen de esta frontera a partir del sometimiento de los indígenas por parte de la población criolla o de las guarniciones militares afincadas en la zona. Péricles Azambulla uno de los historiadores más importantes de Río Grande del Sur con vasta experiencia en el estudio de la región señalaba en una de sus publicaciones que en 1531, Martín Alonso de Souza capitán y navegante de la corte portuguesa de Don Juan III, exploraba sus dominios en los límites del Plata cuando naufragó en la desembocadura de un pequeño arroyo que los indígenas chamaban de Xuié.
También Saint Hilaire que exploró personalmente esta región que tanto le impresionara señaló en sus apuntes que “el arroyo era prácticamente su hogar- refiriéndose a los indios- puesto que las viviendas estaban construidas sobre la margen del mismo y allí transcurría su vida cotidiana, dedicada fundamentalmente a la búsqueda de alimentos mediante la caza y la pesca. Tiene que haber existido alguna guarnición militar destinada a vigilar la frontera o simplemente para contener el avance de los indígenas en dirección al modesto rancherío que se había levantado sobre la margen derecha del arroyo. Mucha agua ha corrido por la zona del marco divisorio desde los tiempos de la colonización para que este enclave internacional se haya convertido en un importante atractivo turístico. Los más antiguos moradores recuerdan con nostalgia las historias de los boteros y pescadores que conjuntamente con los areneros permanecían junto al arroyo la mayor parte de sus vidas. Por aquellos años cuando el silencio de la aldea se disolvía como una bruma sobre los ranchos, el arroyo recibía a estos hombres transformándose en la única fuente de sustento para las pocas familias que habitaban el lugar. Construcciones precarias integraban el rancherío que fue creciendo sobre la margen derecha del arroyo. El paso de los años y los vaivenes del progreso nos fueron alcanzando cosas que no necesitábamos. De esta manera fueron llegando los refrescos multinacionales, el café “cortado”, los cigarrillos Unión y algunas bebidas de alta graduación que fueron decretando el fin de la inocencia. Los caminos mejoraban. Llegaba la luz, el agua y el teléfono a manija con una telefonista que hacía maravillas para obtener una comunicación con tiempo indeterminado pero nunca antes de las 3 horas. Íbamos a la central telefónica pedíamos el número y volvíamos horas más tarde para poder comunicarnos.”
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