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Lástima grande…
por Fernando Pintos
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Lo presencié, entero, a través de la señal de «FOX Sports». Un partido de fútbol que se disputó en el Estadio Centenario de Montevideo, el pasado martes 3 de febrero. Peñarol no pudo romper el cero y el Independiente de Medellín no quiso otra cosa que mantenerlo inmutable, porque el resultado de una semana atrás en su propia cancha lo favorecía ampliamente. Fueron 93 minutos de fútbol intrascendente, y culminaron con la eliminación del equipo uruguayo para la Fase de Grupos de la Copa Santander Libertadores. Apenas dos horas después de finalizado el encuentro, en el foro digital de la nota con que el diario «El País» informaba lo acontecido, bajo el ilógico título de «Muy lejos de la Libertadores» (¿acaso no habían sido sencillamente eliminados?), se registraban 469 comentarios. Y no quiero transcribir ni siquiera uno. Una gran parte correspondía a un malévolo sarcasmo bolsilludo. Otra gran proporción, provenía del dolor, la frustración y el resentimiento manyas. Y, en definitiva, eran contados con los dedos aquéllos que, siendo de uno u otro equipo, escribían con la mente fría e ideas claras.
El partido me llevó a elaborar algunas reflexiones, que plasmaré en las líneas siguientes. Pero, antes de hacerlo, dejaré en claro que a pesar de mi «ingrata condición de bolsilludo» —como alguien comentó en uno de mis anteriores artículos—, no quería que Peñarol perdiera, ni que quedara fuera de la Fase de Grupos de la Libertadores. Me hubiera gustado que sucediese todo lo contrario. Pero a lo hecho pecho, y frente a determinadas realidades, nada mejor que un análisis serio, objetivo, desapasionado y sin el menor ánimo de ofender o lastimar a nadie. Así que, por favor: a no fastidiar con banales e innecesarios cacareos.
La primera lectura que me dejó este —él sí— ingrato partido, fue la siguiente: mientras un mediano equipo colombiano caminaba por toda la cancha, Peñarol corría sin pausa y en todas direcciones. Lo cual no es criticable. Pero debe anotarse, sí, lo que sigue: jugando en el Centenario, con el apoyo de una afición que llenó buena parte del escenario, un equipo grande de Uruguay que jugó corriendo no pudo siquiera hacerle un gol a un mediano equipo de Colombia que pasó casi todo el partido al tranco. ¿Cuáles pudieron haber sido las causas de tal insuceso? ¿Una mala planificación del DT? ¿Un reiterado desacierto a la hora de hacer cambios? ¿Una insuficiencia técnica de los jugadores? ¿O qué otra cosa?
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Y la segunda lectura es ésta: frente a un rival tibio, que en ningún momento puso el pie en el acelerador, yéndose al abordaje a los puros ponchazos y en base a arrebatos individuales, el equipo uruguayo pudo generar una serie de situaciones favorables para convertir… ¡Pero no concretó ni tan siquiera una! Para citar a unos pocos jugadores: Pacheco se cansó de mandar la pelota por encima del travesaño en tiros libres u ocasiones a bocajarro frente al marco colombiano… Richard Núñez agotó todo su repertorio de centros y centritos a la olla… El Petete Correa entró al campo con no menos de 12 ó 15 kilos de más, y tal condición física se notó, ¡y cómo!, en todas las jugadas en que le tocó participar… Franco lo intentó, una y otra vez, pero desperdiciando algunas ocasiones por lentitud y otras por falta de dirección. Y no en vano los relatores de «FOX Sports» eligieron en el final, como la figura del encuentro, al arquero del equipo colombiano: un paraguayo de apellido Bobadilla, quien, por desgracia y a diferencia de su colega argentino/aurinegro, estuvo vivillo por demás entre los tres caños (por lo menos hubiera tenido un par de descuidos, digo).
Es indudable que el resultado fue un desastre, y no sólo para Peñarol, sino también para el fútbol uruguayo. Me hubiera gustado que en ese Grupo IV de la Libertadores hubiesen quedado dos equipos uruguayos, junto con el Sao Paulo y el América de Cali… Pero no se pudo. Y ahora será el momento propicio para el rechinar de dientes, el reparto indiscriminado de quejas, de culpas y de acusaciones, o los reclamos airados de una depuración absoluta… La cual podrá hacer leña del árbol caído entre los jugadores del plantel, pero jamás entre los propios dirigentes de la institución, quienes son los verdaderos culpables pero que, como siempre sucede en todas las tormentas, saldrán una vez más indemnes, lavándose las manos al mejor estilo Pilatos y culpando de todos los males a medio mundo, incluida la Madre Teresa de Calcuta, menos a sí mismos… Porque, ¡faltaría más!
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Pero veamos, ahora, culpabilidades innegables y bien palpables. La primera tiene nombre propio. Un nombre que todo el mundo —salvo los alcahuetes, celestinos, corruptos y malvivientes— en Uruguay conoce y del cual se abomina unánimemente: Francisco Casal. Por supuesto que ese individuo es la punta de iceberg asesino que ha hundido ese patético «Titanic» que conocemos bajo el seudónimo de «Fútbol Uruguayo». Ese tenebroso personaje y sus envilecidos cómplices se han dedicado a la tarea de convertir a los principales clubes del fútbol uruguayo en instituciones al más puro estilo del Asilo «Piñeiro del Campo» o del tan renombrado «Cottolengo Don Orione». Es decir: un cementerio, no ya de elefantes sino más bien de momias apolilladas, fenómenos de la naturaleza desahuciados (al estilo del Hombre Elefante y la Mujer Barbuda del circo), o dinosaurios con enfermedad terminal y certificado de extinción autenticado ante escribano público… Mientras el presidente de Peñarol se llena la boca ante los medios de comunicación, declarando que en un mes pone de su bolsillo 350 mil dólares para mantener a este plantel —¡plantel que parece una exposición geriátrica!—, cualquiera tendría el derecho de preguntar a cuánto asciende la inversión anual de la institución para sostener ese rubro. ¿Serán unos tres o cuatro millones de dólares? Pues, sea lo que sea, es un dinero terriblemente malgastado. Es un dinero que se emplea para mantener a individuos que pretenden asustar con el nombre —si es que alguna vez tuvieron uno— y con la camiseta. Individuos que tienen el descaro de robarle a un club decenas de miles de dólares al mes, cuando en la mayoría de los equipos de nuestra divisional de privilegio los sueldos oscilan entre los 500 y 1,000 dólares. Individuos que, resulta obvio, se ríen tanto del club como de su parcialidad, porque, después de todo: «negocio es negocio y es mejor pájaro en mano que cien volando», y en consecuencia, chochamu: «¡vamo arriba nomás!»… Unos tipos que como futbolistas son de saldo, de barata, de desecho, y que vienen a Uruguay para conjugar, en forma ciertamente magistral, uno de los más usados verbos lunfárdicos: «garronear». Y también, por cierto: unos pobres tipos a los cuales ni siquiera algún equipito de segunda división en la última liga de fútbol del planeta desearía contratar, ni siquiera para llevarle agua a los jugadores. Y esa legión de infelices y desgraciados es la que, Paco y Cía. mediante, se cuelga de los principales clubes del fútbol uruguayo, para cerrarle el camino a los buenos jugadores juveniles y para hacer de nuestro principal deporte un estercolero y el hazmerreír de medio mundo.
Y ni tan siquiera la presencia de algunos veteranos que conservan clase y se entregan en todo lo posible, al estilo de un Darío Rodríguez (quien por lo menos hace su mayor esfuerzo para justificar el dinero que recibe), alcanza para justificar, ni por lejos, la inextinguible pertinacia vampírica de todo el resto. Pero, a la hora de los platos rotos, la culpa será siempre de los jugadores. Y los fariseos cacarearán, en coro afinado: «Habrá que depurar el plantel». Etcétera. La única verdad es que, sea como fuere, los responsables del desastre continuarán en las mismas: inamovibles, gordos, ahítos, felices. Y haciendo lo que mejor saben: provocar, sin tregua, que los uruguayos produzcan rabietas, bilis y úlceras perforadas, en cantidades industriales.
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