Miembro de
Proyect Sindicate apdu
       
 
separador                                          Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
              
     
Google Buscar en la

 
Año V Nro. 344 - Uruguay, 25 de junio del 2009   
 
 
 
 
historia paralela
 

Visión Marítima

 

Los hombres grises (bolche tupa)
Comunistas y Tupamaros en Uruguay
Capítulo VI
por Prof. Antonio Romero Piriz (Perfil)

 
separador
   
rtf Comentar Artículo
mail
mail Contactos
pirnt Imprimir Artículo
 
 

Memorias de un joven comunista uruguayo integrante de la “Orquesta Roja”, clandestino, preso y exiliado durante la dictadura cívico-militar de 1973 a 1985. La militancia clandestina, la tortura, los cuarteles, el penal de Libertad, el exilio en Suecia, el accionar de las fuerzas de choque. ¿Qué sabe Ud. Sobre la Orquesta Roja y el aparato arpado del Partido Comunista Uruguayo?

Introducción - La Orqueta Roja
- De 1951 a 1967
Capítulo 1 - Años 1967 Y 1968
- El 69
Capítulo 2 - Magisterio y la UJC
- El Frente Amplio
Capítulo 3 - El Movimiento de Independientes 26 de Marzo
- Las elecciones de 1971
Capítulo 4 - Guerra y prisión en el 72
Capítulo 5 - La detención
- El 6º de Caballería
Capítulo 6 - La caballeriza de los encapuchados
- La barraca del Sexto
Capítulo 7 - Punta Rieles
- Libertad: El 5º piso
Capítulo 8 - Libertad: Las barracas
Capítulo 9 - Comunista Clandestino
Capítulo 10 - El exilio: Brasil
Capítulo 11 - El exilio: Moheda
Capítulo 12 - El exilio: Estocolmo
- Epílogo

Punta Rieles

         Poco a poco fueron cambiando los integrantes de la prisión improvisada. Un día se marchó el dueño de una fábrica que era comunista y cuyos empleados eran todos tupas (¿otro de la orquesta roja?). Lo despedí con una imitación de un discurso de Rodney Arismendi (a quien yo imitaba muy bien). Fue muy festejado por todos en la barraca, especialmente por el “vasco” Iparraguirre (cuya viuda es Irma Leites) que nos contaba que había sido del aparato armado del PCU y una serie de ataques con cadenas contra "fachos".

         Yo me arrimaba a todos los que decían haber sido comunistas o hacían manifestaciones pro-soviéticas, pues pensaba que eran también de la “orquesta roja” y ahí teníamos una ocasión inmejorable de convertir al MLN en una organización comunista.

         Un día nos dijeron a nosotros que debíamos prepararnos. En un camión blindado fuimos a Punta Rieles, que más adelante sería el “EMR 2” (Establecimiento Militar de Reclusión número 2, para presas políticas). Pero entonces en sus celdas había una mezcla masculina de “pesados” con “livianos” del MLN y militantes del 26. Nos tocó compartir la celda con el “gallego” Antonio Más Más, autor de varias “boletas” (homicidios).

         Los vidrios de las ventanas estaban pintados de blanco para que no se pudiera ver hacia fuera, pero los tupas se las habían ingeniado para raspar pequeños orificios por donde mirar hacia fuera. Todas las mañanas Más (que ya sufría un desequilibrio mental que luego se agravaría hasta llegar a la locura) contemplaba a los soldados izar la bandera y decía: “¡Qué lindos, ra-ta-ta-ta”, imitando el gesto y el sonido de dispararles con una metralleta.

         También estaba en nuestra celda Samuel “Bolita” Blixen, participante en el comando que matara al profesor Armando Acosta y Lara desde las ventanas de la iglesia Metodista, y actualmente periodista de Brecha y autor de varios libros. Mientras hacíamos gimnasia juntos Blixen me contaba cómo había sido entrenado por el ejército cubano y de sus convicciones comunistas, igual que las mías.

         Listre y Martel (dos “abusos”, fugados de Punta Carretas) estaban también en la celda. Esta era visitada frecuentemente por Mauricio Rosencof, otro ¿ex? bolche como yo. El “ruso” estaba en la celda de al lado con García Vigil, que organizaba “peñas” de “canción protesta” que eran observadas por los guardias desde las rejas.

         Cuando supo que iba a tener mi primera visita, Rosencof me dio un pequeño poema en una tarjetita para que se lo diera a Teresa. No lo recuerdo todo, pero en una parte decía: “Una estrella cansada se posó en la rama. Era la sencilla rama de un árbol cualquiera. En la mañana despertó renovada y se echó a andar”. Y lo acompañaba el dibujo de una flor que para quien la mirara atentamente era la estrella de los tupamaros, con cinco pétalos y un espacio en el centro que formaba una “T”. El texto para un entendido significaba que la lucha revolucionaria continuaba.

         A veces nos sentábamos en el piso a “jugar a la baraja” pero en realidad Blixen nos leía informes políticos que le habían llegado de la dirección en hojillas, en las propias narices de la guardia.

         Jorge Seines era el más joven de nosotros y Más Más le hizo objeto (¿en broma?) de múltiples sugerencias homosexuales. Llegó al punto de sacarlo a bailar y hacer una “broma” fingiendo tener una erección debajo del pantalón, donde había ocultado una banana.

         La comida era mejor que en el cuartel, y todos se asombraban de vernos engullir un guiso frío que nadie quería pues recibían alimentos de los familiares. Para las comidas se armaba una mesa larga en el pasillo entre las celdas, oportunidad aprovechada para el intercambio de información.

         Según se nos dijo, en una celda aislada estaba el responsable de la muerte de los cuatro soldados, cuya foto veíamos por todo despacho militar o juzgado al que nos llevaran. Estas muertes injustificables, así como la del peón Pascasio Báez, no se hablaban, y se trataban de olvidar.

         Fue en Punta Rieles donde tuve mi primera visita. Recuerdo a mi esposa, hermosa como una muñeca, mirándome con ojos de enamorada, y a mi padre, hoy fallecido, conteniéndose para no llorar. Como buen militante, en cuanto el soldado que me vigilaba se descuidó, les dije que me habían torturado, y que lo denunciaran.

         En los recreos había fuertes “picados” de fútbol, y allí me reencontré con Rubén Sassano, mi camarada comunista del 26. En Punta Rieles había mucha más libertad de movimiento que en los cuarteles, y el MLN lo aprovechaba para generar una fuerte organización y formación política de los presos.

         Un día nos anunciaron que nos íbamos para Libertad. Me llamó la atención la despedida tan efusiva que nos dieron todos, con fuertes abrazos. Era porque sabían lo que nos esperaba. En toda despedida nos decíamos la frase del Che: Hasta la victoria siempre.

Libertad: El 5º. Piso

         Subimos a un camión blindado (e iban....) y fuimos esposados en cadena. Yo tenía en una mano a Blixen y en la otra a un “abuso”. El camión marchó horas y horas. Por una ventana cerca del techo sólo veíamos la luna y algunos árboles.

         De pronto se detuvo y por la ventana vimos un edificio de ladrillos iluminado: el EMR 1 (Establecimiento Militar de Reclusión número 1, cercano a Libertad). Las puertas del camión se abrieron y pudimos ver dos hileras de soldados con palos, desde el camión hasta la entrada del edificio. Nos quitaron las esposas. El primero bajó, uno de los soldados le dobló un brazo tras la espalda y gritándole “largo, largo” lo hizo correr a toda velocidad hacia el edificio. Algunos de los soldados lo golpearon con sus palos, riéndose, al pasar. Así fueron bajando uno a uno, y los que veíamos esto desde el camión estábamos aterrorizados esperando nuestro turno. Al fin me tocó, y seguí el mismo camino.

          Entramos al edificio corriendo a toda velocidad, y luego comenzamos a subir escaleras, también corriendo. Iban a ser cinco pisos, cosa que yo en ese momento no sabía. Nos cruzamos con un oficial con un mate y un termo bajo el brazo, que al verme con la cara desencajada y sin aliento le exigió al soldado más velocidad diciéndole: “largo, largo, soldado”. En otro recodo de la escalera un soldado me dio un palazo en el brazo que tenía libre. Al fin llegamos al quinto piso. Caí al piso sin aliento, lanzando un ronquido extraño por la falta de aire. Al quedar en cuatro patas el guardia me hizo continuar gateando dándome patadas en el trasero. Así gateé a lo largo de un corredor hasta la última celda, la 13 izquierda del 5º. B, que sería mi “vivienda” por algunos meses. Luego de entrar, la puerta se cerró a mis espaldas con un chasquido seco. Era un recinto estrecho, con una ventana enrejada que daba a un campo infinito, sin nada. En la pared había un saliente de cemento para dormir, y en un rincón un agujero para hacer las necesidades.

         Pero mis infortunios de esa noche de diciembre de 1972 aún no habían terminado. Cuando aún no había recuperado el aliento, sentí un fuerte golpe contra la puerta de acero macizo, y una voz hecha ronca a propósito dijo: “tupamaro asesino, ¿por qué mataste milicos? Vamos a entrar y te vamos a cagar a palos.” Me puse en alerta, esperando la entrada, pero nada ocurrió. Pensé “¿habrán matado a alguien, qué habrá pasado, dónde estoy, qué va a ser de mí?”. La tortura psicológica prosiguió toda la noche. No pude dormir, y estuve en tensión permanente, recibiendo todo tipo de insultos.

         Cuando saliera al día siguiente, me daría cuenta de que el guardia escopetero del corredor se había “entretenido” conmigo. Pero en aquel momento la sensación de desamparo era terrible. A la mañana siguiente se abrió la ventanilla de la puerta y una cara hosca me dijo: “¡párese firme!”. Traté de hacerlo de un modo muy desanimado, ya que mis nervios estaban destrozados. “Usted va a ir al paredón” fue la siguiente afirmación. Yo ya estaba resignado a cualquier cosa, pues parecía haber ido a parar al infierno, así que a la pregunta de cuál era mi último deseo respondí con un encogimiento de hombros. Entonces la cara hosca se iluminó con una sonrisa feroz y contestó por mí: “¿comer bien?” dejando en la ventanilla un pan con un pedazo grande de dulce de membrillo. Había sido una nueva “broma” de ese humor de torturadores que parecía dominar los primeros tiempos del penal.

         En la tarde apareció Gabriel Elgue a ofrecerme algo para leer. Andaba con una especie de biblioteca ambulante. Cuando abrió la ventanilla yo estaba con la cabeza entre los brazos. Mi gesto le debe haber parecido de tanto desánimo que me dijo: “¡Vamos arriba!”.

         Fui sacado nuevamente a paso largo y con el brazo doblado a la espalda. Me raparon a cero, estado en el que sería sistemáticamente mantenido durante los siguientes dos años. Se me entregó un mameluco con el número 705. Al revisar mis pertenencias un sargento y dos soldados encontraron una foto de mi esposa y se pusieron a hacer comentarios sobre ella en mi presencia. De pronto se dieron cuenta de que los estaba mirando con cara de furia y suspendieron los comentarios, pero me trataron duramente en todos los trámites siguientes.

         Con Blixen (704) pasamos a que nos hicieran una ficha. Mientras esperábamos en el corredor, miraba los techos y cada rincón del penal. Su comentario fue “parece sólido”. En el quinto piso sector B había muchos presos de Paysandú. Con uno de ellos apodado “el diablo” compartiría más adelante mi celda 13 izquierda. Pero por unos días estuve solo. Junto a mi celda trajeron a Julio Sande, “el abuelo”. Cuando repartían la comida y quedaba la ventanilla abierta sacábamos la cabeza y charlábamos. Frente a nuestras celdas estaba un amigo suyo, hijo de un legislador blanco, con un modo de hablar afeminado. Había otro de los presos de Paysandú con aspecto de homosexual. Me preocupaba que ese aspecto no concordante con el de un revolucionario (como yo lo imaginaba) desprestigiara nuestra causa. No parecía congruente el tener “guerrilleros maricas”.

         En la Navidad de 1972 asistimos a un oficio religioso ecuménico en la planta baja. Había sacerdotes y pastores entre los compañeros presos, y todos, agnósticos y ateos incluidos íbamos a las misas a salir un rato y comer pan y vino.

         Los compañeros presos en el primer piso no podían participar porque eran “asesinos” Nos pusieron parados en filas. Blixen se sentó en el piso y un oficial lo hizo pararse hablándole de muy mal modo. El cura (un francés) empezó a hablar de la Navidad y dijo que dedicaba la misa “a los compañeros que están detrás de las puertas de sus celdas y no pueden estar con nosotros”. Un escalofrío de emoción me estremeció. Y esta emoción llegó a un clímax cuando cantamos "Se precisan niños para amanecer", una canción de Viglietti, con doble sentido referido a la lucha revolucionaria. Era la “orga”, el MLN, los revolucionarios guevaristas actuando en las narices de los carceleros sin que estos se dieran cuenta.

         Desde la baranda del 5º se veía a los presos de otros pisos. Destacaba por su altura Rodríguez Beletti, dirigente de UTAA y del 26 que era “jefe de fajina” del tercer piso. Otro ¿ex? comunista. La “orga” había logrado colocar a sus cuadros en todas las tareas del penal. Salvo la vigilancia, las FFAA habían dejado toda la vida del penal en manos del Movimiento de Liberación Nacional.

         En los recreos “trillábamos” (caminábamos) o jugábamos al fútbol. En los primeros encuentros me asombraron dos cosas: todo el mundo negaba ser tupamaro (“yo no tengo nada que ver, me trajeron equivocado”) y por otro lado se oían feroces conversaciones de lo que harían con los “milicos” cuando los papeles se invirtieran. Si ellos nos habían tenido encapuchados y vendados, la venganza sería ponerles palillos de ropa en los párpados para que no pudieran cerrar los ojos, y cosas por el estilo.

         Un día bajaron a Sendic, Fernández Huidobro y otros dirigentes de un helicóptero. Los llevaron en un camión frente al celdario. Uno de los soldados le iba pegando a uno con un palo. Armamos un escándalo bárbaro, golpeando los barrotes con platos y jarros de metal. Cuando el soldado se dio cuenta de que cientos de ojos lo estaban mirando, tapó su cara con las manos.

         Al principio estábamos mezclados “pesados” con “livianos”, pero pronto se dieron cuenta de que no era conveniente, y a los “pesados” los fueron pasando al segundo piso. Uno de los primeros en ser detectado por un oficial y trasladado fue el “Bolita” Blixen. Ya en el 5º piso empecé a ver lo que sería habitual en las barracas: los libros marxistas con tapas de otra obra “inocente”.

         El ascenso del gobierno peronista en Argentina y la amnistía para los presos políticos dio mucha “manija”. Se golpeaban “bombos” y se decía (en serio): “El Pocho va a mandar aviones a rescatarnos”. Esto era el fruto de la doble relación del MLN con grupos armados argentinos: en su faz “nacionalista” con Montoneros y en su faz marxista-leninista con el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) de Santucho. Ambos grupos tenían en común ser castristas.

         De noche se charlaba por las ventanas de las celdas con la gente de los pisos de arriba o abajo, mientras no se era detectado por los guardias de las torretas. Recibía cartas de la “flaca” Graciela, haciéndose pasar por familiar para darnos a entender que el 26 seguía funcionando. También el partido buscó la forma de conectarse conmigo aún dentro de la cárcel para decirme que no me abandonaba y me seguía considerando un militante comunista.

         En febrero de 1973 nos distribuyeron celda por celda los comunicados 4 y 7.En un análisis primario nos parecieron progresistas. Bajábamos a veces a la cocina a pelar papas. Un día me crucé con Sendic y la plana mayor en la escalera, y otro día me encontré en la cocina con Fernando Vázquez, hoy representante del 26 de Marzo en la mesa política del FA. Nos dimos un gran abrazo y le dije: “¿viste por qué no acepté entrar al UGAF?”.

 
En la próxima edición:
- Libertad: Las barracas
 

Comentarios en este artículo

» Arriba

separador
   
© Prof. Antonio Romero Piriz
 
21
Informe Uruguay se halla Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
Depósito legal No. 2371 deposito Nos. 338018 ley No - 9739, dec 694/974 art. 1 inc A
20
Los artículos firmados son de exclusiva responsabilidad del autor
y no reflejan, necesariamente, la opinión de Informe Uruguay
20
Los enlaces externos son válidos en el momento de su publicación, aunque muchos suelen desaparecer.
Los enlaces internos de Informe Uruguay siempre serán válidos.
21
 
Estadisticas Gratis