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Año II - Nº 53 - Uruguay, 21 de noviembre del 2003

Nuestros Niños -Niños del mundo y de la calle
En el Atlántico rochense: Aguas Dulces
Un viaje hacia el mar
Posición del Movimiento Agropecuario del Uruguay
Una buena forma para entender la Ley de A.N.C.A.P.
Paseando por las neuronas de los recuerdos
Ojos Uruguayos en el Brasil
Hugo "Macaco" Becerra - Una vida sobre ruedas
Sucedió en España
Dura puja del ALCA en Miami
Lamentable... una mancha en el turismo
Hurgando en la web
El Interior También Existe
Rincón de Sentimientos
Olvidémonos de las Pálidas
Correo de Lectores
El Marinero
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

NUESTROS NIÑOS NIÑOS DEL MUNDO Y DE LA CALLE
por Graciela Vera
Periodista independiente
Desaparecen y no dejan rastros como si no hubieran existido.
Son asesinados y quizás no sea esa violencia la mayor que sufren.
 
20 de noviembre: Día Universal de los Niños.
Según la Declaración y la Convención
de los Derechos del Niño:
Un niño es una persona que tiene el Derecho
a ser educado, cuidado y protegido,

La Convención sobre los Derechos del Niño fue ratificada por 192 países. Solamente dos, Estados Unidos y Somalia no la han firmado aunque han anunciado su intención de hacerlo.

Son tan nuestros como de ellos.
Son tan suyos como lo son de nosotros.
Nacen en una patria pero su patria tiene nombre universal: CALLE.
Por eso se los conoce como “Niños de la calle”.
Aquí, allí, en Europa, en América, en África, en Asia u Oceanía, donde quiera que vayamos los encontraremos.
Se nos acercan pidiendo una moneda pero quizás lo que en realidad buscan es tan solo una sonrisa.
Les negamos esa moneda, les mostramos desprecio sin pensar que quizás solamente necesitan que se les
considere como lo que son: apenas niños, en inútil búsqueda de cariño, de consejo y de ejemplo, pero en lo más profundo de esas almas envejecidas prematuramente, son simplemente niños.

Recuerdo el comentario de una Trabajadora Social que por los ochenta integraba un programa con madres y niños carenciados de Uruguay. Estaba en un Centro ubicado en la Ciudad Vieja con niños de corta edad cuando entró al lugar un adolescente de unos  catorce años.

El chico permaneció varias horas en el lugar jugando con todos los juguetes y equipos instalados para recreación de los pequeños. Ella y las otras dos asistentes no se atrevían a decirle nada: le temían.

¿Por qué ese temor? tan sólo porque estaban ante un niño de la calle y por serlo llevaba un estigma sobre sí. 

Cuando me contaba aquella anécdota lloraba. El llanto no tenía otro motivo que un sentimiento mezcla de vergüenza y culpabilidad.

- Gracias, vine porque nunca había tenido juguetes. Es la primera vez que juego y me gustó mucho.

Había terminado de jugar, le habían servido la merienda como a los otros niños (no por solidaridad sino porque temían que pudiera ponerse violento si no lo hacían) y se encaminaba hacia la puerta cuando se detuvo y dijo aquella frase que derribó todos los muros.

Un niño sin infancia. Un niño al que se le escapaba esa no infancia y quería  jugar, aunque fuera una sola vez en su vida.

¿QUIENES SON?

Son niños que han elegido la calle, no por propia voluntad sino como una vía de escape a la pobreza extrema que viven en sus hogares; al maltrato físico y psíquico del que su propia debilidad les hace víctimas; al abuso sexual, más común de lo que quisiéramos pensar que lo es.

Lamentablemente no encuentran la bonanza que buscan y, deshecho casi enseguida el espejismo de una aparente libertad, la suplantan con un pote de pegamento que al menos por unas horas les quita esa sensación de vacío permanente en el estómago.

Los abusos que sufrían en el seno de sus familias se multiplican en la calle. Deben sobrevivir y para ello no encuentran otra alternativa que los pequeños hurtos de los que no dudarán en pasar al tráfico de drogas o la prostitución. Cuando suben a esta calesita infernal la velocidad no les permite apearse.

Son carne de cañón. No tienen nombre individual, se los conoce como niños de la calle y ¿a quién puede importarle lo que le sucede a un niño de la calle?

Si molestan, para eso se han creado los movimientos de limpieza social que, aunque pretendamos cerrar los ojos y negarlos, existen en muchos países y no sólo en los del llamado tercer mundo. ¿Es que hay impunidad para el que asesina, tortura, prostituye un niño de la calle?

La razón nos dice que no, la realidad nos avergüenza. Para la sociedad son apenas “basura social” y aunque nos rasguemos las vestiduras al negarlo, con nuestro abandono lo estamos afirmando.

Y los abandonamos cada vez que pasamos a su lado pretendiendo no verlos ni oírlos. Cuando los esquivamos huyendo de su súplica:

- Señor ¿puede darme una monedita?, tengo hambre.

En Colombia se les conoce como Camines, en algunas zonas

de Europa por Chaveas, en Marruecos se les dice Chamkar y en Brasil Meninos da Rua.

No importa el nombre que se les da. Son niños y niñas que sobreviven solos, formando pandillas, apoyándose mutuamente en un compañerismo que no es tal porque quizás por su propia situación nadie les ha enseñado lo que es la amistad.

¿QUIÉNES LES CUIDAN?

Los niños necesitan apoyo, amor, enseñanzas y eso lo encuentran primordialmente en el hogar y en las escuelas. ¿Quién cuida de los niños de la calle?, ¿quién les da amor… los arropa de noche… les enseña a leer... a crecer…?

Son niños, tienen miedo, hambre, frío y no tienen quién les cure cuando se lastiman, cuando les duelen los dientes o el estómago, cuando un resfrío les provoca problemas respiratorios, cuando la tos les arranca pedazos de garganta… nadie les cuida.

La europarlamentaria Maartje van Putten, preocupada por los millones de niños rusos que forman parte de esta desafortunada etnia los ha definido como “…niños que viven en grupos o bandas y se cuidan entre ellos, sustituyendo en cierto modo a la familia. Son niños de siete u ocho años, procedentes de familias desmembradas, que han tenido que salir de sus viviendas…”

En Guatemala viven más de cinco mil niños en estas condiciones. Provienen de barrios marginados, son expulsados por una pobreza extrema o, como muchos de los niños de la Europa del Este o de África y Asia, por la calamidad de la guerra.

El trabajo que realiza aquí, en Honduras, México y Nicaragua la asociación “Casa Alianza” no es suficiente y el abandono y asesinato de niños continúa.

En Barcelona la Generalitat consideró en más de 300 los niños que deambulan en sus calles ¿Cuántos hay en España?

Ni la palabra de Dios salva a estos niños. La visita de Juan Pablo II a la ciudad de México puso en marcha una operación de “limpieza social”  que abarcó a los niños y jóvenes de la calle que durante esos días y en procura de mostrar al mundo un escaparate ideal, han sido recluidos en lo que las ONG han dado en llamar “almacenes de niños”.

Las ciudades “civilizadas” no pueden mostrar su cara fea y en el intento de ocultarla nos convencemos de que lo feo no existe.

Nadie los cuida, no hay quién piense en ellos y si los hay, no alcanzan a ser suficientes para dar respuestas a tantas voces.

En Vijayawada, India, la mitad de los treinta mil niños de la calle son portadores del virus del sida y el 30 por ciento han desarrollado la enfermedad y en Yakarta, Indonesia, uno de cada siete están infectados.

UNICEF

El balance que hace UNICEF de la situación de los niños en el mundo es simplemente aterrador.

¿Porqué?, ¿acaso porque las cifras nos parecen enormes?

Son cifras que todos contribuimos a acrecentar. Formadas con los números que van creciendo alrededor nuestro. Las integran esos niños que no hemos querido mirar aunque están delante de nuestros ojos.

A finales del año 2000, la mitad de los nacimientos de niños y niñas en el mundo seguía sin ser registrado por lo que alrededor de 30 millones de infantes recién nacidos siguen sin beneficiarse de inmunizaciones periódicas, asistencia sanitaria y escolarización.

En países como el África subsahariana menos de la mitad de sus niños están vacunados contra enfermedades tan comunes como la tos ferina, la difteria y el tétanos.

En el decenio que va de 1990 al 2000 apenas se

logró disminuir la malnutrición infantil en un 17 por ciento y en algunos países de África en lugar de bajar las tasas, éstas subieron.

Más de cien millones de niños en edad escolar no están escolarizados y muchos más apenas si terminan los primeros años de enseñanza.

Hay más de mil doscientos millones de seres humanos en el mundo que carecen de agua potable y muchos son niños.

¿Y LOS NUESTROS?

Son niños uruguayos, no se les ve mucho en el interior del país pero pululan en la capital.

No puedo decir que sean los más desafortunados en su infortunio. Son producto de la muerte del Estado de bienestar que existió y fue orgullo de los uruguayos en la primera mitad del siglo pasado.

Pero el país rico es ahora pobre y los niños de la calle de Uruguay aumentan en número día a día.

Hace tiempo que no los veo. No porque hayan dejado de existir, no porque el país que creó leyes sociales de vanguardia haya restaurado su economía para dar cumplimiento a las propuestas sociales.

No los veo porque no estoy allí. Pero sé que existen, que cuando vuelva a caminar 18 de Julio me seguirán para pedirme una moneda. Que cuando esté saboreando un café en alguna cafetería del centro, entrarán sigilosamente para dejar una estampita, un cartón de agujas o un papelito en el que dirán que son muchos hermanos y que sus padres no tienen trabajo.

Pero estos niños uruguayos son afortunados. Aún queda algo de aquel país y entre el Estado, lo poco que el Estado puede hacer y las ONG se evita que desciendan el último de los escalones de esta infernal escalera que siempre los lleva en dirección descendente.

En este aspecto Uruguay resulta utópico en América Latina. Gobierno, derechas e izquierdas han tomado conciencia, pero, especialmente se ha restado competencia a las ONGs que trabajan con los niños creando una red de sincronización que permite colaboraciones y evita duplicaciones de esfuerzos y lo que es más importante unifica en una sóla la voz que trasmite las necesidades al Estado.

Uruguay previno. Las ONG uruguayas comenzaron a trabajar con los niños antes de que el fenómeno creciera, cuando era incipiente y el temor surgía al observarlo en Argentina y Brasil.

Por 1970 se comenzó a trabajar en sectores carenciados y mientras las economías arrojan a la calle miles de niños todos los días, en Uruguay el número es sensiblemente menor al que se podría haber previsto.

Gurises Unidos y El Abrojo tienen mucho que ver con estos datos pero pese a su incansable trabajo no

podemos obviar que están allí, que cuando subamos a un ómnibus de transporte capitalino ellos también lo harán para reclamarnos un poquito de atención, una moneda, o más importante, una sonrisa.

Almería, 19 noviembre 2003