| El "Cabezón Olmos" |
|
Hombre, Manos y Madera
|
|
|
El profesor y periodista olimareño Juan Casalla hace un año que saldo una deuda de gratitud con el “Cabezón” Adán Olmos y su familia escribiéndole una carta dictada por el corazón. Decía Casalla que poco antes de su muerte le había obsequiado un ejemplar del libro “HISTORIAS DE LA VACA AZUL” y que éste le había reprochado la ausencia de una dedicatoria señalándole que iba a esperar por ella para leer el libro.
“Por flaqueza y miedo no fui a verlo al hospital. Cuando forzaba mi ida, a modo de justificación para no hacerlo, recordaba sus palabras, dichas en nuestro ranchito en la Barra del Chuy, mientras comíamos un asado: “...mirá, hermano, cuando un amigo se enferma y está al borde de la muerte yo prefiero no verlo y guardarme el recuerdo de lo que realmente fue y es, aunque si me llama a su lado voy a estar”. Él era más noble que yo. No me atreví a verlo de otra manera que con su clásica e hidalga estampa de siempre.
Cuando mis hijos se enteraron de su muerte lloraron largo y tendido. Juanele, el más chico, decidió transformarlo en un “fantasma bueno” que lo va a rodear siempre para cuidarlo y protegerlo. Para mi hija Belén, más grande, el tema fue más difícil de asimilar porque tenía un cariño muy especial por el “Cabezón”. Mientras estaba vivo pero enfermo, ella e incluso mis sobrinitos, Sofía, Joaquín y Josefina, se dedicaron a empapelar la casa con cartelitos que decían: “Que no muera, que no muera, el Cabezón” y cerraban sus mensajes al aire con unos enormes corazones azules.
Mi hija finalmente optó, para exorcizar su dolor, por escribirle mensajes en las noches y guardarlos debajo de su almohada. Mensajes que yo religiosamente retiraba al día siguiente, antes de salir para el trabajo y mientras ella dormía. El primero de esos mensajes decía más o menos así:
“Cabezón, te queremos hasta el cielo. Tenías un problema grave
pero ya pasó. Sólo nos separan caminitos y viajando por ellos vamos
a encontrarnos. Te escribo esta carta para que vengas a buscarla y
si te gusta mañana te escribiré un cuento y pasado otro...”
Al mensaje le agregó un barquito de papel con su nombre porque recordaba que su amigo tenía problemas cardíacos y no iba a poder nadar en el caso de encontrar agua separando los caminitos.
En mi caso, el de Valeria, el de mis padres, el de Gloria y Eduardo García, seres preciosos por su integridad humana, todo se hace más difícil porque no vemos con la sabiduría de un niño que con su realismo mágico organiza el universo como lo siente su corazón.
Lo vamos a extrañar muchísimo y en especial cada diez de enero, fecha del cumpleaños de mi padre, circunstancia a la cual nunca faltaba, era el primero en llegar y el último en irse. Al lado del fueguito tuvimos trasnochadas inolvidables. La última vez se apareció con un soplete para que ahorrara tiempo e hiciera rápido los chorizitos a la parrilla, porque según él, por más que me preocupara siempre terminaba haciendo chicharrones. Así que lo mejor era salir de una vez por todas del asunto y aunque mal no fuera evitarnos el ahumado de siempre. A mi madre, ese mismo día, le regalo un yugo de madera con la inscripción “Vamos Tito!, todavía”. Y el homenajeado, recibió como era habitual un aborigen de madera realizado magistralmente por el “Cabezón”, quien era un verdadero artista y poeta eximio de la madera. La hacía hablar y expresarse como nadie.
El primer trabajo que le obsequió a mi padre lo realizó en una corteza de árbol, creo que era de un pino, en donde dibujó a fuerza de cuchillo, inspiración y talento, un rostro del cacique charrúa Zapicán.
Para el siguiente cumpleaños encontró una madera errante en la playa de la Barra del Chuy, la recogió, pulió, y terminó dándole la forma que buscaba: la cabeza de otro aborigen, pero esta vez de perfil.
En el último cumpleaños que disfrutamos juntos cerró su ciclo con una lanza emplumada que logró extraer, trabajando pacientemente, de un tronco de coronilla.
Yo recuerdo haberle recriminado que nunca me había dado ninguna de sus creaciones y él prometió hacerme un hornero, él sabía de mi admiración por ese pájaro. Lo que me sorprendió fue que también, aparentemente, tenía a una mujer embarazada que había creado para mí y que no se había decidido a entregarme porque dudaba sí era de mi agrado.
El “Cabezón” dentro de su aparente dureza escondía una fina y sensible espiritualidad que no sé porque razón no era frecuente que la mostrara.
En sus trabajos en madera, por suerte, aún quedan muchos vestigios en su querida Barra del Chuy. Incluso en nuestro ranchito tenemos colgado uno de sus trabajos. El “Cabezón” sabía lo que mi abuela Maruja Fernández significó para todos nosotros y un día, en silencio, dejó un cartel recostado a la puerta de nuestra casa, exquisitamente grabado en una plaqueta rectangular de madera, que decía “La abuela”. Le costaba mucho asimilar los protocolos afectivos por lo que lo dejó y se retiró apresurado.
Pero, de todos modos, aunque no lo deseara su afectividad le brotaba por todos los poros de su cuerpo. Por supuesto que fiel a su “recia” apariencia jamás lo reconocía prefiriendo pasar por “duro” e “inflexible”. Aún así bastaba conocerlo un poco para hallar su profunda dulzura.
Siempre que hablaba de su familia se le iluminaba la cara. Se jactaba diciendo que él para su hija era intocable y guarda que fueran a decir algo en su contra porque ella enseguida salía en su defensa. Bueno, que decir de Mayra, la luz de sus ojos e inspiración de su vida. De su mujer, noble, leal e inteligente compañera de vida, por la que sentía una gran admiración colindando con el endiosamiento. No se la podía tocar ni siquiera con una broma infantil. De su hermano hablaba con un afecto sin igual y no dejaba de comentar sus aventuras y pormenores cotidianos. Así mismo tenía comentarios muy tiernos cuando se refería a sus sobrinitos, a los que adoraba.
Era un adicto a las cazuelas de mondongo que hacía mi padre. Llamaba la atención su costumbre de comer poniendo debajo de su mentón su mano izquierda con la palma hacia abajo.
En esas reuniones generalmente se lucía con su oportunismo, picardía y buen humor. Hablaba de su época de golero en el club Nacional en Treinta y Tres y siempre hacía enojar a mi padre. Comentaba que ni él, ni sus demás compañeritos de la Vaca Azul le habían podido hacer un gol. Su lectura del tema, y ahí se explicaba el enojo de mi padre, era que con su figura imponente y sus grandes manos, los impresionaba tanto que asustados y temblando terminaban pateando con pies de bananas.
Naturalmente que en estas conversaciones también se filtraban sus aventuras amorosas, en tiempos de soltería, con mi padre, sus salidas a los boliches y algunos que otros desajustes.
Eran clásicos los enfrentamientos, con otro ser humano magnifico, el “Toto” Fernández, gran amigo nuestro. Los tres se juntaban los diez de enero y recreaban una atmósfera impagable e irrepetible por la belleza afectiva que transmitían. Era lindo verlos abrazarse, con esos cuerpos a cual de ellos más endurecido, y, sin embargo, al encontrarse eran fáciles las lágrimas y los abrazos. Parecía un ritual porque siempre culminaba por las madrugadas en un diálogo repetido:
- - “Tito, vos sabés que te respeto mucho (léase “quiero mucho”).
- - Vos también lo sabés, Cabezón.”
Obviamente, hasta ese corto y parco diálogo surgía bajo el influjo de algunos vasitos de whisky, que a escondidas a veces se permitía el “Cabezón”. Luego mi padre, esquivando obstáculos inexistentes y hallando por azar la puerta de nuestra casa se acostaba a dormir. Yo prendía el motor del auto y llevaba al “Cabezón” que enfrentando los mismos obstáculos se introducía en el vehículo. Lo dejaba en su casa y con sus manos en alto y sacándose su reconocida boina blanca se despedía hasta el próximo encuentro.
Así quiero recordarlo, en su plenitud física, con su prestancia y fortaleza habitual. Con su sonrisa fresca y sonora. Con su picardía e ingenio capaz de animar al auditorio más amargo. Ejerciendo su oficio de carpintero, sumergido en sus maderas y herramientas. Acompañado en su taller por sus compañeros de trabajo: el escoplo, el martillo, el taladro, el berbiqui, el destornillador, el gramil marcador, la escuadra de comprobación y su portaherramientas. Aserrando, amuescando y cepillando. Con olor a pinoteas, abedules, cedros y robles. Rodeado de puertas, ventanas, armarios, estanterías, mesas, bancos y otros enseres.
Pero también en su mundo de besos, apretones de manos y abrazos. Con su alma siempre joven y soñadora en continuo vuelo y bohemio vagabundeo.
En sus caminatas por las calles de Treinta y Tres y por la playa de la Barra del Chuy. Con su capacidad inagotable de seducción. Con su lectura generosa y abierta de la palabra amistad.
Y en su diaria poesía moldeada con sus manos y construida con madera y aserrín.”