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Año V Nro. 343 - Uruguay, 19 de junio del 2009
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La caballeriza de los encapuchados Uno de los que estaban junto a mí era Carlos Liscano, hoy prolífico escritor. Había orden de no mirar por debajo de la capucha, pero por un impulso natural aprovechábamos toda oportunidad para hacerlo. El único momento en que podíamos levantarla era a la hora de comer. Allí podía contemplar una hilera de fantasmas sucios, malolientes y con cara de asustados, con la capucha de sombrero, levantada hasta los ojos. No podíamos hablar. Sólo empezamos a conocer nuestros nombres cuando estos eran gritados. Gritos que nos ponían los pelos de punta, pues el nombrado seguramente iba a ser torturado para extraerle información. Fui llamado un par de veces y sufrí algunos golpes más y “plantones” exigiéndome que dijera el nombre de otros tupamaros. El “plantón” consistía en estar parado con las piernas bien abiertas y las manos en la cabeza. Al poco rato la sangre dejaba de circular normalmente, y las piernas y dedos se sentían enormemente hinchados. Una noche me despertaron de madrugada y empezaron a decirme: “¿así que vos sos guerrillero guapo, eh? ¿Sos de los del Che Guevara?” Me hicieron poner de plantón y empezaron a golpearme las costillas. Cuando bajaba los brazos me hacían levantarlos golpeándome con algo duro que podía ser una pistola o la culata de un fusil. Así estuvieron esos sádicos “divirtiéndose” un largo rato. Luego no pude dormir en el resto de la noche, y cualquier ruido me sobresaltaba. Esa noche dio lugar a que circulara por todos lados la anécdota de que yo había resistido ese castigo gritándoles “¡Viva la revolución!”. No recuerdo haberlo hecho, pero quienes estaban allí tirados en el piso oyendo todo, sin que yo supiera siquiera que estaban ahí (creo que fue mi segunda noche en el lugar) juraban que así ocurrió. Quizá mi subconsciente y mi fe en la causa por la que luchaba me hicieron reaccionar así al injusto castigo que estaba recibiendo. Las cartas eran una alegría .Cuando no llegaban la tristeza y la depresión eran más profundas. Algunas veces podía ver por debajo de la capucha como algún cuerpo empapado era arrojado cerca de mí. Venían del “submarino”. Cambiamos totalmente nuestra actitud hacia él, llegando a dejar de hablarle luego de que nos ampliaron la información. Según nos dijeron era el conductor de la “ambulancia” del “hospital del pueblo”, centro del MLN para curar a sus heridos. Habría sido detenido con su compañera, y según los tupas, todas las noches era sacado para que contara qué había pasado en el día, y como premio se lo dejaba estar con su pareja, que estaba en uno de los vagones. Nadie le hablaba, y cuando participaba en algún partido de vóley era continuamente golpeado y pateado cuando los guardias no miraban. Algo similar vería hacer a uno de los posteriores dirigentes del 26 seispuntista, Spinelli, con un preso muy obeso durante las exhibiciones de cine en el penal de Libertad. Cuando los guardias no miraban lo pateaba continuamente diciéndole “traidor”. En ambos casos era increíble la pasividad de los agredidos ante el castigo recibido. Quizá aún tenían fe en “la causa” y el remordimiento de conciencia les hacía soportar un maltrato que consideraban justificado. O quizá fuera miedo a que les pasara algo peor. En cualquier caso la crueldad de esos tupamaros era muy similar a la de los torturadores militares. Más aún en un movimiento en el que casi todos habían delatado a alguien y muchos a varios “alguien”. De lo contrario no hubiera sido desbaratado tan fácilmente. Otro día recibí un paquete con alimentos y ropa y el oficial que me lo entregó me preguntó si era “de la oligarquía”. Luego de unos días en el lado izquierdo de la barraca (había un muro divisorio) nos pasaron al lado derecho. Allí conocimos a Mario y Julio Pérez (hoy dirigente de la “Alianza Progresista”), a “Samuel”, en los 90’s dirigente del gremio del transporte, a los hermanos Elgue y a otros miembros de la columna militar 7 encargada del “Plan Collar” de rodear Montevideo. También al “vasco” Iparraguirre y al flaco Mena, un hombre muy alto que sería luego uno de los principales dirigentes en los inicios del “seispuntismo” en el exterior. Había un “canario”, cuyo nombre no recuerdo, cuyo dicho “es brava la jineteada” al salir del submarino se había vuelto muletilla de todos. La comida era espantosa. Peor que en la caballeriza, vaya a saber por qué. Un guiso nauseabundo que parecía tener escupidas flotando en su interior. Pasé tres días sin comer, y al cuarto lo devoré como si fuera una delicia. A los pocos días empezamos a ver un funcionamiento que escapaba a la captación de los guardias apostados en la entrada de la barraca. Luego de verificar que no éramos espías mediante conversaciones y preguntas sobre actividades y conocidos mutuos, se nos integró a grupos de estudio. Esto lo experimentaría a través de mi paso por diversas cárceles en varios años. En todas partes integrantes de la orquesta roja se encargaban de la continua formación ideológica marxista de los prisioneros del MLN por medio de charlas y la organización de bibliotecas de literatura prohibida. Se combatía férreamente el anticomunismo y el antisovietismo, y se difundía un mensaje castrista. Lo que parecía una partida de cartas era una charla sobre la revolución bolchevique. Lo que parecía un partido de ajedrez era una síntesis de la revolución cubana. Lo que parecía una reunión para estudiar sí lo era, pero de textos marxistas y leninistas. Uno de los ideólogos era Ember Martínez, que en el siglo XXI dirige un emprendimiento empresarial en el Cerro. Los días transcurrían lentamente, con la rutina de estudio y ejercicios. Se nos aconsejaba tener buen estado físico, pues como guerrilleros que éramos siempre debíamos estar listos mental y físicamente para el combate. Recuerdo que en todos esos años siempre soñaba que arrojaba piedras con fuerza. Una de las cosas a las que costaba acostumbrarse era a dormir toda la noche con la luz encendida. Se hacían numerosas manualidades, que eran usadas para granjearse la simpatía de los guardias, regalándoselas o cambiándolas por tabaco o yerba, hasta que la oficialidad, percibiendo la maniobra, prohibió esta comunicación. Un día llegó un preso y luego de la consabida ronda de preguntas no quedó claro que fuera un compañero. Todos lo seguimos tratando, pero sin hablarle mucho. A los pocos días se lo llevaron, y una semana después, cuando alguien fue llevado a un juzgado, el “preso”, con su uniforme de oficial estaba a cargo del operativo. Al tiempo fuimos nosotros llevados a declarar. En el camión nos pusimos de acuerdo en lo que íbamos a declarar, sin que los guardias lo notaran, o hicieran la “vista gorda”. Gracias a eso evitamos que nuestra condena fuera mucho mayor. Otros que declararon mal, con lo mismo que habíamos hecho nosotros, estuvieron más de diez años, hasta la amnistía de 1985 que los liberó. Llegamos al Supremo Tribunal Militar. Nos bajaron con las manos esposadas y personas que pasaban y vecinos desde balcones nos miraban con curiosidad al vernos de uniforme gris y rapados y con varios soldados apuntándonos con armas largas. En la sala del tribunal entró un grupo de militares muy ancianos encabezados por el obeso Coronel Silva Ledesma. Cuando me tocó declarar, estaba haciéndolo sentado, y Silva me ordenó secamente que cuando me dirigiera a él lo hiciera de pie. Una humillación más, totalmente innecesaria.
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