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"Nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado la hora"
(Victor Hugo) |
hernandezbaratta.org
El Uruguay desde mi óptica personal
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| Buenos Aires, Julio 18 de 2004 |
Los uruguayos
¿escaparemos a la Onda K?
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En los albores de la crisis financiera del 2002 Jorge Batlle apuntó que los uruguayos veíamos demasiado la señal de cable de noticias de la Argentina "Cronica TV".
Sus declaraciones, complementadas luego con el famoso exabrupto "ladrones del primero al último" pretendían marcar las diferencias entre las realidades políticas de ambas márgenes del Plata. Aquella diferencia efectivamente existió: Uruguay no entró en default, la crisis bancaria fue exitosamente controlada y nadie se lo llevó puesto de la presidencia de la República.
También es cierto que la influencia argentina en nuestra realidad no se reduce a los vaivenes de la economía. Es sobre todo mediática, cultural y política.
La visión que los medios transmiten del acontecer político de la margen occidental del río repercute directamente en el humor y las espectativas de los orientales, los que terminamos conformando una ensalada de actores y acontecimientos con la que construimos nuestra "opinión pública".
En ese contexto la estrella ascendente de Kirchner en el 2003 sin dudas influyó en las espectativas de un triunfo electoral del Encuentro Progresista. Todas las encuestas lo mostraron ganando con comodidad la presidencia en primera vuelta. La izquierda se benefició claramente con el "plus" de la política de medios del gobierno argentino, con el apoyo explícito del presidente Kirchner a Vazquez y con el enfrentamiento del mandatario con su par uruguayo. Si un K "indiscutido en los medios" y con indices altísimos de popularidad fueron un poderoso tractor para la izquierda uruguaya, ¿Puede convertirse en un saco de plomo cuando se profundicen las grietas que asoman en su horizonte?
¿Sómos o no sómos?
A diferencia del kirchnerismo, la izquierda uruguaya no es fruto de la improvisación. Rápidos de reflejos sus dirigentes se han apresurado en mostrarse ecuánimes, moderados y encuadrados detrás de la figura de su candidato.
Curándose en salud es que designan a Astori como futuro Ministro de Economía meses antes de la contienda electoral, y salen de campaña a Washington detrás del elogio de los funcionarios del FMI y de la foto con Enrique Iglesias (que goza de tal respaldo popular que si fuera uruguayo ya habria sido designado el candidato único de todo el espectro político). Por las dudas o porque temen que la caída de K se asemeje a la de un piano tirado por el balcon desde un piso 25.
El mensaje que pretenden transmitir es claro: "no somos ellos" pero lo que realmente importa es saber en verdad si son, si no son, o si simplemente se hacen.
Es relativamente sencillo cuando aparecen las primeras señales –caída en las encuestas, apatía del votante en las internas- acomodar el discurso para hacerlo más atractivo al electorado independiente.
La cuestión de fondo es si una vez que Vazquez se ponga la banda presidencial el mensaje centrista se plasmará en los hechos y si ello será tolerado por aquellos sectores que han esperado pacientemente que el advenimiento de la izquierda los lleve al poder.
Una cosa es "tragar sapos" para engañar al electorado y hacerse del gobierno y otra muy distinta es aceptar que un gobierno del Frente Amplio lleve adelante un programa económico no muy distinto al que desde la oposición se ha criticado furiosamente.
¿Qué ocurrirá cuando los reclamos sectoriales no encuentren eco inmediato, cuando las arcas del estado requieran el fruto de un nuevo "ajuste" o cuando deba firmarse una Carta de Intención con el FMI?
¿Aceptarán mansamente la razón de estado que esgrimirá Vazquez? Y si los dirigentes lo aceptan, ¿La mansedumbre se transmitirá a las bases frenteamplistas?
¿Se nos viene la Onda K?
No imaginamos como podría Tabaré Vazquez sostener desde el gobierno un programa de reformas económicas pro mercado sin provocar una erosión importante de la base electoral que lo lleve al poder, identificada con la permanente oposición de la izquierda a las reformas propuestas por Lacalle y por Batlle.
Tampoco imaginamos como podría el país sortear una crisis de proporciones nunca antes vista en el país si dichas reformas no se encaran vigorosamente. El Uruguay no resiste una década más de déficit fiscal, tiene crecientes dificultades en el acceso al crédito (a pesar de un extraordinario compromiso con el cumplimiento de las obligaciones asumidas por el estado con los acreedores locales y externos), y la población no soporta mucho más el constante incremento de la presión impositiva.
Una vez en el gobierno Vazquez deberá optar entre llevar adelante un programa de reformas mucho más profundo que el que denostó desde la oposición, apoyándose en sectores parlamentarios de los partidos Blanco y Colorado y aceptando que vastos segmentos de su coalición pasen a la oposición, o ponerse a la izquierda de los sectores más radicales de su electorado aún cuando la economía del país le estalle en pedazos. No habrá otra opción.
A los uruguayos nos convendría hoy mirar mucho más Crónica TV para que experimentemos en "pantalla ajena" lo que podemos llegar a vivir en carne propia.
Gustavo Hernández Baratta
Buenos Aires, Julio 25 de 2004
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