Año II - Nº 101 - Uruguay, 22 de octubre del 2004
 
- Promesas, promesas, y las podremos cumplir
- Atentado a Radio Chuy. Un silencio que duele
- El Agua
- El Paso del Bañado
- Después del terremoto
- Frontera Chui: Reclaman política sanitaria
- Acerca de los uruguayos en el exterior
- De una u otra manera

- Historias escritas, historias audiovisuales, simplemente historias

- Para llegar a Europa
- El gran inquisidor
- Anécdotas Bancarias: La seña universal
- Hurgando en la Web: La historia de los trolebuses de Montevideo
- El maravilloso nuevo mundo de las mascotas exóticas o no tradicionales
- Periodismo digital, último bastión de la libertad de prensa
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De una u otra manera...
Por: Fernando Pintos

Por muchas razones podrá recordarse a John Montagu, conde de Sandwich, famoso libertino del siglo XVIII, si bien yo prefiero tres de ellas.

La primera es grata. En una madrugada de francachela desbocada, ya caninamente hambriento, sir John reclamó pan tostado y rosbif. Y, en lugar de colocar una rebanda de pan entre dos de carne (o una de rosbif debajo de otras dos de pan) hizo lo que ahora sabemos: un emparedado. Según Woody Allen, "liberó a la humanidad del almuerzo caliente". Y no es una mala broma.

La segunda es buena... según el cristal con que se mire. Durante la revolución de las colonias norteamericanas, fue Lord del Almirantazgo británico. Y algunos opinan que su monumental incapacidad influyó poderosamente para que los americanos obtuvieran su independencia, si bien nadie ha reconocido oficialmente, todavía, aquel enorme mérito.

Hoy día, este señor Sandwich sería el presidente ideal para algún instituto del Estado, pongamos por caso al que cualquiera de mis lectores esté imaginando.

La tecera es anecdótica. John Montagu odiaba mortalmente a John Wilkes, famoso petimetre de la epoca. Los dos integraban el célebre Club del Fuego Infemal, donde estirados esnobs londinenses celebraban misas negras e invocaban a Satán. En una de aquéllas, mientras Montagu convocaba a los poderes oscuros, el bromista de Wilkes azuzó contra él un babuino. La víctima huyó profiriendo alaridos por las calles de Londres, con el mono pisándole los talones y con Wilkes corriendo un poco más atrás, ahogado por la risa.

Pasado un tiempo, en una sesión del Parlamento británico se presentó la oportunidad de revancha. En medio de un debate, Montagu levantó su obesa humanidad. Rojo como un tomate, casi a punto de apoplejía y salpicando saliva por aquella pecadora boquita suya (me lo imagino muy similar a Charles Laughton), apuntó al odiado enemigo con un índice acusador y le espetó:

"¡Wilkes! ¡Tú sólo podrías morir de dos maneras! iColgado de la horca o corroído por la sífilis! El interpelado no se inmutó en lo más mínimo. Cargó su pipa con parsimonia y respondió: "En tal caso, rnilord, habrá sido por abrazar a sus ideas políticas o a su querida". Y ésa fue, a mi juicio una de las respuestas más felices que registra la historia.