Año II - Nº 89 - Uruguay, 30 de julio del 2004
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Corazón Hermoso
Noches de Diciembre
El gran viaje
Palabras sin dueño
Si me das a elegir
- En las puertas del Averno
- Jorge "Yoyo" Calvette: "El Profesor"
- Los uruguayos ¿escaparemos a la onda K?
- Instrucciones para Legisladores próximamente cesantes
- Apuntes del Palmar Butiá
- D'ont cry for my Argentina
- Historia de una Sinrazón

- Especial: Deportivo

- Hoy vacuné a mi hijo
- Un fin de semana diferente: "Haciendo la revolución"
- INFORME ESPECIAL: Todo sobre la Emigración
- Carta Abierta al Senador Mujica
- Internautas clandestinos
- Hurgando en la Web
- Noticias desde España
- La Voladora
- Anécdotas Bancarias: Atención retribuída
- La opción diferente
- Reapertura del Teatro Solís
- Hurgando en la Web
- Chairando Ideas: No sólo para beber
- Australia - Comentando sobre emigración
- Los ejemplos a seguir...
- Qué linda era Venezuela: La otra parte de la moneda
- Sobre vallas y muros
- Una ciénaga a la medida de un imperio
- Bitácora Política
- Bitácora Uruguaya
- Información Ciudadana
- La Cocina Uruguaya
- Rincón de Sentimientos
- El Interior también existe
- Olvidémonos de las Pálidas
- Las Locuras de El Marinero
- Correo de Lectores

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EL GRAN VIAJE

Algún país he visto que ni soñado hubiera:
me he sentado, he comido en otra tierra rara
queriendo convencerme de que era verdadera
y he visto pasar gente de otra luz en la cara.

Alguna vez un monte que no estaba previsto
en mis mapas de niño, me salía al camino,
o un puerto, con su barrio de redes nunca visto,
venía a aleccionarme con el olor marino.

Pero siempre mis ojos se herían a su paso
de inquietud o recuerdo: el amor unos días
de soledad pintaba las piedras de un ocaso,
o el miedo a lo posible nublaba lejanías.

No sé si habrá algún tiempo en que mire tranquilo
el mundo, de mañanas y tardes coronado;
no sé si habrá más días tras los años en vilo
y podré ver de veras qué es una flor y un prado.

Pero espero tener al terminar la vida,
para empezar la gloria, miradas más serenas;
que me lleven al viaje de eterna despedida
de las cosas que tanto me dolieron, ya buenas.


Yo no iré a preguntar por qué el sol calentaba,
por qué baila tan justo el planeta en su polo,
pero sí querré ver los valles que soñaba,
las calas donde el mar chapotea muy solo.

Sobre unas anchas alas de robustez y gloria,
quietas, como el avión que no tiembla en la altura,
iré, ya sin dolor ni peso de memona,
a mirar de verdad su piel a la llanura.

Así será el principio de Dios: lo que primero
me dejará mirarle subiendo en alborada,
creciendo en cada estampa su hiriente reverbero,
hasta que la memoria se vuelva llamarada.

Jose Maria Valverde