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Año II - Nº 63 - Uruguay, 30 de enero del 2004

La pelota pa' delante
Otra vez a las andadas
Globalización
Secuestros a la uruguaya
Indocumentados
¿Discriminación en Tienda Inglesa?
Dejando Granada
Sucedió en España
Chairando ideas
Uruguayo inventó un corazón artificial
Recordando a Julián Murguía
Hurgando en la Web
Nueva oleada de despidos en la grandes empresas mundiales
Antisemitismo, hoy
No a las aspiraciones argentinas
Ojos Uruguayos en Brasil
Rincón de Sentimientos
El Interior también existe
Olvidémonos de las Pálidas
El Marinero
Correo de Lectores
Humor Uruguayo

 
 
 
 
 

 

Secuestro a la uruguaya
por Alejo Rivas Devecchi
www.alejo.info

En días pasados, los que de un modo u otro tenemos nuestros destinos indisolublemente ligados al Río de la Plata, asistimos a un mas que desagradable intercambio de acusaciones entre un gobierno por un lado, y un payaso coronado con la tradicional galera del Tío Sam por el otro. Un ciudadano de un país normal, se sentiría avergonzado ante la bufonezca conducta de quien ocupa un sillón que le queda enorme. Pero los uruguayos, incluyendo al 25% forzado a vivir fuera de su tierra, desayunamos contrariedades como estas de a docena; y hace años que aprendimos a buscar flores entre la mugre.
Por eso, tratando de desentrañar el lado positivo a la política que la epizootia que anida en Suarez lleva adelante, llegamos a la conclusión que quizás haya una forma de aprovecharla para buenos fines.

Resulta que hace unos años, una sarta de delincuentes que ocupaban, y algunos aún ocupan, bancas en el Palacio Legislativo; convencieron a los incautos votantes que había que perdonar a los criminales que mataran, torturaran, asesinaran o hicieran desaparecer personas, siempre y cuando los verdugos usaran uniforme. Y fue recordando ese triste episodio, y asistiendo a sus consecuencias, que la divina luz me iluminó. En Uruguay, si usás uniforme, podés hacer lo que se te cante; matar gente (incluso legisladores), torturar
mujeres, niños, robar, lo que sea. Hasta podés agarrar al Bobby a patadas y salirte con la tuya.

Por eso, estimado ciudadano de la “Fiel y Reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago”, no vaya, corra a La Casa del Uniforme y agénciese un instrumento de impunidad a la moda. Cuanto mas borlas doradas y galones, mejor. No olvide que esos brillos que a usted le parecen asquerosamente kitch, son los que le abrirán las puertas al mundo del genocidio impune. Acto seguido, robe un auto, no olvide que debe ser verde, y si tiene los vidrios oscuros, mucho mejor. Encamínese acto seguido al Prado; no sin previo asalto de una estación de servicio, o mejor la propia planta de Ancap en La Teja, que ya acostumbrada está. Un vez allí, y con su tanque lleno, monte guardia en la esquina de Suarez y Reyes. Cuando vea entrar descuidadamente a la vergüenza hecha (casi) persona, condúzcalo al asiento trasero de su automóvil con métodos persuasivos. (estos métodos están claramente explicados en el Manual de la Escuela de las Américas, en la que tantos compatriotas se graduaron con honores).

Cuando haya ubicado al susodicho, colóquele una máscara. La diferencia de calidad humana entre usted y las bestias de otrora le impedirán el uso de capucha; yo sugeriría una máscara teatral, la de la tragedia me parece adecuada. No precisa maniatarlo, no olvide que sin la voz de comando del Departamento de Estado, no sirve mas que para decir pavadas. Eso si, cuídese bien de no mirarlo a los ojos, un ataque de lástima sería funesto para la operación. Concéntrese en manejar a toda velocidad (ponga la sirena, no me diga que no es su fantasía desde que era niño) rumbo a una clínica de cirugía plástica. Con toda la guita que se afanó además de la nafta en La Teja le dará de sobra para que le cambien la cara al susodicho por la de Bin Laden.
El resto es fácil, turbante de papel higiénico (extra suave), hurto de Cessna 152 en Melilla, raudo vuelo al norte, aterrizaje en la puerta de la Casa Blanca (si uno bajó en el Kremlin debe ser papa) y me lo deja atadito a la reja, que alguien lo va a encontrar. Aunque, pensándolo bien, no creo que precise atarlo. La sola idea de encontrarse en las proximidades de la eximia presencia del Todopoderoso lo dejará absolutamente abombado, que por otra parte es su estado natural.