Año II - Nº 80 - Uruguay, 28 de mayo del 2004
 
- Los derechos humanos y los hipócritas de siempre
- ANTEL discrimina las páginas uruguayas
- El ojo tuerto de Europa
- El Legado del maldito F.S.L.N.
- "BRUJULA", periodismo liceal
- Carta a un hijo ciego
- ENTREVISTA: Mientras haya un deudor que no pueda pagar, la crisis financiera sigue

- Somos todos pecadores

- La guerra la gano yo
- La politización del tema
- El árbol de papaya.
- Anécdotas Bancarias: El llamado fatal
- Onanismo político en Uruguay
- Así somos
- Hurgando en la web
- La llegada de pistola
- Chairando Ideas
- La portera negra
- Se nos viene la noche. Adios al veranillo
- Día del Desafío
- Información Ciudadana
- La Cocina Uruguaya
- Rincón de Sentimientos
- El Interior también existe
- Olvidémonos de las Pálidas
- Las Locuras de El Marinero
- Correo de Lectores

 

LOS DERECHOS HUMANOS Y LOS HIPÓCRITAS DE SIEMPRE

Por Ricardo Ayestarán

Por estos días mientras veía y leía acerca de las brutales torturas perpetradas por integrantes del ejército de los Estados Unidos en Irak, reflexionaba acerca de cómo los espectaculares avances de la tecnología informática y la globalización de las comunicaciones, han convertido al mundo, según como se mire, en una aldea, en un barrio o en un conventillo. Una consecuencia de lo anterior es el hecho de tener que presenciar estos horrores con mucho más frecuencia que antes, quedando con la impresión subjetiva de que el mundo cada vez está peor. Sin embargo lo cierto es que estas barbaridades han ocurrido siempre, donde quiera que hayan habido guerras, operaciones bélicas o bandas organizadas de gente armada dispuestas a matar o morir.

Así, ante la evidencia de que nadie que ande por ahí a los balazos puede presumir inocencia sin demostrarlo fehacientemente, me preguntaba cuál es la línea que separa las aguas entre los hombres y los estados que encuentran en la violencia desatada "urbi te orbi" un apreciado recurso para tratar de empujar a la opinión pública y
a la humanidad por su hemoglobínico tobogán ideológico, intolerante y liberticida, al grito de "cualquier cosa o muerte", y los que estamos del otro lado del mostrador de toda clase de régimen basado en la fuerza y la violencia.

Las torturas consumadas contra los actuales inquilinos de Abu Ghraib han sido denunciadas por toda la prensa internacional y eso está muy bien. Pero si se observa con un poco de atención se puede apreciar, por los antecedentes o por el estilo, que hay dos tipos de gente detrás de las denuncias de violaciones de los derechos humanos. Los periodistas y comentaristas intelectualmente honestos, que desde la subjetividad de cada uno denuncian hechos repudiables en sí mismos, sin importar las causas o la ideología de los autores, y otro grupo de individuos que a la hora de denunciar, actúan de distinta manera, cuando no opuesta, si los violadores de tales derechos son hombres, estados u organizaciones políticas con ideologías compatibles con las suyas, o no.

Este fenómeno de doble discurso no es nuevo. Cuando en los años sesenta se comenzó a hablar seriamente de la existencia de los tristemente célebres campos de concentración soviéticos conocidos como el archipiélago de GULAG, el famoso filósofo existencialista y militante marxista Jean Paul Sartre no tuvo empacho en decir que "Si tales campos existiesen no se debería escribir ni hablar de ellos, para no quitarles las esperanzas a los trabajadores de Bilancourt."

El caso de las torturas de Abu Ghraib por su carácter flagrante e inexcusable, ha facilitado que salieran a la luz muchos de los actuales cultores del doble discurso sartriano. Simplemente observando el tono

Jean Paul Sartre
casi eufórico con el que algunos han manejado la noticia, y la mal disimulada satisfacción de poder soltar sus peores adjetivos calificativos contra la Casa Blanca desde una cómoda, y poco común para ellos, posición ética. Al leerlos es fácil percibir que lo que realmente desean es subrayar, con inconfundible odio ideológico, la maldad infinita de los Estados Unidos, y de forma subsidiara y claramente secundaria, ensayar la defensa de los derechos humanos de los iraquíes. Pero más allá del estilo, los verdaderos cultores del doble discurso son los que, como el intelectual francés, se caracterizan por ocultar, premeditada y falazmente, otras violaciones por impresentables razones políticas.

Son los hipócritas de siempre.

Hace muchos años entonces, que alrededor del tema de los DD.HH. existe una militancia tuerta e hipócrita que trafica políticamente en forma inmoral con esos derechos. Una inmoralidad que consiste en ver y denunciar las violaciones solamente cuando las mismas son perpetradas por determinados países o colectivos, y un mutismo y una ceguera absoluta cuando las mismas violaciones, muchas veces consumadas contra los mismos pueblos, las cometen otros estados u organizaciones, pero de otra ideología más afín al traficante de turno.

Y a propósito de ello, me pregunto cuanto tiempo va a pasar antes que nuestro eximio y levógiro paladín de la pluma disectora de las venas abiertas latinoamericanas, publique un conmovedor artículo acerca de los desgraciados iraquíes y sus derechos conculcados por la máquina de guerra de los EUA. Esos mismos iraquíes acerca de los cuales nunca escribió una línea mientras Saddam Husseim los torturaba y mataba en la misma cárcel, de la misma ciudad, y de la misma manera. Un artículo seguramente escrito con mucho talento y mucha tergiversación, con su clásico estilo provocador de reacciones visceral antes que reflexiones racionales. Un artículo en fin, como los que siempre ha hecho, o no ha hecho, -dependiendo siempre de la ideología del violador-, cada vez que la prensa internacional ha informado sobre derechos humanos violados en algún lugar del planeta.

Como estos dos famosos íconos de la izquierda intelectual, hay muchos otros cultores del doble discurso. Algunos tan conocidos como ellos, y otros no tanto. Probablemente algunos no sean estrictamente unos inmorales, sino que, tal vez, han construido una moral diferente, basada eso sí, en una ética perversa, como la que hacía gala Leonid Breznev, aquel hierático zar soviético de la guerra fría que solía decir que: "en nuestra sociedad es
moral todo lo que sirve a los intereses del comunismo". Con semejante código moral edificado sobre la misma ética cojitranca de aquel siniestro personaje, hoy vemos y leemos como ciertos periodistas, escritores o intelectuales claman por algunos derechos, de algunos humanos, porque su ideología excluyente solamente les permite ver la gota de sangre en el ojo ajeno y no la fábrica de morcillas en el propio.

Pero precisamente porque existen los eternos hipócritas, es importante desbrozar frente a la brutalidad igualadora de los humanos haciendo la guerra, por donde pasan las diferencias éticas o morales de los hombres y los pueblos protagonistas de la historia contemporánea. Y también de quienes observamos este gigantesco "reality show" de la humanidad en acción y que, de alguna manera, nos atrevemos a juzgarla.

En mi modesta opinión esa diferencia no pasa por averiguar cual ejército, de que país, de que ideología ha cometido más o menos crímenes de guerra, porque todos, en mayor o menor medida, lo han hecho siempre que han tenido enfrentamientos armados. Lo hicieron antes, lo hacen ahora y seguramente lo seguirán haciendo en el futuro.

La diferencia ética o moral en este tema de derechos violados en tiempos de violencia pasa entonces por otro andarivel. Pasa por el tratamiento que de esos hechos hacen, o mejor dicho, pueden hacer, los integrantes de la sociedad a la que pertenecen los hombres armados que han cometido los actos criminales. Fundamentalmente por el conjunto de la sociedad civil de una nación. Y también, pero como consecuencia de la existencia de
imprescindibles condiciones que permitan la expresión libre de esa sociedad civil, de la respuesta del poder judicial y la del propio gobierno que envió esos hombres a la guerra.

Y ahí empezamos a ver como se dividen las aguas muy claramente entre personas y sociedades democráticas y las que no lo son. Entre el poder judicial independiente de una sociedad democrática y la caricatura de justicia propia de los regímenes dictatoriales. Entre gobiernos que deben rendir cuentas en las urnas por sus actos, y las tiranías que sin importar lo que hagan, seguirán sojuzgando a sus conciudadanos porque su poder nace del fusil y no de la voluntad popular, como bien lo dijera Mao, con gran conocimiento de causa por cierto.

Ya hemos podido leer y ver en la prensa la información acerca de bajas, cortes marciales y juicios penales contra algunos de los implicados en las torturas de Abu Ghraib. No es un tema menor, sobretodo si lo comparamos, como veremos más adelante, con la actitud de cualquier dictadura. Sin embargo no podemos ignorar que aún en las democracias más estables, este terreno está plagado de imperfecciones y renunciamientos. Sabido es que no sentarán en el banquillo a todos los culpables, sobre todo a los mayores, ni las penas serán las más

severas del mundo. Basta recordar como se procesaron los crímenes de guerra de My Lai en la guerra de Viet Nam para entender lo que digo. Asimismo las disculpas del gobierno de Bush suenan huecas y poco creíbles, sobre todo en boca del arrogante sr. Rumsfeld, porque están hechas a regañadientes y como directa consecuencia del gigantesco escándalo que la prensa norteamericana provocó al destapar el asunto.

Pero, y acá el tema deja de ser menor y pasa al

terreno de las grandes diferencias éticas y morales, hay que subrayar el hecho que la denuncia la hizo una prensa libre de juzgar con dureza al gobierno, al presidente y a sus fuerzas armadas. Y tan importante como lo anterior, la sociedad civil norteamericana, pese a su notoria tradición de fervoroso patriotismo y apoyo a sus soldados en tiempos de guerra, reaccionó abrumadoramente con una sana indignación por la gravedad de los sucesos denunciados.

La importancia de estos hechos, tanto de los últimos como de los primeros, se puede apreciar mucho mejor si comparamos con la actitud de los que están del otro lado del mostrador.

¿Alguien recuerda algún caso de militares, guerrilleros o militantes de cualquier tipo, denunciados, dados de baja, expulsados o llevados a juicio por violar los derechos humanos del enemigo en alguna dictadura u organización similar?
De cualquier dictadura.
De derecha o de izquierda, teocrática o atea, de antes o de ahora.

No. No es posible.

Y no es posible por la sencilla razón de que en las dictaduras no existe una prensa libre que pueda denunciar las tropelías de la fuerza armada del gobierno, los gobernantes no dependen de la voluntad del electorado para mantenerse en el poder y los que asumen el liderazgo de la opinión pública criticando al gobierno acaban en gulags, fusilados o en el exilio.

¿Cuál ha sido la actitud de los musulmanes, -y de los hipócritas de siempre- frente al atroz asesinato ejecutado delante de las cámaras de televisión de un civil norteamericano que no era parte de las tropas de ocupación, y que fue degollado salvajemente en vivo y en directo como revancha a las torturas de Abu Ghraib?

Los porfiados hechos nos dicen que no hubo ninguna condena, ningún comentario crítico, mucho menos expulsiones, bajas, ni juicios de ningún tipo. Nadie en los países musulmanes ha condenado semejante salvajada. Lo que han hecho todos los efendis de la región ha sido lo que siempre hacen las dictaduras en estos casos: o prohíben hablar del tema, o elevan a los que perpetran semejantes horrores a la categoría de héroes nacionales.

Y eso ha ocurrido siempre en los sistemas y organizaciones políticas no democráticas. Desde los tristemente célebres Himmler y Beria, hasta el ignoto y no menos despreciable fedayin que hace unos días degolló en vivo y en directo a Nick Berg. Sin olvidar a los sangrientos protagonistas de las "guerras sucias" del cono sur americano y sus pares del unicato castrista caribeño.

La capacidad de poner en evidencia y de enfrentar con éxito esa oscura mancha del comportamiento humano que representa la existencia de seres capaces de matar, torturar y denigrar a sus semejantes por sus ideas políticas, religiosas o simplemente por haber nacido en otro país, sólo es posible, aún sin tener la certeza absoluta de ello, en las sociedades abiertas, libres y democráticas.

Pero esto nunca ha ocurrido, ni ocurrirá jamás en aquellas sociedades cerradas, con libertades conculcadas y prensa amordazada. Y eso es lo que les duele a los hipócritas de siempre, lo que jamás podrán esgrimir a favor de las dictaduras que tratan indignamente de defender.

No podrán, por mejor que manejen la pluma y la palabra escrita.

Y cuando finalmente el inevitable destino de todos los regímenes totalitarios los alcance y los deje huérfanos de argumentos, tratarán de bajarse, penosamente y más tarde que temprano, del tren de la historia. Balbuceando alguna patética excusa como la de un dolor repentino, no se sabe bien dónde, o un desabrido"hasta aquí llegamos", pretendiendo vanamente con eso saldar décadas de defensa intelectual de tiranías inexcusables y de miopía criminal en el terreno de los derechos humanos.

La única esperanza que tiene la humanidad de que los derechos de las personas sean respetados en forma real, permanente y digna para siempre, es que algún día desaparezcan completamente todas las dictaduras de la faz de la tierra.

Todas, sin excepción.

Y también sus defensores.
Incluyendo a los hipócritas de siempre.