Año II - Nº 80 - Uruguay, 28 de mayo del 2004
 
- Los derechos humanos y los hipócritas de siempre
- ANTEL discrimina las páginas uruguayas
- El ojo tuerto de Europa
- El Legado del maldito F.S.L.N.
- "BRUJULA", periodismo liceal
- Carta a un hijo ciego
- ENTREVISTA: Mientras haya un deudor que no pueda pagar, la crisis financiera sigue

- Somos todos pecadores

- La guerra la gano yo
- La politización del tema
- El árbol de papaya.
- Anécdotas Bancarias: El llamado fatal
- Onanismo político en Uruguay
- Así somos
- Hurgando en la web
- La llegada de pistola
- Chairando Ideas
- La portera negra
- Se nos viene la noche. Adios al veranillo
- Día del Desafío
- Información Ciudadana
- La Cocina Uruguaya
- Rincón de Sentimientos
- El Interior también existe
- Olvidémonos de las Pálidas
- Las Locuras de El Marinero
- Correo de Lectores

 
LA PORTERA NEGRA
por Nestor Rocha

En la zona de lo que hoy es la intersección de las rutas 16 y 13, varias décadas atrás, existió una comunidad de negros conformada por unas treinta familias constituidas por numerosos hijos. Ubicándonos en aquellos tiempos, este asentamiento estuvo delimitado por los campos de Victorino Cardoso en el lado norte, por el Oeste la estancia el Maturrango, en el Sur los campos de Cecilio Dos Santos Cruz y finalmente por el lado Este la estancia El Cerro.

El origen de la población de La Portera Negra, así se llamaba el lugar, tuvo que ver con dos propietarios rurales cuyos campos estaban comprendidos dentro de los límites señalados anteriormente. Estos vecinos eran de la raza negra y sus nombres fueron Agustín Álvarez y José María Correa que a fines del siglo pasado (19) y principios de éste (20) ya estaban radicados en el lugar y que si hoy vivieran (1998) tendrían unos ciento cincuenta años de edad. Cuando fallece José María Correa sus hijos dividen la propiedad que reciben por herencia y cada uno de ellos puebla sus predios.

Por el año 1930, Santiago Amaral, un moreno viejo, capataz general de la estancia de Juan Francisco Ferreira, abuelo de Wilson Ferreira, que estaba radicado con su numerosa familia en el referido establecimiento rural, fallece.
Superado este hecho luctuoso la familia Ferreira habla con dos de los hijos de Amaral para solucionar la situación de permanencia en la estancia y lograr una nueva radicación para la familia, recibiendo ésta una apoyo económico importante de los Ferreira. Los hijos de Santiago Amaral dialogan con Agustín Álvarez para la compra de unas cuadras de campo. Tras largos cabildeos los Amaral adquieren unas treinta y cinco cuadras, interviniendo en la transacción el Dr. Héctor Lorenzo y Lozada (sus honorarios fueron pagados con quince de las treinta y cinco cuadras).

La viuda y los hijos de Santiago Amaral quedaron con veinte cuadras, éstas se hicieron chacras, quintas y criaron ganado. Luego Claudio Moreira, apodado "El Churrinche" se asienta en el lugar adquiriendo unas cuadras de campo a María Moreira dedicándose a la cría de ovejas y cerdos ya que el predio disponía de buenos "ojos" de agua. En los campos de los Álvarez se instaló Indalecio Aguirre con cinco cuadras de campo, dedicándose al trabajo de la tierra. También en el lugar se radicó el matrimonio conformado por Fausto Eduardo Terra conocido como "Macario" y Juana Aguirre en las propiedades de la sucesión José María Correa.

Todos estos pobladores de la comunidad negra aparte de laborear sus tierras efectuaban changas en las estancias, tropeaban ganado, alambraban, monteaban.
Mientras los hombres realizaban estas tareas, las mujeres cuidaban de las chacras, quintas y animales, además de atender a sus numerosas familias.
Las mujeres de La Portera Negra, independientemente de atender todas estas labores, se dedicaban al lavado de ropa proveniente de las estancias de la zona, de los dueños y de la peonada. Temprano en la mañana era común ver a las lavanderas con los atados de ropa arrastrando los zuecos rumbo a los arroyos para lavar, luego planchaban las prendas con planchones a carbón.

Los hijos de estas primeras familias fueron constituyendo sus familias y se radicaron en el lugar.
El material que predominó en la construcción de las viviendas fue la paja en techos y paredes. Las paredes eran revocadas con barro en la parte interior, las divisiones de ambientes se hacían también con paja o junco, asimismo existieron construcciones de terrón y techos de paja estilo rancho y hubo alguna casa edificada en ladrillo y techada con dolmenit o fibrocemento.

La "feria del ocho"
En los tiempos de La Portera Negra existió muy próximo al lugar un local de feria ganadera que se llamó la Feria del Ocho, el local de Los Palmares de Julio Zeballos Soria y Julio y Luis Bonilla. Tres días antes de la exposición la zona se movilizaba al compás de los troperos con sus ganados. Esto en la comunidad negra era motivo de fiesta y allí se reunían los troperos de la "Feria del Ocho" que generalmente eran de las estancias de la región. En la casa de Macario en estas ocasiones se hacían comidas, pasteles, tortas y empanadas para vender a los troperos y también se organizaban bailes al son de guitarras, acordeón y violín, desgranando notas de rancheras, pasos dobles, valses, maxixes y algún tango. Cosa curiosa, las tres personas entrevistadas y estrechamente ligadas a la Portera Negra no recuerdan que en ocasiones de fiestas se escucharan ritmos de candombe.

En el transcurso de la existencia de la Portera Negra, de acuerdo a los datos obtenidos, hubo tres almacenes. El primero fue el de Nicomedes De León que se dedicaba hacer fletes en una carreta; se instaló con un almacén y vivienda en los predios del Dr. Lorenzo y Lozada al lado del poblado. Luego, en el propio vecindario, se estableció un tal Pintos e inicia la actividad de almacén de ramos generales.
Estos dos vecinos eran de raza blanca y los únicos que vivieron vinculados a la Portera Negra.
Por último se ubicó con almacén Marcos D`Onollo y le pone como nombre San Cono; hoy es la única construcción visible de lo que fue el asentamiento de la comunidad negra.

"Mamá cigüeña"
El correo de las estancias prestó sus servicios a estos vecinos para el traslado de diversos elementos desde y hacia la ciudad de Castillos y de las estancias. Cuando habían enfermos se trataban con hierbas y "yuyos" medicinales y de no obtenerse resultados positivos se los trasladaba a la ciudad para la asistencia médica. Una morena vieja llamada Melchora oficiaba de partera de todas las mujeres embarazadas del paraje, la llamaban la "Mamá Cigüeña". A los fallecidos se los trasladaba en carro, único medio apropiado para transitar esos caminos, hacia Castillos, donde generalmente se realizaba el velatorio y posterior sepultura en la necrópolis local.

Paulatinamente los pobladores de la Portera Negra fueron emigrando y se radicaron mayoritariamente en Castillos y así desapareció este particular poblado de negros, quizás único en el Uruguay. Quedó solamente como testigo mudo una tapera, una construcción de paredes de ladrillos que fuera el almacén de Marcos D`Onollo donde aún se puede leer pintado en la pared, apenas perceptible, "Almacén San Cono".

Marcos D`Onollo fue víctima de un singular hecho criminal: este vecino quedó postrado en una silla de ruedas a consecuencia de las pequeñísimas dosis de arsénico que le suministraba su compañera. La acción fue descubierta y la autora marchó a prisión. Estos fueron distintos aspectos y vivencias rescatadas sobre la Portera Negra pero no el motivo del origen del nombre del lugar. Quizás ustedes intuyan que se debe a la comunidad que vivió en ella, pero no es así. En aquella época existía en ese sitio una portera de grandes dimensiones por la que se accedía a la estancia El Cerro y a la zona del Potrero Grande. Esta portera estaba pintada de negro, con bleque y desapareció cuando se construyó y habilitó el Camino del Indio, de allí el nombre de este caracterizado paraje.

Del libro "Relatos del Camino del Indio" de Néstor Rocha (Casa Ambiental)

Chuy, 21 de abril de 2004