| Educación y democracia: las claves del Uruguay en estado de tolerancia |
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por Germán Queirolo Tarino
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Educación y democracia
Dos términos que deberían caminar estrechamente enlazados como novios. No puede funcionar la una sin la otra. La democracia sin educación no pasa de ser una cáscara cuyo contenido está retaceado severamente.
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José Pedro Varela y su esposa Adela Acevedo
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José Pedro Varela, tenía claro que la educación era el arma fundamental para evitar el despotismo, y tal vez, uno de los méritos del mismo Coronel Latorre, quien gobernaba durante la Reforma Vareliana, haya sido comprender, que él mismo era el síntoma de una enfermedad carencial de la sociedad uruguaya.
Cuentan que recriminado Varela, sobre el porqué de realizar una reforma cuyos laureles caerían sobre el gobierno del déspota, respondió que la educación impediría que otras dictaduras fueran posibles.
Y estaba totalmente en lo cierto. Los tiempos del despotismo, tanto el que se asentaba sobre el peso de las armas, como aquel que tenía su base en el continuo fraude electoral, estaban por dejar paso a un país de civismo incomparable en el marco subcontinental.
Y alcanzaría para ello, un soplo de tiempo en la escala de la historia, apenas una generación.
Un poco de historia.
La República de los pocos
La Constitución de 1830, es bien sabido, limitaba severamente el ejercicio del derecho al voto, con un carácter evidentemente clasista, destinado que tendía a preservar en el poder, a aquellos que lo habían tenido desde siempre, luego de que Artigas pasara a ser poco más que un recuerdo vergonzoso de un pasado turbulento. Unos pocos ciudadanos, eran mucho más iguales que el resto y las grandes mayorías nacionales, miraban con patriótico desinterés la fiesta electoral de los ricos a la que nunca los invitaban.
Mujeres y esclavos, estaban descartados del voto por su propia naturaleza, mientras que pobres, analfabetos, soldados de línea y demás miembros de lo que hoy denominaríamos “clases populares” excluidos por razones soció-económicas, que en buena medida tenían que ver con la carencia de educación. Un estado cuyos insignificantes recursos eran absolutamente insuficientes como para pagar los sueldos de los empleados públicos y los gastos de defensa, cargado de deudas de guerra y reclamaciones de todo tipo originados en veinte años de continua inestabilidad política, social y jurídica, mal podía tener siquiera en cuenta la educación del pueblo como prioridad en los gastos, lo que demuestra que algunas cosas suelen no cambiaducho que digamos a lo largo de los años.
Tímidos esfuerzos por dar formación a las clases populares, se realizaron durante los tormentosos años que mediaron entre la Jura de la Constitución y el gobierno del Coronel Latorre. Un país en permanente estado de revolución, con los recursos dependientes en forma casi exclusiva de sus aduanas, y pobremente preparado para la supervivencia, tartamudeaba una y otra vez en los mismos errores políticos y económicos. La dictadura de Latorre, comenzó a prefigurar un cambio, que erradicaría a su debido tiempo, parte de los problemas, consolidando el poder del gobierno central, y mejorando la capacidad exportadora, con directa repercusión en la recaudación del estado. Esto posibilitaría también, que Varela tuviera a mano recursos con los que llevar adelante su reforma educativa, a la vez que la prosperidad de los negocios de la clase burguesa, como la incidencia de ideologías de carácter liberal para las cuales la educación era una herramienta fundamental en el desarrollo y la estabilidad social, generaron un campo fértil donde germinaría la semilla del posterior estado de bienestar.
Los cambios se hicieron efectivos en la Constitución aprobada en 1916 bajo la égida de don José Batlle y Ordóñez, una vez superados los últimos desordenes internos y consolidado el poder del estado sobre todo el territorio de la república.
El bienestar y la democracia.
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José Batlle y Ordoñez
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Los “clubes seccionales” inventados por Batlle a modo de centros cívicos, desde donde se crearían canales de comunicación entre la gente de a pie y los “doctores”, la fluida comunicación entre dirigentes urbanos con sectores de inmigrantes que venían huyendo de otras tierras por razones ideológicas y que encontraron en Don Pepe, un hábil canalizador para propuestas que en otros lares serían consideradas directamente “subversivas”, la actitud de acatamiento a las leyes por parte del Partido Nacional que luego de su derrota en Masoller, comenzaba a generar notables parlamentarios en lugar de notables guerreros, fomentó un espíritu cívico desconocido hasta entonces en un Montevideo que desde siempre se había desentendido de esas cosas dejándolas a cargo de los doctores. En un fervoroso clima cívico, se reformó la constitución votándose el primer colegiado, instrumento que a juicio de Batlle, mantendría al gobierno de la república, lejos del despotismo y a los gobernantes, más allá de las veleidades del poder.
El Dr. Gabriel Terra, se encargaría de desmentir con hechos a Don Pepe, asumiendo todo el poder para si en 1933, en un fatídico marzo. El civismo de la sociedad uruguaya, hizo que apenas hubiera tímidos intentos armados para resistir al dictador, mientras que la definitiva consolidación del poder estatal, causó que esa resistencia fuera aplastada con la mayor celeridad.
El interregno dictatorial apenas si duró una década. Un militar, llevaría nuevamente el gobierno a las manos del pueblo y una nueva reforma constitucional aboliría el colegiado y establecería un gobierno unipersonal, a la vez que ampliaría el terreno de los electores, permitiendo por primera vez el voto femenino. Las que habían sido tratadas como “eternas menores de edad” citando a Dn. José Batlle y Ordóñez, conseguían al fin la mayoría de edad en una república cuyo civismo seguía consolidándose a pesar del interregno autoritario.
De ahí en más, la historia cívica pareció repetirse cíclicamente, mientras el nivel general de alfabetización de la población se incrementaba en forma segura y firme. El acceso a la educación en todos sus niveles, se generalizó manteniendo, tal como Varela lo había soñado, su carácter laico y gratuito, extendiéndose progresivamente el carácter obligatorio hacia la educación secundaria.
Eso hizo de nuestro país, un especie de oasis democrático en medio de las arenas dictatoriales que se abatían una vez si y otra también sobre la América Latina.
El modelo funcionó sin mayores problemas hasta entrada la década del sesenta.
Hacia fines de la década del cincuenta, el país dio una muestra de civismo que a muchos observadores les resultó casi asombrosa. El partido cuyos hombres habían gobernado por las buenas o por las otras durante nueve décadas, perdía por primera vez las elecciones y cedía el gobierno a su histórico adversario, sin actos de violencia ni tentativas golpistas, cuando menos visibles, aunque se habló de ciertas “ofertas” militares hacia dirigentes colorados, en el sentido de impedir, cuartelazo mediante, el traspaso del poder.
En el contexto de una realidad regional donde el golpismo era la regla y la democracia la excepción, el Uruguay relucía como una joya en medio de un fangal a los ojos de países de larga tradición cívica.
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Wilson Ferreira Aldunate
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Transcurrieron dos gobiernos blancos consecutivos, cuando una nueva tentativa de golpe de estado militar, se deslizó como la sombra negra del ala de un pájaro maligno y pasó sin casi consecuencias inmediatas al olvido. El General Aguerrondo, quien en posteriores elecciones presentaría una fórmula contra Wilson Ferreira en las elecciones, ofrecería sus servicios a Titito Heber, presidente del Consejo Nacional de Gobierno, a los efectos de mantenerlo en el poder. Un grupo de militares aferrado a la causa democrática y próximos al Partido Colorado, frustrarían la tentativa de los conjurados, ganándose la furia del mismísimo Presidente del Consejo Nacional de Gobierno, quien públicamente, en un acto oficial, negaría el saludo a dos de ellos, en un acto sin precedentes del que debería retractarse tiempo después a raíz de la resolución de un Tribunal de Honor.
El General Liber Seregni, ya retirado, volvería a enfrentar, esta vez en el campo de las urnas, al conspirador seis años después.
Un cambio se avecinaba entre los primeros tiros tupamaros y la parálisis policial. El voto, ese instrumento que venía siendo usado ende forma cuasi emocional, comenzaba a ideologizarse y a fundamentarse. La televisón comenzaría a hacer pesar nuevas vías de comunicación entre electores y elegibles mientras que la violencia guerrillera ponía en duda la forma y el contenido de una democracia que se había mostrado funcional durante cincuenta años.
El bienestar construido en paz durante cincuenta años de estatismo batllista, y la democracia del corazón, morían junto con el primer estudiante caído en una manifestación, mientras por el hormigón corrían los perdigones y por el aire las balas. Nada volvería a ser igual.
(continuará)