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APARICIO SARAVIA
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Por Ricardo Ayestarán
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"La Patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo; la Patria no es el grupo de mercaderes y de histriones políticos que han hecho de las prerrogativas del ciudadano, nubes que el viento lleva" (Aparicio Saravia)
Aparicio Saravia fue un hombre excepcional que le tocó vivir una época de profundos cambios, y donde además tuvo que enfrentar a adversarios también extraordinarios. Y decimos que fue un hombre de excepción porque, entre otros méritos, supo conjugar dos virtudes que a nuestro entender, hicieron posible que fuera en primer lugar un caudillo político y militar a quien sus correligionarios siguieron hasta el supremo sacrificio de la muerte en el campo de batalla, y al mismo tiempo fue un republicano de altos quilates con una perspectiva del funcionamiento del sistema democrático que por estar más allá del horizonte ideológico de sus contemporáneos, en especial de sus adversarios, hicieron de Saravia un verdadero visionario en materia de derechos civiles.
Es indudable que Saravia fue quién fue, porque primero, -y antes que nada- se ganó el respeto y la admiración de sus compañeros del medio rural, que conformaban la mayoría amplia de los blancos en aquellos años. Porque desde el principio aquellos hombres sintieron que Aparicio era uno de ellos, aunque venía precedido de una aureola de fama por haber participado en más 70 batallas a lo largo de tres largos y sangrientos años en la imponente revolución farroupilha que encabezara su hermano Gumersindo y que acabara finalmente bajo su propio mando. Un respeto que luego se hará extensivo a los dirigentes nacionalistas de Montevideo cuando decide “bajar” hasta la capital poniendo a disposición de las autoridades del partido los títulos de sus propiedades para financiar la adquisición de pertrechos bélicos.
Un respeto que en el caso de sus compañeros de armas se transformará en admiración rayana a la idolatría al verlo compartir, en igualdad de condiciones el rigor, las penurias y los riesgos de la campaña militar hasta con el más modesto soldado de su ejército. Y esa actitud que acabaría costándole la vida, nos da la verdadera dimensión que tenía la palabra compañero para aquel General de hombres libres, que sobre su corcel de guerra, hacia flamear su legendario poncho blanco como una bandera que siempre acudía en la pelea a los lugares de mayor peligro para animar a los soldados, a sus “compañeros”, como a él le gustaba decir, que lo seguían dispuestos a entregar hasta la vida por el “jefe”, por la divisa bicolor y por la causa de la libertad cívica.
Un episodio del exitoso alzamiento de 1903 servirá para ilustrar la lealtad de los blancos a su jefe y el poder de convocatoria del Águila del Cordobés.
Un caudillo a la antigua
"Vendo los novillos a 16 pesos" decía lacónicamente el telegrama que Aparicio Saravia envió a sus comandantes en todo el país. Ellos sabían que esa era la contraseña acordada para el caso de que el caudillo blanco necesitara convocar al ejército nacionalista nuevamente a las armas.
El 16 de marzo de 1903, por entender que Batlle estaba violando el tratado de paz de 1897 al designar como jefes políticos de dos departamentos blancos a sendos nacionalistas “calepinos” declarados en rebeldía y suspendidos por el Honorable Directorio, Saravia convocó en forma urgente a sus compañeros de partido a presentarse armados y listos para comenzar una nueva revolución.
En menos de 48 horas miles de “vecinos alzados” constituyeron un imponente ejército que confluyó sobre la localidad de Nico Pérez.
La mediación de José Pedro Ramírez y Alfonso Lamas y la revocación por parte de Batlle de los nombramientos hechos, condujeron a un acuerdo satisfactorio que se concretó finalmente en Nico Pérez, hacia donde habían convergido las columnas del ejercito nacionalista convocadas por el telegrama de su jefe. La concentración permitió hacer una formidable demostración de fuerza del ejército blanco que en 2 o 3 días congregó más de 20.000 jinetes armados, y que antes de volver a sus casas desfilaron ante su jefe, en una gran parada militar que marcó uno de los puntos más altos del prestigio político y militar del Águila blanca del Cordobés.
El episodio sirve para delinear con espléndida nitidez el carisma natural y el enorme poder de convocatoria que tenía Saravia, que por sus extraordinarias dotes como jinete consumado, baqueano infalible y guerrero indomable era la viva estampa del caudillo rural del siglo XIX.
Y aunque esto explica su capacidad de liderazgo sobre sus contemporáneos, la extraordinaria proyección histórica de Saravia se debe buscar en las razones ideológicas que sirvieron de sustrato a una concepción pionera para su tiempo del funcionamiento del sistema democrático, y que fueron el motivo principal de los alzamientos del caudillo blanco.
Un republicano de avanzada
Todas las revoluciones saravistas se caracterizaron por un hecho muy particular en el contexto continental de la época, aunque encuadradas dentro de lo que era ya una tradición de los alzamientos nacionalistas desde 1870. Un pormenor muy significativo, aunque curiosamente poco conocido y escasamente destacado por la historia y los historiadores. Y este hecho es que en ninguna de las revoluciones protagonizadas por los blancos desde 1870 a 1904, el Partido Nacional tuvo como objetivo derrocar al gobierno para apoderarse del mismo. Nunca existió, ni en Saravia ni en ninguno de sus compañeros de armas el propósito explícito o implícito, de imponerle por la fuerza al país un nuevo orden, un nuevo líder o un nuevo gobierno. Aquellos hombres que salieron a arriesgar sus vidas, su patrimonio y su libertad, no lo hicieron con el apetito primario de alcanzar el poder por el poder en sí mismo, ni con la intención de transformarse en gobernantes de facto o en presidentes espurios violadores del texto constitucional
Muy por el contrario los razones que impulsaron a Saravia a enfrentarse con el poder central estuvieron centradas en exigir un conjunto de transformaciones en el sistema político y en el funcionamiento electoral, que garantizaran los derechos civiles, la pureza del sufragio y el respeto a las decisiones democráticas de todo el pueblo uruguayo.
Las ideas de Saravia acabarán triunfando pocos años después de su muerte. Porque las mismas se harán realidad en los años siguientes a la reforma constitucional de 1918, culminando con la ley de elecciones de 1925, donde la lucha cívica de los blancos habrá de cristalizar en normas legales las viejas banderas de la revolución saravista. Y el país obtendrá entonces, la plena vigencia de la democracia representativa, cerrando un ciclo en la vida de la república y en la historia grande del Partido Nacional.
Las banderas de Saravia
Larga es la lista de estas libertades por las cuales los blancos revolearon el poncho y marcharon, -en la guerra y en la paz- tras sus jefes inmortales en aquellos días excepcionales. Pero vale la pena recordar algunas de las más relevantes, como sin duda fueron la plena vigencia de las libertades políticas, el sufragio universal libremente ejercido, el voto secreto, la inscripción obligatoria, la prohibición que la policía y el ejercito intervinieran en trabajos electorales, el derecho de las minorías, reivindicando la representación proporcional en la integración del parlamento, o la coparticipación política en el gobierno.
Esas garantías no existían en el Uruguay finisecular, y sólo se fueron consiguiendo paulatinamente a fuerza de revoluciones y chirinadas, alzamientos que una vez logrados sus objetivos -o al menos parte de ellos-, se terminaban con los vecinos alzados volviendo a sus casas y a sus trabajos hasta que, una nueva disputa con el gobierno de turno por esos mismos derechos, volvía a poner a los hombres del Partido Nacional en la senda de la guerra.
Es muy importante conocer entonces la gran diferencia de las revoluciones uruguayas con relación a las que ocurrían en el continente por aquellos años. Porque las nuestras incluían un componente de ética democrática y civilista que puede parecer paradojal dentro de la lógica de las acciones de guerra que implica toda revolución. Pero al entender que no era derrocar al presidente lo que Saravia pretendía alcanzar cada vez que se levantó en armas, sino la obtención de las garantías políticas indispensables que le permitieran acceder, por la vía constitucional, al gobierno de la república, y además para que las minorías tuvieran posibilidad de participar y controlar a las mayorías, la paradoja deja de ser tal.
Porque más allá de los aspectos coyunturales que siempre pueden ser polémicos, hoy importa reconocer que Aparicio Saravia fue un hombre excepcional, un líder político y militar fuera de serie; pero que por sobre toda la leyenda y la mística, su enorme legado consiste en haber levantado banderas de indiscutible valor cívico y democrático que pertenecen al mejor acervo republicano nacional y que son orgullo y patrimonio de todos los uruguayos. Ninguna de sus gloriosas banderas ideológicas puede ser cuestionada hoy desde una óptica democrática moderna. Y esa es la mejor prueba de que Aparicio Saravia no fue derrotado en Masoller. Saravia ha triunfado definitivamente en el campo de batalla de las ideas y allí es donde debemos poner el acento y el emocionado recuerdo quienes nos consideramos depositarios del legado histórico del inmortal caudillo blanco.
Voy a cerrar esta nota con unas palabras que sobre Saravia dijera uno de los pocos blancos que puedo decir, sin temor a equivocarme, supo estar a la altura del mismo general Saravia:
“Los blancos no forjaron su vocación de libertad en el análisis de los enciclopedistas o los textos europeos de derecho natural; se trataba, simplemente de afirmar y defender la dignidad de la gente, -de toda la gente-, que es el único modo de asegurar la paz. Por eso hicieron la guerra.
La libertad individual, los derechos políticos, el respeto por la voluntad ciudadana se conquistaron en 1897, 1904 y 1910. Y fueron miles, muchos miles, los que murieron para imponer el sufragio libre y el acatamiento a la voluntad ciudadana.Es decir, la libertad.
Esto es lo que los blancos evocamos con unción cuando decimos, cada día con más orgullo: ¡Viva Saravia!”
(Palabras de Wilson Ferreira Aldunate dichas el 15 de agosto de 1986)
Montevideo, agosto de 2004