UN ATARDECER
SOBRE EL RIO URUGUAY
Por Juan Carlos Palacios
Era la calurosa tarde del primer domingo setiembre. La densa atmósfera y la bruma gris
azulada, sugerían que íbamos a tener uno de esos maravillosos atardeceres, en los que el sol se pone iluminando de naranja y púrpura, las aguas del río Uruguay.
Al llegar al puerto, nos encaminamos hacia el histórico edificio del Resguardo. Allí elegimos un viejo banco de plaza que se halla al pie de un hermoso timbó.
A nuestra derecha, sobre el viejo muelle ferroviario, varios biguaes y garzas blancas chicas, se habían apresurado a ocupar la parte delantera de ese enorme dormidero de aves.
Buscando su lugar
El espectáculo estaba comenzando. El disco solar, se reflejaba en las aguas del Uruguay. Una brillante franja de colores amarillos, rojizos y naranjas, cruzaba desde la orilla entrerriana, a la nuestra. La superficie del agua parecía cubierta de miles de pequeños espejos.
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Garza
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Una formación de biguaes proveniente del sur, surgió en el escenario volando a ras del agua. Al llegar al muelle ferroviario, tomaron altura para dejarse caer en su extremo. Otros que ya estaban acomodados, emitían sonidos; no sabemos si eran de bienvenida o de protesta.
Enseguida, un grupo de garzas blancas pequeñas, apareció sobre el puerto, iniciando un rápido descenso hacia al mismo sitio. Descendieron con las puntas de sus alas recogidas hacia abajo y hacia adentro. A su arribo, los biguaes volvieron a emitir sus sonidos; ahora sí parecía que protestaban.
La punta del muelle era ocupada por los biguaes. Inmediatamente después lo hacían las garzas blancas chicas. Un nuevo grupo de biguaes procedente del Salto Chico, apareció también buscando su lugar. Pero llegaron más biguaes. Algunos lo hacían en solitario. También arribaron varios grupos de garzas.
Lento y elegante descenso
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Golondrina
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Un martín pescador se posó en una rama que asomaba sobre la superficie del agua. Otro, un poco más grande, lo hizo sobre un hierro que asoma en la pared norte del muelle principal. Sorpresivamente este último, cruzó rápidamente el espacio, emitiendo su típico cra-cra. Se posó en la parte interna del muelle ferroviario; lejos de los demás ocupantes.
El sol continuaba poniéndose. La franja dorada que iluminaba el agua, se volvía más rojiza y más angosta.
Varias golondrinas sobrevolaban la zona portuaria; cazaban insectos que al atardecer pueblan el aire. Algunas bajaban en picada hacia la superficie del río, en donde sin detenerse, al pasar, bebían agua.
Unas pocas garzas blancas grandes asomaron en el escenario. Volaban alto, hicieron varias evoluciones de reconocimiento. Cuando descendían, a diferencia de las chicas, ponían sus alas hacia arriba. Su descenso es lento y elegante; aletearon brevemente sobre el sitio escogido y se posaron. No se mezclaron con las demás aves.
Apareció un hombre caminando por la orilla del río, seguramente buscaba plomadas y anzuelos perdidos. Las aves se pusieron nerviosas. El martín pescador, abandonó rápidamente el viejo muelle de hierro. Las garzas blancas grandes con sus largos pescuezos estirados, observaban los movimientos del intruso.
Cruzando en rápido vuelo
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Martín Pescador
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Lejos de allí se produjo una detonación; biguaes y garzas, todos a la vez, alzaron vuelo. Los biguaes volaron directamente al medio del río. Se posaron sobre el agua formando dos grupos compactos. Parecían dos islas de color negro que la corriente arrastraba aguas abajo. Las garzas evolucionaban sobre su dormidero.
El hombre se alejó del lugar. Las garzas comenzaron a descender. Súbitamente una lancha a motor cruzó muy cerca de los biguaes. Estos rápidamente volaron y luego de algunas evoluciones descendieron sobre el muelle.
Un mangangá exploraba las ramas del timbó; tal vez tuviera su nido en una de ellas. En lo alto, una ratonera comenzó a emitir su dulce canto.
El sol ya se había ocultado. Unos patos en rápido vuelo, cruzaron la escena en dirección al Parque Indígena, por allí tienen algún refugio.
Deliciosas manifestaciones de la vida, que el río Uruguay al atardecer, nos regala.